En junio de 2019, una imagen desgarradora conmocionó al mundo: los cuerpos sin vida de Óscar Alberto Martínez y su hija Valeria, de apenas 23 meses, flotaban en el Río Bravo. Originarios de El Salvador, simbolizaban la tragedia de la migración irregular, el último recurso ante la falta de oportunidades.
Esa fotografía impactó profundamente a Rolando Castro, quien recién asumía como Ministro de Trabajo y Previsión Social. Ver a familias salvadoreñas arriesgar sus vidas por falta de sustento redefinió las prioridades de su gestión.
Así nació una promesa: crear vías legales, seguras y ordenadas para que el talento salvadoreño cruzara fronteras sin poner en riesgo su vida.
Hoy, la realidad es radicalmente distinta. El Programa de Migración Laboral se ha convertido en un puente de éxito. Lo que comenzó en diciembre de 2019 con un primer contingente agrícola hacia Misisipi, Estados Unidos, se ha expandido a destinos como Costa Rica, España, Francia y, con especial fuerza, Canadá.

El Ministro Castro anunció recientemente la salida de un nuevo contingente hacia provincias canadienses como Ontario, Columbia Británica y Quebec, con visas temporales de hasta dos años. Es un modelo de migración circular que asegura el retorno y protege la unión familiar.
Detrás de las cifras y anuncios oficiales, hay historias humanas de quienes ahora cambian el miedo por esperanza. En los pasillos del Ministerio, listos para abordar el avión a un nuevo destino, los rostros de los beneficiarios reflejan nostalgia y determinación.
Rostros de la dignidad y el esfuerzo
Freddy Vladimir Velázquez, originario de San Luis La Herradura, en La Paz, es uno de esos rostros. Con la sencillez de quien trabaja la tierra, Freddy viajará a Canadá para laborar en agricultura durante los próximos dos años.
Su proceso de selección duró apenas mes y medio. Aunque admite sentir “un poco de tristeza” por alejarse de su entorno, sus ganas de superarse pesan más.
Para otros, este viaje significa la consolidación de una carrera. Gabriela González, una joven capitalina de 28 años, se prepara para su tercer año consecutivo en el programa. Como cocinera en un club canadiense, sus tareas van desde la preparación del menú diario hasta la elaboración de platillos especiales para los miembros. A Gabriela, el proceso inicial le tomó un año de rigurosa espera, pero asegura que la recompensa es enorme.

“El ministerio gestiona con la empresa en Canadá para que tengamos las condiciones adecuadas al llegar allá”, relata Gabriela, destacando el trato digno y la paciencia de sus empleadores.
Su experiencia muestra que los salvadoreños son muy valorados en el extranjero por su calidez y ética laboral. Con sus ingresos, Gabriela se ha vuelto el pilar financiero de su familia: sus padres, hermanos y su abuela, quien la acompaña orgullosa en la despedida.
Su madre, Magdalena Martínez, no oculta las lágrimas de gratitud. Al ver a su hija partir legalmente, siente el alivio que miles de madres no tuvieron antes. “Estoy agradecida con Dios y con el Ministerio de Trabajo porque saben lo mejor para los salvadoreños, dándoles esta oportunidad a los jóvenes para que pongan en alto el nombre de nuestro país”, expresa conmovida.
Un desafío emocional con recompensa sostenible
El programa no solo abarca agricultura y gastronomía; técnicos especializados también encuentran su lugar. José Adrián, de 31 años, viaja por primera vez a Vancouver como mecánico automotriz e industrial y técnico electricista. Tras participar en proyectos locales del Ministerio, fue seleccionado para esta experiencia internacional de un año.
“Aquí en el ministerio te ayudan en todo el proceso, te llevan incluso a la embajada para hacer los diferentes trámites”, explica José Adrián, entusiasmado por representar al país.
Su madre, Marta Alicia Martínez, aprovecha para lanzar una advertencia contundente a quienes aún consideran la vía ilegal: “Viajar ilegal no es bueno, ponen en riesgo su vida y la de sus familias, prestando dinero y quedando en la incertidumbre. Es mejor tener paciencia, aplicar al Ministerio de Trabajo y aprovechar esta oportunidad que nadie da así por así”.

La desgarradora realidad del Río Bravo ha sido reemplazada por aeropuertos donde los salvadoreños caminan con la cabeza en alto, portando visas legales y la certeza de un regreso seguro. El Salvador ya no solo exporta mano de obra por desesperación; hoy proyecta al mundo embajadores de la laboriosidad.
Fuente: Infobae