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Tanguito: electroshocks, huida y el triste destino del rock argentino

La figura de José Alberto Iglesias, conocido para siempre como Tanguito, habita un espacio difuso donde la realidad y el mito se entrelazan de forma inseparable. Su muerte llegó demasiado pronto, el 19 de mayo de 1972, cuando apenas contaba con 26 años. A diferencia de otros íconos que cimentaron su inmortalidad tras una larga trayectoria, él se convirtió en leyenda casi sin haber tenido tiempo de vivir plenamente.

Su historia es la del joven de barrio que llegó a Buenos Aires con una guitarra, una melena indomable y una sensibilidad imposible de domar. Es la historia del muchacho tímido y salvaje que contribuyó a escribir la canción que transformó para siempre el rock argentino. La historia del chico que dormía en plazas, en casas prestadas o en la calle. La del artista que podía conmover con una melodía sencilla mientras se autodestruía ante los ojos de quienes lo admiraban.

Tanguito fue un cúmulo de contradicciones: poeta callejero, músico errante, pionero, amante empedernido y alma rota. Pero, sobre todo, fue el símbolo de una generación que, a mediados de los años sesenta, comenzaba a crear algo nuevo en la Argentina: una forma distinta de cantar, de vivir y de interpretar el mundo.

A más de medio siglo de su partida, su figura sigue generando la misma fascinación. Porque tras la leyenda se esconde una historia profundamente humana, la de un niño de barrio que nunca pudo encontrar un lugar donde sentirse seguro.

José Alberto Iglesias nació el 16 de septiembre de 1945 en San Martín

Los orígenes en Caseros

José Alberto Iglesias nació el 16 de septiembre de 1945 en San Martín, aunque se crió en Caseros, en el oeste del Gran Buenos Aires. Era hijo de José Iglesias, un vendedor ambulante, y de Juana Correa, empleada doméstica. Su familia vivía con lo justo. Nada en su infancia anticipaba que aquel muchacho flaco, callado y desalineado se convertiría en un nombre fundacional del rock nacional.

El barrio forjó gran parte de su carácter. Creció entre calles de tierra, clubes de barrio, talleres y radios que empezaban a difundir los nuevos sonidos provenientes de Estados Unidos. Elvis Presley, Bill Haley y Eddie Cochran fueron sus primeras influencias. El rock and roll llegó a su vida como una revelación.

La escuela nunca logró retenerlo. Le costaba concentrarse y adaptarse. Abandonó los estudios muy joven y realizó cursos breves de jardinería y paisajismo en el Jardín Botánico, aunque tampoco permaneció mucho tiempo allí. Lo único que realmente le importaba era la música.

A los 15 o 16 años ya frecuentaba clubes en Mataderos y Flores, donde se bailaba tango, bolero y música tropical. Pero él aparecía con otra energía. Mientras los demás seguían los pasos tradicionales, José se movía como los rockeros norteamericanos. Sacudía el cuerpo, improvisaba y giraba sobre sí mismo. Esa rareza llamó la atención de todos. En contraste con el tango tradicional de la época, sus amigos empezaron a llamarlo “Tango”. Luego vino el diminutivo: Tanguito. El apodo tenía algo de ironía y ternura, y se convirtió en una marca imborrable.

A los 15 o 16 años ya frecuentaba clubes de Mataderos y Flores donde se bailaba tango, bolero o música tropical (Wikipedia)

Los primeros pasos con Los Dukes

Antes de ser un mito, Tanguito fue un chico que quería tocar. Como tantos adolescentes de la época, formó bandas para interpretar versiones de rock and roll. En 1963 se unió a Los Dukes, uno de sus primeros grupos estables.

Con ellos grabó sencillos para el sello Music Hall. Canciones modestas, aún muy influenciadas por la “Nueva Ola” y el rock ligero de principios de los sesenta. Pero incluso allí ya se notaba algo distinto.

No era un gran guitarrista ni un cantante técnicamente brillante. Su fuerza residía en otro lugar. Había una vulnerabilidad extraña en su voz, una forma de expresar las palabras que parecía surgir de lo más profundo de su ser. Los Dukes llegaron a compartir escenarios con Sandro y Los de Fuego, Billy Bond y otras figuras emergentes. Sin embargo, Tanguito no encajaba en el molde comercial. Era demasiado imprevisible.

