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Divulgación cultural: la revolución digital que conquistó las redes sociales

Cuando la historiadora del arte Sara Rubayo quedó embarazada, embarazada comenzó a sufrir insomnio y a pasar las noches mirando videos en YouTube. Era 2014, una época en la que los primeros youtubers en España ya habían demostrado que su trabajo en redes sociales podía ser una forma de vida. “Fue así hasta que un día me dije: ‘Bueno, sé que mi nicho no interesa a tanta gente, pero a mí me parece muy interesante y a alguien le podría gustar”, recuerda. “Algún friki habrá al que le interese Velázquez”.

Con esa idea, en el verano de 2015 nació el canal de La Gata Verde, uno de los primeros espacios digitales de divulgación artística en España. Hoy acumula, sin contar el resto de redes, más de 110.000 seguidores. “Aún así, yo no trabajo solo de redes sociales ni vivo de ellas. Las redes son un medio, y yo soy historiadora del arte e investigadora. Lo que YouTube, Instagram y otros espacios me permiten es dar a conocer lo que a mí me apasiona”. Tras Rubayo, llegarían muchos más divulgadores culturales, conformando una red de expertos en historia, arte, literatura, ciencia y videojuegos que hoy todos conocemos.

Para ella, las redes sociales cumplen el papel que antes estaba reservado a las pocas eminencias que aparecían en medios tradicionales. Además, el conocimiento se transmite en formatos nunca antes vistos: desde cirujanos transmitiendo operaciones en directo hasta cuentas anónimas que comparten versos de poetas del siglo XVI. “Casi nunca eres consciente de que al otro lado hay alguien que en el fondo te va a escuchar, pero luego llega un like, o una persona se toma el tiempo de escribirte y, joder, si eso no te llena la patata, estás muerto por dentro”, destaca Rubayo.

Sara Rubayo en uno de sus vídeos. (La Gata Verde / YouTube)

Los pioneros de la divulgación digital

“La divulgación ha existido desde que existen los medios para hacerla”, razona el historiador del arte y divulgador conocido como El Barroquista, Miguel Ángel Cajigal. “Pensemos en presentadores como Jacques Cousteau, Mary Beard, o en ejemplos españoles como Nieves Concostrina o Juan Eslava Galán. El perfil existía, pero era muy restringido, y las plataformas digitales han permitido un mayor volumen de profesionales que podemos contar directamente lo que hacemos”.

La catedrática de Periodismo y Comunicación Global de la Universidad Complutense, Violeta Izquierdo Expósito, señala como punto de inflexión la segunda mitad de la década de los 2000, cuando las redes dejaron de ser “meros espacios de socialización personal”. “Los primeros fueron periodistas culturales, artistas, gestores culturales, historiadores del arte jóvenes o usuarios autodidactas con gran capital cultural”. Todos querían compartir conocimientos con un público amplio a través de nuevos formatos, aunque tardaron en darse cuenta de que aquello podía ser una profesión.

La descripción se ajusta al caso de Néstor F. Marqués, creador de Antigua Roma al Día. Él, Rubayo y Cajigal se conocieron en persona hace tiempo y participaron juntos en el programa televisivo El condensador de Fluzo. Marqués comenzó su divulgación hace casi 15 años, cuando aún no había terminado la carrera de Historia. “No hay día en que no recuerde el momento en el que cambió mi vida por abrirme una cuenta de Twitter. Ese chaval que empezó no sabía nada, pero tenía mucha pasión y muchas ganas de seguir aprendiendo”.

Hoy acumula más de medio millón de seguidores entre todas sus redes. Esa influencia ha impulsado su labor más allá del mundo digital: ha publicado ocho libros sobre la antigua Roma, realiza recreaciones en 3D, conferencias, producciones audiovisuales y dirige la agencia de viajes Vía Épica. Sin embargo, advierte que “quien piense que el número de seguidores determina la calidad de un contenido no entiende cómo son las redes sociales” y que la labor de los divulgadores nunca termina.

Néstor F. Marqués, divulgador cultural. (Raúl Pacheco)

Algoritmos, velocidad y bulos desinformación

Con la llegada de estos divulgadores, se produjo un cambio decisivo: se creó un nuevo acceso al conocimiento, más allá del status quo de editoriales, medios o universidades, y se desarrolló un lenguaje adaptado a la brevedad, lo visual y los algoritmos. “El divulgador deja de ser solo un experto que explica para convertirse en un mediador cultural híbrido, que combina conocimiento, relato personal y habilidades comunicativas en un entorno de atención inestable”, analiza Izquierdo.

Tanto Marqués como Rubayo enfrentan otro reto fundamental: la desinformación. “Llevo muchos años combatiendo bulos”, dice el primero. “Por ejemplo, hay uno que se dice mucho: que los romanos solo bebían agua de acueductos, cuando durante siglos ni siquiera Roma tenía un solo acueducto. Para mí, lo más importante de la divulgación es la investigación que hay detrás, ese trabajo no visible pero esencial para que el contenido sea fiel a la verdad”.

Rubayo advierte que la desinformación no solo es cuestión de datos, y que “a veces se confunde el criterio personal con lo que es una fuente fehaciente. Eso se mezcla con que la gente a veces tiene una opinión un tanto extrema o poco fundada, lo que hace que algunos perfiles enganchen mucho precisamente por decir sandeces que la gente se traga dobladas”.

El problema es que el algoritmo potencia especialmente esas afirmaciones. “A día de hoy, después de diez años trabajando en redes sociales, sé perfectamente qué se va a viralizar y qué no”, afirma. “Si quieres que algo llegue muy lejos, solo tienes que mear fuera del tiesto hacer una afirmación tremendamente polémica, como que Picasso no sabía pintar o que la Gioconda es un cuadro de mierda. La gente, aunque sea por clickbait o curiosidad, entrará al trapo”.

