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Caída de Constantinopla: el error de una puerta que cambió la historia

Constantinopla había desafiado el paso del tiempo durante mil años. Sobrevivió a hunos, árabes, vikingos e incluso cruzados. Sin embargo, a partir del 6 de abril de 1453, enfrentó una amenaza sin precedentes: un bombardeo otomano incesante que estremecía sus murallas día y noche. La noche del 28 de mayo, los cañones enmudecieron por primera vez en semanas, y la ciudad aprovechó ese silencio para sumergirse en la oración.

Pero al amanecer del 29 de mayo, las huestes otomanas comandadas por Mehmed II irrumpieron en la capital bizantina, sellando el ocaso del Imperio Romano de Oriente tras más de un milenio de existencia.

Este acontecimiento, calificado por la Encyclopaedia Britannica como el punto final de la Edad Media, sacudió los cimientos de la cristiandad y transformó para siempre el rumbo de Europa y Asia, según describe la World History Encyclopedia.

El desplome de Constantinopla ocurrió ante un ejército otomano abrumadoramente superior en número, equipado con artillería de vanguardia y liderado por un sultán de apenas 21 años, con una férrea determinación de grabar su nombre en los anales de la historia.

La ciudad se encontraba aislada, agotada, con una reducida guarnición de defensores y sin esperanzas reales de recibir auxilio externo. Este episodio marcó la extinción del Imperio Bizantino, abrió paso a nuevas rutas y potencias, y señaló el comienzo de la expansión islámica en el sureste de Europa.

Durante más de mil años, Constantinopla fue la joya del Imperio Bizantino y una barrera viviente entre Oriente y Occidente. Su posición estratégica, que dominaba los pasos del mar de Mármara, el Bósforo y el Cuerno de Oro, la convirtió en un botín codiciado tanto por musulmanes como por cristianos.

El cañón Basílica, obra del ingeniero húngaro Orban, fue el arma decisiva del asedio. Sus disparos sacudieron durante semanas las murallas de Teodosio, que habían resistido durante mil años
(Imagen Ilustrativa Infobae)

La Encyclopaedia Britannica señala que, para el siglo XV, la urbe había soportado innumerables asedios, pero las fracturas religiosas, el desgaste de sus recursos y la hostilidad de sus vecinos la habían debilitado progresivamente hasta dejarla como el último reducto cristiano frente al avance otomano.

El poderío otomano y las defensas de la ciudad

La protección de Constantinopla se apoyaba en la muralla de Teodosio: una doble línea fortificada con foso y torres, cuya pared interna alcanzaba un grosor de entre 4,5 y 6 metros. Estas fortificaciones habían resistido durante siglos los embates de diversos enemigos.

No obstante, Mehmed II no llegó con el mismo ejército de sus antecesores: reunió entre 60.000 y 80.000 soldados, una flota de guerra y 70 piezas de artillería, incluyendo el supercañón Basílica, de acuerdo con la Encyclopaedia Britannica.

Mehmed II tenía apenas 21 años cuando lanzó el asedio a Constantinopla al frente de un ejército de entre 60.000 y 80.000 soldados. La historia lo recordaría como el Conquistador
(Imagen Ilustrativa Infobae)

Esta arma fue creada por Orban, un ingeniero húngaro que inicialmente ofreció sus servicios al emperador Constantino XI; ante la falta de recursos bizantinos, terminó vendiéndosela al sultán.

Del otro lado, aproximadamente siete mil defensores —incluyendo soldados griegos, venecianos y los 700 hombres que el genovés Giovanni Giustiniani trajo desde sus tierras y Quíos en enero de 1453— sostenían la resistencia bajo el mando del propio Constantino XI, según detalla la Encyclopaedia Britannica.

La World History Encyclopedia resalta que la escasez de recursos y las tensiones internas obligaron a concentrar la defensa en los sectores más frágiles de la muralla. Mientras tanto, Mehmed II completó el cerco por tierra y mar con fortificaciones auxiliares y flotas que cortaron cualquier opción de ayuda desde Occidente. La trampa se estrechaba.

El asedio: cañones, angustia y milagros anhelados

Para romper el bloqueo del Cuerno de Oro, Mehmed II ordenó arrastrar parte de su flota por tierra sobre troncos engrasados. La maniobra cerró el último respiradero de la ciudad
(Imagen Ilustrativa Infobae)

El 6 de abril de 1453, los primeros cañones rugieron y Constantinopla dejó de ser una ciudad para transformarse en un blanco. La artillería otomana castigó sin tregua durante semanas: el estruendo sacudía los cimientos, resquebrajaba la piedra y se infiltraba en los sueños de quienes aún lograban dormir.

Por la noche, cuando los cañones se silenciaban, los defensores salían a reparar los muros con escombros, barriles y tierra. Sabían que al alba el trueno regresaría. Durante el asedio, Mehmed II también ordenó transportar parte de su flota por tierra —sobre troncos engrasados— para atacar por sorpresa desde el Cuerno de Oro y cerrar el último respiradero de la ciudad.

