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Bob Dylan a los 85: el genio nómada que nunca se detiene

Este 24 de mayo, Bob Dylan celebra 85 años de vida y lo hace como siempre lo ha hecho: a su manera. El cantautor, poeta y ganador del Premio Nobel de Literatura sigue siendo ese artista escurridizo que transformó la huida en arte, la reinvención en estilo y el misterio en su mayor fortaleza. Mientras su legendario Never Ending Tour suma nuevas fechas y la cinta Un completo desconocido —con Timothée Chalamet interpretándolo— se exhibe en plataformas de streaming, la figura de Dylan vuelve a ser el centro de la conversación cultural. Provoca la misma incomodidad de siempre: demasiado músico para los premios literarios, demasiado poeta para las listas de reproducción digitales y demasiado huidizo para cualquier etiqueta que se le quiera colocar. Hace unos años, Pete Townshend le preguntó por qué no paraba de girar. La respuesta de Dylan lo dice todo:

“Soy un hombre de canciones y baile. Eso es lo que hago”.

La canción como laboratorio de experimentación

La primera gran contribución de Dylan a la cultura del siglo XX fue demostrar que la canción popular podía ser un espacio de experimentación narrativa sin perder su alcance masivo. El álbum The Freewheelin’ Bob Dylan (1963) es la prueba contundente. Temas como “Blowin’ in the Wind”, “Masters of War” y “A Hard Rain’s a-Gonna Fall” fusionan la estructura repetitiva del folk con recursos propios de la literatura: repetición anafórica, imaginería apocalíptica e ironía sutil. Las preguntas retóricas de “Blowin’ in the Wind” articulan una crítica a la guerra y al racismo sin necesidad de consignas directas. El oyente debe completar el sentido, y así la canción se transformó en un himno pacifista universal.

La electrificación a mediados de los sesenta amplió esa propuesta. Cuando Dylan subió al escenario del Newport Folk Festival en julio de 1965 con una Fender Stratocaster y una banda eléctrica, el público lo abucheó. Con el tiempo, la historia le daría la razón. La trilogía de discos Bringing It All Back Home, Highway 61 Revisited y Blonde on Blonde —publicados entre 1965 y 1966— no rebajaron la exigencia lírica; la intensificaron. “Like a Rolling Stone”, otro de sus himnos eternos, narra en seis minutos la caída existencial de una persona, condensando mejor que cualquier manifiesto la desorientación de toda una generación. Esa sensación, por cierto, sigue vigente hoy. Ese gesto de elevar la canción popular sin volverla inaccesible es, quizás, su legado más perdurable.

Lo que vino después no fue una decadencia, sino una serie de reinvenciones que el mundo recibió con incomprensión inicial. El giro al country íntimo de Nashville Skyline (1969), la etapa cristiana de Slow Train Coming (1979), la épica dolorosa de Blood on the Tracks (1975) y el blues crepuscular de Time Out of Mind (1997). Cada etapa parecía una ruptura, pero era en realidad una exploración del mismo territorio desde un ángulo distinto. Notable.

El poeta que nunca quiso serlo

Hay una frase del discurso que Dylan envió a Estocolmo en diciembre de 2016, cuando recibió el Premio Nobel de Literatura (no asistió en persona, por supuesto), que resume su relación con las letras:

“Ni una sola vez tuve tiempo de preguntarme si mis canciones son literatura”.

La declaración puede leerse como modestia, pero también como una declaración de principios: sus canciones no fueron creadas para ser diseccionadas en aulas universitarias, sino para ser cantadas y escuchadas. Sin embargo, el peso de su obra las ha convertido en objeto de estudio obligado.

Su dimensión literaria es innegable. Las influencias de Tolstói, Faulkner, Rimbaud, Jack Kerouac, la Biblia y la poesía de Dylan Thomas se filtran en sus canciones no como citas decorativas, sino como estructuras narrativas. “Tangled Up in Blue”, otra joya de Blood on the Tracks (1975), fragmenta el tiempo y cambia la perspectiva narrativa con una libertad que recuerda a la novela moderna. Su prosa también brilla: el libro Chronicles, Volume One (2004) —primera parte de una autobiografía que aún no tiene continuación— ofrece memorias que mezclan lo elegíaco con lo mordaz, retratando la escena folk neoyorquina con una precisión que muchos consideran tan reveladora como sus mejores letras.

