Argentina vive una paradoja económica que se manifiesta en dos realidades paralelas y en constante fricción: por un lado, ciertos indicadores macroeconómicos muestran signos de mejora y sectores puntuales repuntan; por el otro, la vida diaria de hogares y empresas refleja un deterioro profundo. Los efectos de las políticas aplicadas no golpean a todos por igual, y el gran interrogante es si el Gobierno puede corregir los impactos indeseados sin perder el rumbo.
Para entender el momento actual del país, es necesario mirar hacia atrás unos meses. Previo a las elecciones de octubre de 2025, cuyo resultado fue un triunfo oficialista que tomó por sorpresa a los mercados, el Poder Ejecutivo implementó una estrategia claramente orientada a garantizar la continuidad. Esto implicó un aumento en la tasa de interés con el objetivo de mantener estable el tipo de cambio.
Las tasas de interés escalaron a niveles extremos: el descuento de cheques, por ejemplo, superó el 80% anual. Ese costo financiero se trasladó a toda la economía: las empresas vieron encarecerse el capital de trabajo, las inversiones y el financiamiento a sus clientes; los consumidores sufrieron el impacto en créditos personales, tarjetas de crédito, pagos mínimos y compras financiadas.
La suba de las tasas de interés impacta en toda la economía: en las empresas, al tomar capital de trabajo, invertir, financiar a sus clientes; y en los consumidores en el costo del crédito y capacidad de repago
Argentina operó durante varios meses bajo este esquema de tasas elevadas. La consecuencia fue una actividad económica resentida: se volvió caro vender, pagar o comprar a plazo, lo mismo que otorgar crédito. Las ganancias de numerosas empresas se vieron erosionadas, ya que el componente financiero se tornó excesivamente oneroso, lo que en muchos casos derivó en una interrupción virtual de la cadena de pagos.
Los consumidores, por su parte, enfrentaron cuotas y cargas de intereses mucho más altas. Para muchas familias, esto hizo imposible cumplir con los créditos, obligándolas a demorar pagos o recortar gastos para cubrir necesidades básicas. A esta situación se sumó la caída del poder adquisitivo de los ingresos formales, que viene retrocediendo desde agosto de 2025. Los salarios nominales crecieron por debajo de la inflación, que se aceleró a partir de mayo de 2025.

Lo que se percibe en las calles y en el mundo de los negocios —tanto del lado de la oferta como de la demanda— es heterogéneo. Parecen coexistir dos mundos opuestos: por un lado, la realidad cotidiana de una gran porción de la sociedad; por el otro, el discurso oficial, que con datos y narrativa propia resalta lo positivo del rumbo y proyecta un futuro alentador.
El EMAE de marzo reportó un crecimiento interanual del 5,5%. La construcción, medida por el índice Construya, mostró en el primer cuatrimestre un repunte interanual del 0,6%: leve e incipiente, pero positivo.
En el lado opuesto, el Índice de Ventas Minoristas Pyme de la Confederación Argentina de la Mediana Empresa (CAME) registró en abril una caída del 3,2% a precios constantes frente al mismo mes del año anterior, acumulando 12 meses consecutivos de baja.
Desde noviembre de 2023 cerraron 24.437 empresas, un número que representó 4,8% del total (Fundar)
De acuerdo con un informe de la fundación Fundar basado en datos de la SRT, desde noviembre de 2023 —un mes antes de que asumiera el presidente Milei— cerraron 24.437 empresas, lo que equivale al 4,8% del total de firmas registradas. La única provincia que vio un incremento en el número de empresas fue Neuquén.
Además, la consultora Scentia reportó que, entre abril de 2026 y abril de 2025, el consumo masivo total cayó un 3,8%. La medición abarcó supermercados de cadena y autoservicios independientes, entre otros. El rubro farmacia apenas registró un resultado levemente positivo, mientras que el e-commerce creció un 40,4%.
Ganadores, perdedores y el costo de la transición
Sin duda, hay ganadores y perdedores en este proceso. Los sectores de energía, minería y parte del sector agrícola muestran signos positivos y perspectivas aún más alentadoras. En cambio, la industria, el comercio y la construcción sufren una marcada contracción.

A estas alturas, se pueden extraer algunas conclusiones:
- Existe una realidad ligada a la dirección que toma la economía y otra vinculada a la transición de ese proceso;
- La dirección es correcta: una economía más libre, con menor intervención estatal, un Estado más pequeño y eficiente;
- Un país abierto al mundo y a las inversiones;
- Seguridad jurídica e institucional, con tres poderes independientes; y
- Un sector privado pujante, competitivo y eficiente.
Sin embargo, el proceso no parece haber sido ordenado ni planificado. La vida económica de un país no es una hoja de cálculo ni un conjunto de informes: funciona con sus propios tiempos, fricciones y procesos de adaptación. Se trata de pensar un ajuste que genere herramientas para que los actores económicos tengan flexibilidad para adaptarse.
La vida económica de un país no es una planilla de cálculo ni un cúmulo de informes: funciona con tiempos, fricciones y adaptación
Es clave considerar que el EMAE —un indicador adelantado de la variación del PBI— asigna a sectores como industria, comercio mayorista y minorista, actividades inmobiliarias, construcción, transporte y comunicaciones un peso cercano al 50%. A su vez, son sectores con alta participación en el empleo nacional.
Por ello, el Gobierno debería generar condiciones propicias:
- En lo impositivo, reducir de manera significativa la carga tributaria;
- En lo monetario, mantener un esquema de tasas de interés estables, acordes y razonables para fomentar la inversión, el consumo y el ahorro; y
- En lo laboral, disminuir los costos sobre las plantillas de personal actuales y no solo sobre las nuevas contrataciones, de modo que la mayoría de la sociedad y los mercados argentinos puedan crecer y competir en igualdad de condiciones.
El autor es economista y director de Authentica Consulting.
Fuente: Infobae