Mientras otros músicos soñaban con el éxito, él parecía buscar otra cosa: la experiencia de vivir la música. A mediados de los sesenta, Buenos Aires empezaba a transformarse. Bajo la superficie conservadora de una ciudad rígida, comenzaba a emerger una contracultura juvenil que buscaba romper con todo.

El epicentro de esa revolución fue La Cueva, un sótano en Recoleta donde se reunían músicos, poetas y bohemios. Allí estaban Litto Nebbia, Moris, Javier Martínez, Miguel Abuelo, Pajarito Zaguri y Tanguito, entre otros jóvenes que aún no sabían que estaban haciendo historia.

Las noches en La Cueva eran largas y caóticas. Se mezclaban jazz, rock, discusiones filosóficas y guitarras acústicas que pasaban de mano en mano hasta el amanecer. Tanguito encajó perfectamente en ese universo marginal. Llegaba despeinado, con ropa gastada y una guitarra casi siempre desafinada. A veces desaparecía por días. Otras veces surgía de madrugada con canciones nuevas.

La frase inicial de “La Balsa” terminó funcionando casi como una autobiografía involuntaria. Porque Tanguito cargaba una soledad feroz

La Perla de Once y el nacimiento de un himno

Si La Cueva fue el laboratorio del rock argentino, La Perla de Once fue su oficina improvisada. El bar frente a Plaza Miserere se convirtió en refugio nocturno para aquellos músicos que pasaban horas discutiendo sobre arte, política y música.

La madrugada del 2 de mayo de 1967 ocurrió una escena que luego sería reconstruida casi como una leyenda. Tanguito estaba sentado con una guitarra, probando acordes. Litto Nebbia se acercó. José tenía una frase rondándole la cabeza: “Estoy muy solo y triste acá en este mundo abandonado…” A partir de ahí, empezaron a trabajar juntos en una canción. Así nació “La Balsa”.

El tema, grabado por Los Gatos, se convirtió en el punto de partida comercial y cultural del rock en castellano en Argentina. Vendió cientos de miles de copias y abrió una puerta que nunca volvería a cerrarse. Con el tiempo surgieron disputas sobre la autoría. Algunos intentaron minimizar el aporte de Tanguito. Otros sostuvieron que la idea central fue completamente suya. Litto Nebbia siempre reconoció que la composición fue compartida. Pero más allá de las polémicas, hay algo indiscutible: sin Tanguito, “La Balsa” probablemente no habría existido de la misma manera. Y tampoco el mito.

En 1968, Tanguito grabó “La princesa dorada” y “El hombre restante”, sus primeros simples como solista

“Estoy muy solo y triste…”

La frase inicial de “La Balsa” funcionó como una autobiografía involuntaria. Tanguito cargaba una soledad feroz. Aunque estaba rodeado de músicos y amigos, había algo en él que parecía imposible de contener: una fragilidad emocional profunda. Dormía donde podía: en casas de amigos, plazas, pensiones o estaciones de tren. No tenía disciplina ni interés por el dinero. Si cobraba por una presentación, probablemente lo gastaba esa misma noche.

La música era lo único importante. Pero incluso allí aparecían contradicciones. Podía escribir canciones hermosas y olvidarse de grabarlas, o emocionar a todos en un recital íntimo y desaparecer antes de subir al escenario. Muchos productores lo consideraban inmanejable; otros simplemente lo adoraban.

Tanguito tuvo varias relaciones amorosas, aunque ninguna logró estabilizarlo. Quienes lo conocieron coinciden en que necesitaba afecto de manera desesperada. Era seductor desde la vulnerabilidad, no desde la seguridad. Tenía una mezcla de inocencia y misterio que resultaba magnética.

Entre sus relaciones más conocidas está Mariana, con quien vivió momentos intensos durante los años de mayor efervescencia del rock porteño. También hubo romances fugaces marcados por ausencias y desapariciones. Tanguito podía enamorarse profundamente y, al mismo tiempo, huir. Era incapaz de mantener rutinas. Las canciones eran su única forma de expresar lo que en la vida cotidiana no podía decir.

El fundador del rock nacional

Cuando se habla de rock nacional aparecen nombres como Spinetta, Charly García, Nebbia, Pappo y Moris. Pero antes de que el movimiento tuviera industria o reconocimiento masivo, existió una generación fundacional que lo hizo todo desde cero. Tanguito fue parte esencial de ese origen. No porque hubiera vendido millones de discos, sino porque representaba el espíritu más puro y salvaje de aquella primera camada. En una Argentina donde cantar rock en castellano se consideraba ridículo, ellos insistieron. Querían hablar de su propia realidad: las calles porteñas, la soledad, el desencanto juvenil, la necesidad de escapar. Tanguito encarnaba todo eso de forma natural. No era un producto; era un chico roto tratando de sobrevivir a través de canciones.

