Para la estricta sociedad victoriana que lo vio nacer el 16 de agosto de 1888 en Tremadoc, Gales, Thomas Edward Lawrence parecía destinado a ser un hijo ilegítimo sin futuro. Su padre, el aristócrata Thomas Robert Tighe Chapman, había abandonado a su esposa legítima para huir con la institutriz de sus cuatro hijas, refugiándose en la tranquilidad galesa. Además, su físico no ayudaba: era bajo —apenas 1,65 metros— y robusto. Sin embargo, por la magia del cine, el nombre de Lawrence de Arabia evoca al instante la imponente figura de Peter O’Toole —un hombre esbelto de casi 1,90 metros—, el actor que lo interpretó en la aclamada película de David Lean estrenada en 1962.
Su vida parece salida de esas apasionantes novelas de aventuras por entregas que los lectores de finales del siglo XIX y principios del XX esperaban con ansiedad: fue arqueólogo, erudito, escritor, espía, soldado de tierra y aire, combatiente de la Primera Guerra Mundial, profundo conocedor del mundo árabe —donde fue admirado y odiado, considerado héroe y también traidor—, consumado estratega de la guerra de guerrillas en las inhóspitas arenas del desierto, y amigo influyente de jeques y beduinos entre quienes se movió extraoficialmente como un hábil diplomático al servicio de la corona británica.
Thomas Edward fue el segundo de los cinco hijos que Chapman —que había cambiado su apellido a Lawrence— tuvo con su nuevo amor, Sarah Junner. Los vaivenes familiares le dieron una infancia itinerante que lo llevó por Irlanda, Gales, Escocia y Francia, para terminar en Oxford, donde estudió en la City High School en 1907. Allí se apasionó por la historia y se inscribió en el Jesus College de la Universidad de Oxford, donde se convirtió en uno de los discípulos predilectos de David George Hogart, un arqueólogo especialista en Medio Oriente que dirigía el Ashmolean Museum.
Bajo la influencia de Hogart, en 1909 realizó un primer viaje por Palestina, la costa del Líbano, parte de Siria y la Mesopotamia para recopilar material para una tesis sobre la arquitectura militar de las Cruzadas, que presentó al año siguiente. Más tarde participó en excavaciones en yacimientos a orillas del Éufrates, bajo la dirección del famoso arqueólogo británico Leonard Wolley, lo que le permitió profundizar su conocimiento del idioma y la cultura árabes. Eso sería clave para su próxima y más duradera vocación: el espionaje.

Espía al servicio de Su Majestad
A principios de 1914, con 25 años, Lawrence se incorporó a otra expedición arqueológica, comandada por el capitán Stewart Newcombe, para excavar en la península del Sinaí. En realidad, los trabajos arqueológicos eran una tapadera del Arab Bureau de la Inteligencia británica para una misión militar de estudio topográfico. No fue la única: a fines de ese año, con el grado de subteniente, le encomendaron promover el levantamiento de los pueblos contra el Imperio otomano. Pronto se convertiría en un jugador clave en la estrategia bélica de su país.
Hasta la Primera Guerra Mundial, Gran Bretaña había apoyado al Imperio otomano en Oriente Medio, pero eso cambió cuando Turquía se alió con Alemania en noviembre de 1914. Los británicos alentaron el nacionalismo árabe y apoyaron a los jefes árabes para rebelarse contra el dominio otomano. Mientras estas negociaciones estaban en curso, el gran Sherif Hussein, gobernante de la provincia de Hiyaz, inició un levantamiento con la esperanza de obtener apoyo británico. Esto se convertiría en la Revuelta Árabe, liderada por los cuatro hijos del Sherif: Zeid, Ali, Abdullah y Feisal.
El Arab Bureau ordenó a Lawrence identificar al hijo más conveniente para los intereses británicos. Eligió, acertadamente, a Feisal, de quien fue asesor político y militar durante dos años. No solo lo asesoró, sino que se incorporó personalmente a la guerra. Allí ganó enorme prestigio con la conquista del Puerto de Aqaba el 6 de julio de 1917. Aunque no causó graves daños a la estructura militar otomana, el éxito tuvo gran transcendencia en el mundo árabe y le valió la estima de los jefes beduinos, al punto de convertirse en leyenda, llamado “Lawrence de Arabia”. Lo veían como uno más: vestido como árabe y compartiendo la dura vida del desierto.
Con esa victoria y el prestigio, viajó a El Cairo para reunirse con Sir Edmund Allenby, líder de la Fuerza Expedicionaria Egipcia Británica, quien le pidió el apoyo de las fuerzas árabes de Feisal para su campaña en Palestina. Lawrence lo consiguió, y los ataques de Feisal contra los turcos resultaron clave: atacaron las líneas de comunicación turcas, sabotearon el ferrocarril que llevaba a Palestina y cortaron las líneas telefónicas, obligando a los turcos a usar mensajes inalámbricos que los británicos interceptaban. Al hostigar a miles de tropas turcas, les impidieron concentrarse contra el avance de Allenby. Lawrence participó en muchas de estas acciones y lideró numerosas victorias cruciales. Estuvo con las tropas árabes que entraron en Damasco junto con las fuerzas de Allenby el 1 de octubre de 1918. Vestía como un árabe más. Para unos y otros era un héroe, aunque pronto los árabes lo verían como un traidor.

