Con apenas 14 años, Thelma Fardin dio sus primeros pasos en el mundo artístico en la serie Patito Feo. Dos años más tarde, en un hotel de Managua, Nicaragua, su existencia dio un vuelco radical. Durante la última parada de una gira con el elenco, en un entorno con escasa presencia adulta y sin protección cercana, sufrió un abuso sexual que marcaría su vida.
El 9 de diciembre de 2018, Fardin decidió alzar la voz y denunciar, para no correr la misma suerte que otras actrices como Calu Rivero y Anita Co, mientras la televisión argentina continuaba brindando espacios y roles de padre ejemplar al actor señalado, sin apartarlo de la pantalla ni de los escenarios.
La Justicia brasileña rechazó todos los recursos presentados por Juan Darthés, y este fallo reafirma la necesidad de contar con un sistema judicial más accesible y menos hostil para las mujeres que se atreven a denunciar. La historia de Thelma es el reflejo de muchas otras, y el desenlace de un proceso judicial complejo, extenso y emblemático funciona como un espejo para quienes buscan justicia. Los tiempos no cambiaron solos; los cambiamos con acción. Los abusos no cesan por inercia, sino gracias a la lucha constante.
—¿Cómo se sobrelleva un proceso judicial tan prolongado, que abarca tres países, múltiples instancias y una enorme exposición mediática?
—Es fundamental agotar todas las instancias. La palabra misma lo dice: agotar. Y la verdad es que sí, una termina agotada en el camino.
—¿Qué sentimiento le deja esta victoria en los tribunales?
—Hay que decir siempre que cuando una gana, debe ser agradecida. Porque aunque el logro sea personal, las victorias nunca son solo individuales: siempre se construyen de manera colectiva. Al mirar atrás, se ven todos los puentes que se tendieron para llegar hasta aquí. Personas clave que asumieron costos personales para que este proceso pudiera iniciarse. Por eso es tan importante reconocerlo.

—¿Qué trascendencia tiene esta causa para futuras denuncias de abuso sexual?
—Este caso es clave por el precedente que establece en América Latina. La denuncia abrió camino y recorrió la instancia judicial en la Justicia Federal brasileña, una jurisdicción que normalmente interviene en casos de narcotráfico, corrupción o trata de personas. Además, se emplearon tratados internacionales que a menudo no están bien afinados, pero que resultan cada vez más necesarios en un mundo marcado por la movilidad, las migraciones y los vínculos transfronterizos.
—¿Qué implica llevar adelante una causa con tanta repercusión?
—Deja un precedente muy importante. Y por eso mismo, intentaron frenarla en tantas ocasiones.
—¿Cuál es el valor jurídico de esta causa?
—Establece un estándar de seriedad probatoria y de comprensión de los derechos humanos, así como de los compromisos internacionales asumidos por Brasil y Argentina.

—¿Qué ha cambiado desde que usted tenía 14 años y trabajaba en Patito Feo en cuanto a la prevención de abusos en filmaciones?
—A raíz de este caso, ocurrieron cosas muy concretas. Por ejemplo, se comenzó a instalar en los estudios de televisión y en las grabaciones no solo la figura de la coordinadora de intimidad —un rol fundamental— sino también una nueva mirada y conciencia sobre cómo se filma, cómo se trabaja con los cuerpos y, sobre todo, cómo se trabaja con niños y niñas.
—¿El impacto de la denuncia sobre la violación en una serie masiva, rodeada de las actrices más reconocidas de Argentina, marcó un antes y un después para la protección de niñas y mujeres en la producción cultural?
—El cambio de paradigma fue tan profundo y el giro cultural tan fuerte que, precisamente por eso, también fuimos atacadas. En mi caso, cada vez que abordo un tema que está en la agenda pública, esos ataques regresan. Este fue un caso paradigmático dentro de los feminismos: permitió que muchísimas personas pudieran poner en palabras no solo la violencia sexual sufrida, sino también la brutalidad de un sistema judicial que deja a las víctimas en el último lugar, que no da respuestas y que, con frecuencia, las vuelve a violentar.
—¿Qué opina sobre el proyecto de la senadora Carolina Losada que busca aumentar la criminalización de las mujeres que denuncian abusos?
—Esta victoria final es muy importante, especialmente en un contexto donde aparecen proyectos como el de Losada, que buscan disciplinar y adoctrinar a quienes denuncian. Y ahí hay que mirar quiénes están detrás de esas iniciativas: muchas veces son personas con denuncias o vínculos directos con situaciones de violencia. Entonces queda claro que no hay un interés genuino por proteger los derechos humanos de las personas denunciadas, ni los derechos de quienes denunciamos.
—¿Espera que la Justicia brasileña ejecute la pena impuesta tras rechazar los recursos de Darthés?
—Yo nunca tuve una mirada punitivista. Nunca creí que la respuesta se redujera solo al castigo. Pero llega un punto en que la violencia y el hostigamiento del otro lado son tan extremos, y el peligro tan evidente, que después de haber recorrido todo el sistema de justicia en ocho años, con todo el desgaste emocional, económico y personal que implicó, una también puede decir: “Sí, es importante que se cumpla la pena estipulada”. Y no por venganza, sino porque también hay un mensaje social que dar.
—¿Ese mensaje puede alentar a las mujeres a denunciar?
—Si del otro lado la idea es el adoctrinamiento, si lo que se busca es que quienes denuncian aprendan a callarse, entonces hay que mirar los números: la enorme mayoría de estos casos no llega a una condena. Por eso, cuando un caso logra atravesar todas las instancias y romper con lo que el sistema tenía mal armado, es importante que exista una forma de justicia tangible. Una justicia que no borre todo lo vivido, pero que al menos deje claro que lo ocurrido tuvo consecuencias.
—¿Cree que hay un problema con un auge de denuncias falsas?
—Soy una persona que atravesó una situación de violencia sexual y me preocupa profundamente ver cómo se pone el foco en las supuestas falsas denuncias, cuando, a nivel global, representan menos del 1% de los casos. Lo que yo viví —y lo que viven miles de niñas y mujeres— es exactamente lo contrario: cuando nos atrevemos a romper el silencio y denunciar, tenemos que atravesar un proceso judicial largo, tedioso y revictimizante.
—¿Cómo fue su experiencia en la Justicia?
—En mi caso, fui sometida a nueve pericias, incluso a una pericia física, pese al tiempo transcurrido desde los hechos, hasta que logró probarse lo sucedido. Poner en el centro del debate a quienes denuncian, en lugar de las fallas del Estado, no solo distorsiona la realidad, sino que envía un mensaje peligroso: que denunciar puede tener consecuencias. No sobran denuncias, faltan.
Fuente: Infobae