Con el tiempo, su vida empezó a deteriorarse. Los excesos eran parte del ambiente nocturno de fines de los sesenta. En su caso, el consumo dejó de ser recreativo. Se volvió más errático, desconfiado y vulnerable. Había períodos de euforia seguidos de largos silencios. En ocasiones, parecía completamente perdido.

El artista ingobernable

En 1968 grabó “La princesa dorada” y “El hombre restante”, sus primeros sencillos como solista. Le sobraba talento, pero sostener una carrera profesional parecía imposible. Desaparecía, olvidaba letras, cancelaba presentaciones. Sin embargo, cuando lograba concentrarse, ocurría algo extraordinario. Tanguito componía desde un lugar visceral. Sus canciones parecían surgir de la herida misma.

El 20 de octubre de 1967 grabó “Yo soy Ramsés” –otro de sus apodos– en los primeros estudios TNT de Buenos Aires. El disco recién fue rescatado y publicado oficialmente en 2009. También grabó a comienzos de los setenta junto a Javier Martínez, de Manal. Allí quedaron registradas versiones imperfectas, caóticas y profundamente emotivas de temas como “Amor de primavera”, “Natural” y “La Balsa”. Si “La Balsa” representa el nacimiento del rock argentino, “Amor de primavera” quizás sea la canción que mejor expresa el universo emocional de Tanguito. Hay en esa melodía una mezcla de dulzura y tristeza que atraviesa toda su obra. Parecía escribir desde un lugar suspendido entre la esperanza y la derrota, como si siempre supiera que la felicidad duraría poco. Eso explica por qué tantas generaciones siguieron conectando con sus canciones incluso décadas después.

El recuerdo para Tanguito y Lito Nebbia en el baño del bar La Perla de Once

El descenso final

Hacia 1971, su situación era alarmante. El consumo problemático y los problemas de salud mental se habían agravado. Pasaba temporadas enteras perdido en las calles de Buenos Aires. Estaba extremadamente delgado, descuidado y desorientado. Algunos amigos intentaron ayudarlo, pero muchos observaban su deterioro sin comprender la gravedad de lo que ocurría. Finalmente, fue internado varias veces en hospitales psiquiátricos, entre ellos el Hospital Borda. Las condiciones eran durísimas.

La salud mental en la Argentina de principios de los setenta estaba marcada por prácticas violentas y deshumanizantes. Tanguito sufrió electroshocks, medicación pesada y encierros prolongados. Para alguien tan frágil y sensible, aquello resultó devastador.

Su muerte sigue envuelta en mitos y versiones. Lo que se sabe con certeza es que el 19 de mayo de 1972 escapó del Hospital Borda. Quería volver a Caseros. Algunas versiones sostienen que intentaba tomar un tren de la línea San Martín; otras afirman que caminaba por las vías completamente desorientado. La escena final ocurrió cerca del puente Pacífico, en Palermo. Un tren lo atropelló. Tenía 26 años.

Desde entonces, han surgido múltiples hipótesis: accidente, suicidio, relatos confusos sobre su estado esa noche. Lo cierto es que Tanguito llevaba meses profundamente deteriorado física y emocionalmente. Estaba exhausto, perdido y abandonado por gran parte del entorno que alguna vez celebró su sensibilidad.

Su muerte condensó el lado más oscuro del nacimiento del rock argentino: la falta de contención, la romantización de la autodestrucción y la fragilidad extrema de muchos artistas jóvenes. Y lo convirtió en mito. Llegaron las reediciones, los homenajes, los libros y finalmente la película “Tango feroz”, estrenada en 1993. Aunque el filme tomó enormes libertades y construyó una versión ficcionalizada de su vida, ayudó a instalar la figura de Tanguito en nuevas generaciones. De pronto, miles de jóvenes empezaron a preguntarse quién había sido realmente aquel muchacho triste de pelo largo. El problema es que el mito a menudo terminó tapando a la persona.

La madrugada en que escribió “La Balsa”, Tanguito imaginó una huida. “Me iré hacia la locura…”, decía la canción. Una balsa, quizás, para intentar sobrevivir al mundo.

Fuente: Infobae

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