El Nobel que descolocó al mundo

El 13 de octubre de 2016, la Academia Sueca anunció que el Premio Nobel de Literatura era para Bob Dylan “por haber creado nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción estadounidense”. Era la primera vez en 115 años que un músico recibía ese galardón. Las críticas llegaron de inmediato. El escritor escocés Irvine Welsh calificó el premio como “un galardón de nostalgia mal concebido, arrancado de las próstatas rancias de hippies seniles”. Del otro lado, Leonard Cohen ofreció la defensa más elocuente:

“Esto es como colgarle una medalla al Monte Everest por ser la montaña más alta”.

Cada etapa en la carrera de Bob Dylan, desde el blues hasta el country, representa una exploración artística única e inconfundible.(Foto: archivo AP)

El propio Dylan tardó días en reaccionar. La Academia no podía contactarlo, una situación inédita. En su discurso, comparó su situación con la de William Shakespeare: un dramaturgo que probablemente nunca se preguntó si lo que escribía era literatura, pero que la historia clasificó como tal. El discurso generó otra polémica: la revista Slate señaló que pasajes sobre Moby Dick de Herman Melville se parecían al análisis de SparkNotes. La Academia no tomó medidas. Dylan, fiel a su estilo, no respondió.

Bob Dylan en Buenos Aires

Buenos Aires tiene un lugar especial en el Never Ending Tour. Bob Dylan visitó la capital argentina en cuatro ocasiones: agosto de 1991, abril de 1998, marzo de 2008 y abril de 2012. La primera fue en el Estadio Obras Sanitarias, con tres noches para poco más de 4.700 personas por función. La visita de 1998 al Estadio River Plate fue distinta: llegaba con el aclamado Time Out of Mind, disco que le ganó el Grammy al Álbum del Año y lo devolvió al centro de la escena. La noche del 4 de abril quedó grabada en la memoria de los rockeros argentinos: compartió escenario con los Rolling Stones para una versión de “Like a Rolling Stone”. El registro visual, aunque de calidad modesta, existe en YouTube. Es una cápsula del tiempo.

Las cuatro noches de abril de 2012 en el Teatro Gran Rex fueron quizás las más celebradas. Tocó ante 3.500 personas por función, con una voz aún más áspera que en visitas anteriores. Los asistentes encontraron en esa aspereza un recurso expresivo. Desde la segunda fila, el autor de estas líneas trató de asimilarlo todo: los discos que su hermano Víctor coleccionaba, el sonido de León Gieco, la pasión de su amigo Javier Andrade (QEPD). Inolvidable.

Bob Dylan dejó huella en Buenos Aires con memorables conciertos desde 1991, destacando su presentación junto a los Rolling Stones en 1998. (Foto: captura de Youtube)

La gira sin fin de Bob Dylan

Desde el 7 de junio de 1988, cuando se presentó en el Concord Pavilion de California y decidió no parar, ha dado aproximadamente más de 3.700 conciertos. Alcanzó la marca de 3.000 en Innsbruck, Austria, en 2009, y ha tocado más de 100 shows por año de forma habitual. La gira actual, iniciada en noviembre de 2021 con Rough and Rowdy Ways, tiene fechas hasta agosto en Nashville, aunque no conviene apostar por esa fecha como final.

Dylan nunca ocultó su incomodidad con la etiqueta Never Ending Tour. En 2009 respondió a un periodista:

“¿Alguien llama a Henry Ford un constructor de autos sin fin? ¿Alguien dijo que Duke Ellington estaba en una gira de escenarios de plaza sin fin?”.

A los 85 años, sigue siendo un enigma sobre el escenario: se esconde al costado, bajo un sombrero o una capucha, y mantiene vivas canciones que llevan décadas circulando. “Estoy aterrado de estar en el escenario”, admitió en 2012. “Pero es el único lugar donde soy feliz.”

El canto crepuscular de un Nobel

La culminación provisoria de su obra es, hasta ahora, Rough and Rowdy Ways (2020), su trigésimo noveno álbum de estudio. El sencillo “Murder Most Foul”, una pieza de 17 minutos sobre el asesinato del presidente John F. Kennedy, se convirtió en su primer número uno en las listas de Estados Unidos. La ironía no pasó desapercibida: su canción más larga y menos radial encontró mayor eco en un país confinado por la pandemia.

Ese “late style” —blues, swing, rockabilly y letras de humor negro con citas veladas— no es un epílogo decoroso. Es una fase creativa que dialoga con toda su trayectoria y con la tradición musical que estudió y reinterpretó toda su vida. En diciembre de 2020, la venta de su catálogo de más de 600 canciones a Universal Music Publishing Group por unos 300 millones de dólares cerró un ciclo patrimonial. Su voz sigue sonando, rasposa, en la carretera. Sus canciones siguen generando nuevas lecturas. La incomodidad que provoca sigue siendo su legado más duradero. Salve, Bob. Feliz cumpleaños.

Fuente: Infobae

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