Libros publicados por Miguel Ángel Cajal, Néstor F. Marqués y Sara Rubayo. (Montaje realizado por Infobae)

El desafío de empezar a divulgar

“Yo no me considero influencer. Solo soy una tía maja que hace vídeos”, dice Carmen Burné. Esta joven de 23 años empezó hace solo medio año a subir vídeos sobre libros, cine y videojuegos. En ese tiempo, ya supera los 50.000 seguidores. “No creo que esté teniendo el suficiente impacto como para considerarme nada, pero sí tengo una comunidad que se compra lo que recomiendo o se interesa por temas nuevos”.

A punto de graduarse en Periodismo y Comunicación Audiovisual, Burné comenzó a crear contenido al ver las puertas profesionales que podía abrirle. No es un perfil académico, sino que parte de sus gustos y de investigaciones con su formación periodística. La edición es clave para ella. “Empecé haciendo los vídeos tal y como yo los consumiría, y he ido encontrando mi estilo, aunque todo esté en constante transformación”.

Si Rubayo y Marqués descubrieron las posibilidades de las redes, Burné las adquirió de manera orgánica. Su generación creció rodeada de espacios digitales. Violeta Izquierdo, con su proyecto Artenea, ha trabajado la divulgación cultural con sus alumnos. “El alumnado maneja con gran soltura los lenguajes audiovisuales y digitales, pero tienden a reproducir fórmulas estéticas propias de las redes sin cuestionarlas”.

Burné es consciente de que “hay muchos divulgadores que no tienen ni idea de lo que están hablando”, pero cree que “eso es más responsabilidad del público que de ellos. Las redes sociales son un terreno libre en el que puedes hablar de lo que quieras, con respeto. Con que un divulgador hable bien y verifique sus fuentes, no hay intrusismo. Al fin y al cabo, las redes no son como un programa de televisión donde te pagan por lo que dices”.

La precariedad detrás de los ‘likes’

Un estudio de Influencer Marketing Hub indica que una sola publicación publicitaria en redes puede generar desde diez dólares hasta cuatro cifras. “Cristiano Ronaldo puede ganar más de 1,6 millones de dólares por una publicación en Instagram”, añaden. Pero la realidad de los divulgadores culturales es distinta. Izquierdo destaca la “precarización” del trabajo cultural digital: “Muchos operan en un entorno inestable, sin reconocimiento institucional y expuestos a desgaste emocional”.

Esa fue una razón clave para que Rubayo dejara su canal de YouTube. “Siempre he dicho que estuve cinco años de becaria de mí misma, echándole horas como una tonta a la manivela”. Cada video de 20 minutos implicaba “unas cuarenta horas no remuneradas”, sumado a su trabajo remunerado y su vida personal. “La investigación, el guion, grabar, las luces… Lo hacía todo sola. El pago máximo que he tenido de YouTube en un mes fueron 180 euros”.

La publicidad tampoco era una fuente de ingresos importante. “Se puede vivir de la publicidad, pero yo he hecho muy pocas campañas porque deben ir acordes a mis valores y temas”. Promocionar productos ajenos a su contenido puede ser “contraproducente” y provocar que la dejen de seguir. A Marqués le ocurre igual: gana “un total de 0 euros” con sus redes, salvo YouTube, donde recibe lo justo para pagar a un editor. “No estamos en el mundo del lifestyle o de los influencers que pueden hablar de sí mismos”.

Pese a todo, Marqués ha recibido beneficios “indirectamente”. “No son las redes las que traen el sueldo, sino que me han permitido llegar a un punto en el que puedo ganarme la vida con lo que hago”. Sus cuentas le han servido como altavoz para libros, cursos, viajes y otros proyectos que sí le reportan ingresos. Solo unos pocos divulgadores, con muchos más seguidores que él, pueden vivir realmente de las redes.

Imágenes del blog Artenea. (Artenea UCM / YouTube)

¿Los números importan?

“El número de seguidores sí importa”, afirma Burné. “Habla de la preparación del contenido y de la visibilidad. Eres mucho más libre con más seguidores, porque es muy difícil que se viralice un video de nicho si no tienes audiencia. A la mínima que te sigue gente, ya puedes hablar de eso”. Para ella, esa es una clave por la que muchos lo dejan: hay que “alimentar al algoritmo” para compatibilizar crecimiento y libertad creativa.

Marqués lo ve de manera opuesta: “Siempre he sentido que el número no lo es todo. Haría el mismo contenido si me leyeran diez personas que cien mil”. Cree que las redes han cambiado y ya no premian tanto a quienes tienen cientos de miles. “X tiene algoritmos rotos o que se rompen a propósito: la capacidad de llegar a la gente es más limitada que antes. Eso obliga a reflexionar sobre el papel de cada red social”.

Para Rubayo, las redes han cambiado a peor. “Tenemos un serio problema como humanidad: todo ha ido en detrimento de la atención. Te tiras tres horas haciendo scroll y no te acuerdas de nada. Yo no quiero contribuir a eso”. La divulgación implica una relación ética entre contenido y formato, ya que, como advierte Izquierdo, “la autoridad ya no se construye desde el saber, sino desde quien lo pone en escena”.

Los divulgadores han transformado para siempre las redes sociales. La académica señala la importancia de “reflexionar sobre su responsabilidad cultural y pedagógica”. “El problema es que, al otro lado de la pantalla, no siempre hay gente con criterio”, ríe Rubayo. “Por eso, seas experto o no, debes tener un mínimo de decencia con el contenido que creas. Tiene que haber alguien al mando, y en este caso, es siempre la persona que emite el mensaje”.

Fuente: Infobae

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