La ballena jorobada, uno de los mamíferos marinos más emblemáticos del planeta, ha vuelto a sorprender a la ciencia. Sus aletas pectorales pueden alcanzar hasta un tercio de la longitud de su cuerpo, y cada año estos cetáceos recorren miles de kilómetros entre sus zonas de alimentación y reproducción. Sin embargo, un reciente estudio documentó un hito sin precedentes.
La investigación, publicada en la revista Royal Society Open Science, confirmó por primera vez que dos ejemplares lograron viajar entre las zonas de cría del este de Australia y Brasil, atravesando más de 14.000 kilómetros de océano abierto. Este desplazamiento representa la mayor distancia registrada entre avistamientos de una misma ballena jorobada.
El equipo científico estuvo liderado por la doctora Cristina Castro Ayala, de la Fundación Ballena del Pacífico, y contó con la participación de investigadores de la Universidad Griffith (Australia), el Instituto Ballena Jubarte, el Proyecto Ballena a la Vista, la Universidad Federal de Río Grande do Norte (Brasil) y la plataforma Happywhale, de Estados Unidos.
¿Qué motiva a una ballena a cruzar dos océanos?
Las ballenas jorobadas suelen regresar cada año a los mismos sitios para reproducirse y alimentarse. Aunque los científicos sabían que algunos individuos podían desviarse de sus rutas habituales, hasta ahora no existía evidencia fotográfica de cruces entre el Pacífico sur y el Atlántico sur.
El estudio buscó determinar si una ballena jorobada podía conectar dos zonas de cría separadas por dos océanos distintos. Para ello, los investigadores emplearon la fotoidentificación, una técnica que reconoce a cada ballena por los patrones únicos en la parte inferior de su aleta caudal, conocida como “fluke”. Esa aleta funciona como una huella digital: no existen dos iguales.
Además, los expertos quisieron entender qué impulsa estas travesías. Entre las posibles causas se mencionan los cambios en la disponibilidad de krill antártico, el alimento principal de estas ballenas, y las alteraciones en el hielo marino del océano Austral.
La huella en la aleta: el método que reveló el récord

El trabajo analizó un total de 19.283 fotografías de aletas caudales tomadas entre 1984 y 2025: 10.341 ballenas del Atlántico sur, en Brasil, y 8.942 del Pacífico sur, en el este de Australia.
Tanto científicos como ciudadanos aportaron las imágenes a través de Happywhale. Un algoritmo detectó posibles coincidencias, que luego fueron verificadas una por una por investigadores entrenados.
El primer caso corresponde a una ballena fotografiada en la bahía de Hervey, Queensland, en 2007 y nuevamente en 2013. En julio de 2019, ese mismo individuo apareció frente a las costas de São Paulo, Brasil, a unos 14.200 kilómetros de distancia.

El segundo caso es aún más sorprendente. Una ballena fue fotografiada el 7 de agosto de 2003 en el Banco de Abrolhos, principal zona de cría de Brasil, formando parte de un grupo de nueve adultos. Veintidós años después, en septiembre de 2025, ese mismo ejemplar apareció solo en Hervey Bay, Australia, a 15.100 kilómetros de distancia.
El estudio precisó que “los intervalos de reavistamiento de 6 y 22 años sugieren que se trata de eventos raros, posiblemente únicos en la vida de cada individuo, más que cambios migratorios regulares”. De más de 19.000 individuos analizados, solo dos realizaron este cruce, lo que representa apenas el 0,01% de las ballenas identificadas.
Un cruce raro que amplía los límites conocidos

Los investigadores señalaron que, aunque la tasa de intercambio documentada es demasiado baja para tener consecuencias demográficas a escala poblacional, “esos registros ilustran la naturaleza amplia y transfronteriza de la migración y la conectividad de la ballena jorobada”.
Uno de los posibles efectos de estos cruces es el fortalecimiento de la diversidad genética. Sin embargo, el estudio aclaró que ese beneficio depende de si los individuos logran reproducirse con éxito en la nueva región, algo que la investigación no pudo confirmar.
Además, las ballenas jorobadas también propagan estilos de canto entre regiones, de manera similar a cómo circulan las tendencias musicales entre las personas. Estos intercambios podrían favorecer esa transmisión cultural entre poblaciones de distintos océanos.

Los investigadores vincularon el hallazgo con la hipótesis del “Intercambio en el Océano Austral”, según la cual ballenas de distintas poblaciones se encuentran en zonas antárticas compartidas y algunos individuos regresan por rutas diferentes. Cuando el krill escasea o se desplaza debido al cambio climático, algunas ballenas salen a buscarlo fuera de sus rutas habituales, lo que podría llevarlas a cruzar hacia otros océanos.
Cabe señalar que la fotoidentificación solo registra los puntos de inicio y llegada, sin revelar la ruta exacta ni la distancia real recorrida. Por ello, los investigadores recomendaron combinar ese método con rastreo satelital y análisis genéticos para cuantificar mejor estos intercambios en el futuro.
Fuente: Infobae