En ciertos momentos, la resistencia se reanimó: tres navíos genoveses lograron burlar el bloqueo y encendieron brevemente una chispa de esperanza. Pero la promesa de una gran cruzada desde Occidente nunca se materializó, y la moral bizantina se fue desvaneciendo con cada día que pasaba. En palabras de Constantino XI, recogidas por National Geographic Historia: “No está en mi mano, ni en la de ningún ciudadano, entregar la ciudad. Todos preferimos morir a que se nos perdone la vida”.

El combate decisivo y el destino del último emperador

Enemigos por fe, hermanos por el miedo. Esa noche, bajo la cúpula de Santa Sofía, las diferencias que habían dividido a la cristiandad dejaron de importar
(Imagen Ilustrativa Infobae)

En la última semana de mayo, la ciudad ya no resistía solo con murallas y lanzas: resistía con presagios. El eclipse lunar del 22 de mayo tiñó la noche sobre los tejados de Constantinopla. Para los defensores era la señal de la profecía cumplida; para los otomanos, la confirmación de que el cielo estaba de su lado.

Días después, una niebla densa e inexplicable cubrió toda la ciudad y los vigías reportaron luces extrañas sobre la cúpula de Santa Sofía. Muchos lo interpretaron como la partida de Dios. La World History Encyclopedia recoge que el propio Constantino XI recibió a una delegación de sacerdotes que le pidió que abandonara la ciudad. Él se negó.

El 28 de mayo, mientras el ejército otomano descansaba y rezaba para el asalto final, en Constantinopla se celebró una última ceremonia de vísperas en Santa Sofía. Latinos y griegos, separados por décadas de cisma, oraron juntos por primera vez.

Al amanecer del 29 de mayo, Mehmed II lanzó el ataque en tres oleadas. Primero, tropas irregulares y mercenarios anatolios, que fueron rechazados. Luego una segunda oleada, también contenida. Finalmente, en la oscuridad previa al alba, llegaron los jenízaros: la élite del ejército otomano, descansados, disciplinados y resueltos.

Al amanecer del 29 de mayo, Constantino XI arrojó su manto imperial y se lanzó al combate junto a sus últimos hombres cerca de la Puerta de San Romano. Su cuerpo jamás fue encontrado
(Imagen Ilustrativa Infobae)

Fue entonces cuando la defensa se resquebrajó desde adentro. Un grupo de jenízaros descubrió la puerta Kerkoporta, una pequeña entrada en las murallas terrestres que alguien había dejado sin cerrar. Entraron, escalaron una torre y plantaron la bandera otomana. Cuando los defensores la vieron ondear sobre sus cabezas, el pánico se propagó.

En ese mismo instante, según la Encyclopaedia Britannica, Giustiniani cayó gravemente herido en los adarves y fue retirado del campo de batalla. Su ausencia fue el golpe definitivo: las tropas genovesas lo siguieron hacia el puerto, los venecianos corrieron a sus barcos y los soldados griegos volvieron a sus hogares para proteger a sus familias. Giustiniani moriría de sus heridas el 1 de junio, en la isla de Quíos, sin haber visto el amanecer de la ciudad que defendió.

Constantino XI no huyó. Según la World History Encyclopedia, arrojó sus insignias imperiales —para que su cuerpo no fuera usado como trofeo— y se lanzó al combate a pie junto a sus últimos hombres, cerca de la Puerta de San Romano. Nadie sobrevivió para contar con certeza lo que sucedió después. Su cuerpo jamás se encontró. Una leyenda griega diría, años más tarde, que no había muerto: que un ángel lo había convertido en mármol bajo la ciudad y que algún día despertaría para reclamar su trono.

Saqueo, herencia y el eco de un imperio que expiró

Tras la conquista, Mehmed II transformó Santa Sofía en mezquita y añadió los minaretes que hoy enmarcan su silueta. El edificio sobrevivió a dos imperios y sigue en pie
(Imagen Ilustrativa Infobae)

Las tropas otomanas entraron en la ciudad y el caos se desató. El cronista Critóbulo registró, según recoge la World History Encyclopedia, que cerca de 50.000 habitantes fueron llevados como esclavos y alrededor de 4.000 personas perecieron en las primeras horas.

Santa Sofía, la gran catedral de la cristiandad oriental, fue convertida en mezquita. Poco después, Mehmed II impuso orden y buscó repoblar la ciudad, según la Encyclopaedia Britannica, transformándola en la capital multicultural de un imperio en expansión.

Las repercusiones de la caída de Constantinopla se prolongaron durante siglos. Clausuró una era, impulsó la migración de intelectuales griegos a Italia —junto con los manuscritos que alimentaron el Renacimiento, según documenta Encyclopaedia Britannica— y eliminó el último gran bastión europeo ante el avance otomano. El trauma quedó plasmado en las crónicas de la época, entre ellas la de Eneas Silvio Piccolomini, cuya conmoción refleja la de toda Europa. Una civilización de mil años había terminado en una sola madrugada, según documenta Encyclopaedia Britannica.

Fuente: Infobae

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