Este martes, una nave espacial fue lanzada a la órbita terrestre como parte de un proyecto conjunto entre la Agencia Espacial Europea (ESA) y la Academia de Ciencias de China. Originalmente, el despegue estaba programado para el pasado 9 de abril, pero tuvo que ser retrasado debido a un inconveniente técnico.
El propósito central de esta misión es examinar cómo los cientos solares y las explosiones de plasma que emite el Sol afectan a nuestro planeta. Estos eventos, conocidos como tormentas solares, tienen el potencial de inutilizar satélites, representar un peligro para los astronautas y generar auroras tanto en el hemisferio norte como en el sur.
SMILE: Una ventana al clima espacial
La nave, denominada SMILE (acrónimo de Solar Wind Magnetosphere Ionosphere Link Explorer), tiene dimensiones similares a las de una furgoneta. Está equipada con instrumentos para llevar a cabo las primeras observaciones en rayos X del campo magnético terrestre. El lanzamiento se concretó a las 04:52 (hora española) desde el puerto espacial europeo de Kourou, situado en la Guayana Francesa. Menos de una hora después, SMILE se separó del cohete Vega-C a una altitud de 700 kilómetros e inició su travesía hacia una órbita elíptica que la llevará a miles de kilómetros de la superficie terrestre.
Al cruzar sobre el Polo Sur, la nave alcanzará una altitud de 5.000 kilómetros, lo que facilitará la transmisión de datos hacia la base de investigación Bernardo O’Higgins, localizada en la Antártida. Cuando pase sobre el Polo Norte, se situará a 121.000 kilómetros de la Tierra, una posición que, según la ESA, permitirá “observar las auroras boreales de forma continua durante 45 horas por primera vez”.
“Observar las auroras boreales de forma continua durante 45 horas por primera vez”
— Agencia Espacial Europea
El proyecto SMILE es fruto de la cooperación entre la ESA y la Academia de Ciencias de China. El gran desafío es entender el denominado “clima espacial”, concepto que abarca los efectos de las partículas cargadas que el Sol envía hacia la Tierra. En ocasiones, estas partículas viajan a velocidades cercanas a los dos millones de kilómetros por hora, impulsadas por erupciones de plasma conocidas como eyecciones de masa coronal. Al llegar a nuestro mundo, el campo magnético actúa como un escudo natural y desvía la mayoría de las partículas. Sin embargo, cuando la actividad solar es muy intensa, algunas partículas logran penetrar la atmósfera, pudiendo afectar infraestructuras como redes eléctricas o sistemas de comunicación.
Existen antecedentes históricos de estos fenómenos. Durante el Evento Carrington de 1859, la tormenta geomagnética más grande registrada, las auroras se observaron en latitudes tan sureñas como Panamá. En esa época, los operadores de telégrafo de diversas partes del mundo sufrieron descargas eléctricas que provocaron cortes, cortocircuitos y numerosos incendios. De haberse vivido una tormenta de tal magnitud en la actualidad, con la enorme dependencia tecnológica que existe, las consecuencias habrían sido aún más graves. Las tormentas solares también ponen en riesgo a los satélites en órbita y a las personas que se encuentran en estaciones espaciales.
SMILE tiene la tarea de detectar los rayos X que se generan cuando las partículas solares chocan con las moléculas de la atmósfera superior terrestre. La nave empezará a recolectar información apenas una hora después de haber llegado a su órbita. La misión está planificada para durar tres años, aunque no se descarta una extensión si los resultados obtenidos son favorables.
Fuente: Infobae