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42 años de la travesía Atlantis: la odisea de cinco argentinos que cruzaron el Atlántico en balsa

A media mañana del 22 de mayo de 1984, Alfredo Barragán sostuvo el último cabo en su mano derecha, lo lanzó al viento y con el brazo en alto dio la orden: “¡Adelante!”. El remolcador hizo sonar su bocina. La balsa Atlantis se separó lentamente del muelle del puerto de Santa Cruz de Tenerife, en las Islas Canarias, España, mientras autoridades y lugareños observaban incrédulos. Desde ese puerto, situado a unos cien kilómetros de la costa este de África, cinco argentinos empezaron a surcar el océano sobre nueve troncos unidos con cuerdas vegetales, sin motor ni timón.

“No he visto nada más parecido a un sueño”, escribió Barragán al recordar aquel instante del que hoy se cumplen 42 años.

Todo comenzó tiempo atrás, cuando Barragán era estudiante de Derecho en Mar del Plata y esperaba turno en una peluquería. En una revista encontró un artículo sobre las cabezas colosales olmecas: quince bustos tallados en piedra hace unos 3.500 años en la región de Veracruz, México, con rasgos africanos. Esa imagen le planteó una pregunta que lo persiguió por años: ¿cómo llegaron esos hombres de rasgos africanos a América?

Fue armando la respuesta poco a poco. Investigando sobre historia de la navegación, descubrió una balsa tallada en piedra, también de 3.500 años de antigüedad, hallada en el noroeste de África. La embarcación era casi idéntica a las que usaban algunas comunidades originarias de América Latina en ese entonces.

Luego llegó la pieza final: en el Atlántico hay corrientes y vientos que funcionan como una cinta transportadora desde Europa y África hacia América todos los días del año. Eso habría permitido una migración, incluso accidental, desde África hasta el Golfo de México 3.000 años antes que Colón.

Barragán vendió una propiedad pequeña y viajó a México para presentar su teoría ante expertos del Museo Nacional de Antropología e Historia. La respuesta fue un rotundo rechazo. “Me dijeron: ‘No, nene, no es así’. Empezaron: ‘No, porque las cuerdas se les habrían podrido’. Después: ‘No, porque las maderas se les habrían hundido’. Después: ‘No, porque el tiburón…’. Ya no sabían qué argumentar para decir que no”, recuerda Barragán, abogado de la ciudad de Dolores.

Esa negativa fue el motor de su sueño. Barragán dejó el estudio de abogados donde trabajaba durante dos años para planificar la expedición. “Viví de las deudas. Estuve endeudado 21 años por la balsa. Terminé con un juicio del banco”, cuenta.

El equipo preparó la logística en Argentina y transportó alimentos, agua y equipamiento hasta Canarias en un barco de la empresa ELMA (Gentileza Alfredo Barragán)

La expedición tardó cinco años en gestarse. Barragán eligió a sus compañeros de entre los miembros del CADEI (Centro de Actividades Deportivas, Exploración e Investigación), el club expedicionario que fundó en Mar del Plata. El grupo ya tenía experiencia: en 1973 navegaron a remo 1.400 kilómetros del río Colorado, desde la cordillera hasta el mar, y en 1978 llegaron a la cima del Aconcagua.

Los elegidos fueron Jorge Iriberri, segundo capitán y campeón argentino de buceo; Daniel Sánchez Magariños, responsable de la navegación astronómica; Horacio Giaccaglia, sobrecargo y cocinero; y Félix Arrieta, camarógrafo de ATC que documentaría el viaje.

La Atlantis medía 13,6 metros de largo por 5,8 metros de ancho. No tenía una sola pieza de metal ni un clavo: nueve troncos ligeros atados solo con cuerdas vegetales, una vela cuadra y una pequeña casilla con techo de paja. Esa precariedad era intencional: debía ser una réplica fiel de las embarcaciones que el hombre primitivo pudo usar 3.500 años atrás.

Los troncos llegaron de Ecuador. Barragán, Iriberri y Arrieta viajaron hasta allá y lograron que el presidente de La Balsera Ecuatoriana, una empresa francesa en ese país, les donara la madera. La Fragata Libertad, de la Armada Argentina, donó parte de sus velas viejas. El barco de regatas de la Armada, el Fortuna, les cedió una radio VHF. La Atlantis no aceptó patrocinadores. “Quería que la balsa fuera lo más bella posible, un monumento al romanticismo”, explicó Barragán.

La confirmación de su llegada a América llegó por radio desde un pesquero venezolano, tras recorrer cerca de 6.00 kilómetros impulsados solo por vientos y corrientes

La preparación no fue solo logística. Barragán e Iriberri tomaron una decisión que refleja su mentalidad: se extirparon el apéndice de forma preventiva antes de partir. En alta mar, una apendicitis habría sido una sentencia de muerte. Pero no se detuvieron ahí. Ambos pidieron a médicos del Hospital de Dolores que les enseñaran a amputar un miembro. Querían estar listos para cualquier eventualidad a bordo.

“No era el desafío tonto de decir voy a tirarme a hacerlo y con suerte quizás llegue. La palabra suerte y la palabra imposible están erradicadas de nuestros vocabularios”, afirmó Iriberri. Antes de zarpar, asegura, no había ninguna contingencia que no supieran cómo superar.

La Atlantis cargó 60 bidones de agua, 27 barriles de comida, un botiquín médico y el equipo de filmación de Arrieta. Todo se preparó en Argentina y llegó a Canarias en un barco de la extinta ELMA (Empresa Líneas Marítimas Argentinas).