La gran desilusión
A través de Lawrence, los británicos habían prometido a Feisal apoyar la creación de un gran Estado panárabe, pero el Reino Unido y Francia tenían otros planes: dividir los territorios de Medio Oriente entre ellos, sin dejar cabida para Estados árabes independientes. Al quedar al descubierto la maniobra que lo hacía parecer un traidor, Lawrence enfrentó un dilema moral entre la lealtad personal a los árabes y la lealtad a su patria.
Desilusionado por la actuación de su país, y dolido por la muerte de dos de sus hermanos en los campos de batalla de Francia, pidió ser relevado y el 4 de octubre de 1918 abandonó Damasco para volver a Gran Bretaña, donde lo esperaba un recibimiento inesperado.
Considerado traidor por los árabes, en Londres descubrió que se había convertido en una leyenda para sus compatriotas. El periodista estadounidense Lowell Thomas lo retrató como el carismático líder de las guerrillas árabes. Al principio Lawrence se sintió cómodo con esa imagen, pero con el tiempo llegó a despreciarla e intentó distanciarse del personaje. Trabajó como asesor de Winston Churchill, entonces secretario colonial, en 1921, pero tampoco se sintió a gusto. Entonces le pidió a Churchill que lo ayudara a desaparecer de la escena.

El soldado raso que escribía
Con la ayuda de Churchill y de Hugh Trenchard, mariscal de la Real Fuerza Aérea, se alistó como soldado raso con el nombre de John Hume Ross y fue destinado a la India, pero fue expulsado dos meses después cuando el Daily Herald lo descubrió y reveló su identidad. Más tarde fue readmitido con otro nombre y nuevo destino. Estaba decidido a permanecer en el anonimato.
Mientras era un soldado raso más, escribió el libro que lo consagró en las letras: Los siete pilares de la sabiduría, publicado en 1926, donde relata su experiencia contra los turcos. Allí escribió frases como esta:
“Todos los hombres sueñan, pero no de la misma forma. Los que sueñan de noche se despiertan para descubrir que se han desvanecido, pero los que sueñan de día son peligrosos, porque actúan en sus sueños con los ojos abiertos a fin de convertirlos en realidad”.
El libro impresionó fuertemente al argentino Jorge Luis Borges, quien años después opinó:
“Hemos vivido dos guerras mundiales, pero, por alguna razón, no ha surgido de ellas una épica; excepto, quizá, Los siete pilares de la sabiduría. Encuentro muchas cualidades épicas, pero el libro está lastrado por el hecho de que el héroe es el narrador, por lo que a veces debe empequeñecerse, humanizarse, hacerse verosímil en exceso. De hecho, se ve obligado a incurrir en los trucos del novelista”.
Más tarde, Lawrence escribió El troquel, sobre sus experiencias como soldado raso, y tradujo La Odisea del griego al inglés, además de escribir innumerables cartas que después de su muerte lo mostraron como un maestro del género epistolar.

“No habrá otro como él”
A la vez, continuaba en la Fuerza Aérea con su segundo nombre falso, dedicándose al desarrollo de lanchas rápidas de salvamento. Fue dado de baja en 1935 y se refugió en su casa de Clouds Hill. Tenía 46 años y, según sus amigos, estaba deprimido.
El 13 de mayo de ese año, bajo una intensa lluvia, salió en su motocicleta Brough Superior SS100 a alta velocidad. Al llegar a una curva, se topó con dos ciclistas y, al frenar de golpe para no atropellarlos, salió despedido y cayó de cabeza contra el asfalto. Estuvo seis días en coma antes de morir en el Hospital Militar de Bovington, en Dorset. Su funeral se celebró el 21 de mayo en la iglesia de Moreton, cerca de Clouds Hill, con la presencia de excompañeros, políticos, artistas y escritores.
Lawrence de Arabia fue una leyenda en vida y lo siguió siendo después, pero con los años su figura fue cuestionada, sobre todo tras la publicación de una biografía de Richard Aldington que lo mostraba como un mentiroso compulsivo y desequilibrado. Sin embargo, archivos secretos británicos desclasificados en las décadas de 1960 y 1970 confirmaron su papel en Medio Oriente durante la Primera Guerra Mundial.
Detrás del mito y las controversias, apareció el hombre de carne y hueso, con una vida que, según André Malraux, “no es ejemplar, ni pretende serlo”. Quizás quien mejor lo definió fue su admirador Winston Churchill, quien muchos años después de su muerte condensó todas sus facetas en una frase:
“No habrá otro como él, su nombre pervivirá en las letras inglesas, será recordado en los anales de la guerra y vivirá en las leyendas de Arabia”.
Fuente: Infobae