La balsa Atlantis fue construida sin usar piezas metálicas ni clavos, empleando solo nueve troncos ecuatorianos atados con cuerdas vegetales, y replicando técnicas de hace 3.500 años (Gentileza Alfredo Barragán)

El día antes de zarpar, Barragán brindó ante la prensa 14 puntos de posición en el Atlántico que, unidos por una línea, formarían la ruta exacta de la balsa. También anunció el puerto de llegada: La Guaira, Venezuela. Muchos lo escucharon con escepticismo.

Los primeros días no fueron tranquilos. Apenas salieron del puerto, una marejada con olas de dos metros hizo que el mástil casi se fuera al agua. La técnica que habían desarrollado para atarlo falló. Si el mástil caía, la expedición terminaba. Lograron solucionarlo.

En los días siguientes, el crujido constante de las cuerdas los inquietó. “Era como escuchar retorcer un canasto de mimbre. Pensábamos: ‘Esto se va a romper’. Pero después nos dimos cuenta de que era su ruido natural”, recordó Barragán.

Otra sorpresa temprana fue que Arrieta, el camarógrafo, no sabía nadar. Se lo confesó tres días después de zarpar. No quería perderse la expedición por nada del mundo. Pensó que si decía que no sabía nadar antes de partir, lo bajarían de la balsa.

Sin timón, la balsa no podía virar ni volver sobre su rumbo: si alguien caía al agua, nadie podía tirarse a rescatarlo. La única opción era aferrarse a un cabo de 70 metros que arrastraba la popa. “Es preferible perder a un hombre y no a dos”, era la regla a bordo.

Antes de zarpar, los que encabezaban la expedición se sometieron a cirugías preventivas y recibieron entrenamiento médico para afrontar emergencias en plena travesía (Gentileza Alfredo Barragán)

“El Vasco vivió atado. Hizo un trabajo impecable. Lo llevaría en la próxima balsa”, dijo Barragán sobre Arrieta. El camarógrafo filmó cada día de la travesía. Con ese material se editó el documental Expedición Atlantis, estrenado en 1988 y doblado a seis idiomas.

La travesía deparó problemas que ningún manual podía anticipar. Los médicos les habían advertido que el principal enemigo no sería el mar sino el sol. En 1984 no existían las pantallas solares como hoy. Además, se habían olvidado el protector solar al partir.

“Nos empezamos a quemar los empeines, los muslos, los hombros, la cara y nos empezamos a preocupar. Un día cortando un salamín noté que la grasa que brillaba era rápidamente absorbida por mi piel reseca”, relató Barragán. La solución fue untarse con la grasa exterior de las 12 longanizas que llevaban a bordo y guardar el resto en un frasco para usarla como crema humectante.

Durante una tormenta, Arrieta se dobló un tobillo. Con los materiales disponibles le improvisaron una bota de caña. Las dos tormentas que enfrentaron fueron las únicas con olas de consideración, y las superaron sin mayores consecuencias. Contra lo que esperaban, solo lograron pescar una vez durante toda la travesía.

Hacia el día 50, la expedición entró en su tramo más angustiante. La nubosidad persistente les impedía hacer cálculos para determinar su posición. Llevaban casi dos meses sin ver tierra y la duda era concreta: podían estar llegando a Venezuela o haber sido arrojados en cualquier otra dirección, incluso de regreso al continente africano.

Entonces apareció en el horizonte un barco. Barragán tomó la radio VHF:

—Aquí pesquero Maratún. ¿Ustedes son la balsa Atlantis que salió de África?

—Afirmativo. Necesito que me confirme si realmente estamos al sudoeste de Granada.

La respuesta demoró unos segundos que Barragán describe como eternos. “Tranquilo”, alcanzó a decirle a Iriberri mientras esperaban.

—Correcto, chico. Están a 10 millas de las Islas Testigo. ¡Bienvenidos a América!

Los cinco navegantes rompieron en llanto, se abrazaron, se bañaron en harina y se lanzaron al mar. Tres días después, el 12 de julio de 1984, la Atlantis entró al puerto de La Guaira. Todos los buques en las cercanías hicieron sonar sus sirenas. La Cancillería argentina realizó gestiones diplomáticas y la armada venezolana desplegó una fragata con un helicóptero para recibirlos.

Habían recorrido unas 3.200 millas náuticas —aproximadamente 5.900 kilómetros— en 52 días, con la única propulsión de una vela, la dirección de los vientos y la corriente de Canarias. En tierra, ante el micrófono de una radio, Barragán pronunció la frase que definiría la expedición: “Que el hombre sepa que el hombre puede”.

Alfredo Barrágan junto al monumento emplazado en Mar del Plata que recuerda la expedición Atlantis (Christian Heit)

“Fue el momento más mágico de la expedición. Sentía una satisfacción inmensa, una paz… En medio de los festejos, me acuerdo que respiré hondo y pensé: ¡tenía razón!”, recordó años más tarde.

En Mar del Plata, en el sector conocido como el “Finisterre argentino” —el punto del territorio nacional que más penetra en el mar—, en la esquina de Aristóbulo del Valle y la Costa, se erigió un monumento en honor a la expedición. La estructura de metal reproduce la figura de la vela de la Atlantis: un sol atravesado por la cruz de los cuatro vientos, el mismo símbolo que flameó durante 52 días sobre el Atlántico. La frase de Barragán figura al pie. Un monumento idéntico se levantó en la ruta provincial 63, a la entrada de Dolores, la ciudad donde nació el capitán de la Atlantis.

“Nadie vence al océano. Nosotros derrotamos el escepticismo estudiando al mar”, dijo Barragán para explicar la proeza que trascendió las fronteras.

Fuente: Infobae

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