En el apacible pueblo de Bath, Michigan, a unos 16 kilómetros de Lansing, la vida transcurría sin mayores incidentes. El sheriff Robert Fox se enfrentaba a delitos menores, hasta que la mañana del miércoles 18 de mayo de 1927 todo cambió. La escuela local voló por los aires, la granja de Andrew Kehoe ardió y el mismo granjero apareció muerto en su camioneta. El balance fue devastador: 44 muertos —38 niños y 6 adultos— y 58 heridos. Al principio, los hechos parecían inconexos, pero al día siguiente Fox encontró un cartel de madera atado a un poste cerca de la casa incendiada. Decía:
“Los criminales se hacen, no nacen”

Andrew Kehoe, un granjero de unos cincuenta años, era conocido por su excentricidad: solía conducir su tractor con traje. Era respetado en la comunidad, provenía de una familia antigua de Bath y había sido electricista antes de dedicarse a la granja que heredó. Sentía orgullo por sus tierras y su trabajo.
Sin embargo, los últimos tiempos habían sido difíciles. Su esposa Nellie padecía tuberculosis y las cuentas médicas se acumulaban. Además, el municipio aumentó los impuestos para construir una nueva escuela, la Escuela Consolidada de Bath. Kehoe, que no tenía hijos, consideraba injusto tener que pagar por la educación de los demás. A esto se sumó su fracaso en las elecciones a secretario municipal y la amenaza de ejecución hipotecaria sobre su propiedad. Se sentía acorralado.
La “maldita escuela”
En 1924, las autoridades decidieron centralizar la educación en un único edificio moderno. Para financiarlo, subieron el impuesto territorial de 12,26 a 19,80 dólares por cada mil dólares de valor. Las tierras de Kehoe, valoradas en 10.000 dólares, implicaban un aumento que él no podía pagar. En ese mismo mes, el sheriff Fox le notificó que la viuda del tío de su esposa iniciaba la ejecución hipotecaria. Kehoe exclamó: “Si no fuera por ese impuesto escolar, podría haber pagado la hipoteca”. También dijo: “Si yo no puedo vivir en esta casa, no vivirá nadie acá”. Fox no le dio importancia entonces.

Dos años antes, Kehoe se postuló como tesorero de la junta escolar con la esperanza de controlar los gastos. Ofreció sus servicios gratuitos como electricista. Fue elegido, pero pronto chocó con el superintendente Emory Huyck, a quien acusaba de derrochar fondos. Huyck era un veterano de guerra y muy querido, y siempre ganaba las votaciones. Se convirtieron en enemigos irreconciliables.

Un plan y un asesinato
En junio de 1926, tras recibir la notificación de hipoteca, Kehoe comenzó a planear su venganza. Acumuló 450 kilos de dinamita y pirotol, explosivos que el gobierno entregaba a los granjeros para uso agrícola. Con su acceso a la escuela como electricista, colocó los explosivos en el sótano, conectados a un temporizador programado para las 8:45 del 18 de mayo de 1927.
Ese miércoles, antes del amanecer, Kehoe mató a su esposa Nellie de un golpe en la cabeza mientras desayunaba. Dejó su cuerpo en una carretilla en el gallinero. Luego revisó los explosivos en la granja, ató a los animales y, a las 8:30, detonó su propia casa y graneros, cumpliendo su promesa. Después, subió a su camioneta cargada de explosivos y se dirigió lentamente hacia la escuela. Él también iba a volar por los aires.

La gran explosión
Los bomberos de Bath se dirigían a la granja cuando escucharon la explosión de la escuela y regresaron. El ala norte se derrumbó por completo, pero el detonador del ala sur falló, salvando a casi un centenar de personas. En el edificio había 238 niños y unos 20 maestros. La maestra Bernice Sterling relató: “Fue como un terremoto… El aire parecía estar lleno de niños y de pupitres y de libros volando”. El vecino Robert Gates contó cómo las madres llegaban corriendo y, al ver los cuerpos, se desmayaban; cien hombres y casi cien mujeres trabajaron frenéticamente entre los escombros. Los heridos fueron trasladados a hospitales en Lansing.

El autor del atentado llegó casi al mismo tiempo que los bomberos, bajó de la camioneta y se quedó mirando la tragedia. Cuando vio a su enemigo Emory Huyck colaborando en el rescate, lo llamó con un gesto y detonó los explosivos que llevaba en la caja del vehículo. Los dos murieron al instante. La explosión causó daños adicionales e hirió a varias personas, entre ellas al cartero Glenn O. Smith, que perdió una pierna y falleció. Otra testigo, la señora de Eugene Hart, estaba sentada con sus hijos muertos y un niño pequeño que luego murió. Durante todo el día, cientos de personas trabajaron entre los escombros. Al final, el recuento fue de 38 niños y 6 adultos fallecidos y 58 heridos. Hasta ese momento, para todos, Andrew Kehoe era una víctima más. A nadie se le ocurrió que pudiera ser el autor del atentado.

El cartel revelador
Al día siguiente, el sheriff Fox buscó a la esposa de Kehoe en hospitales, sin éxito. Al volver a la granja, encontró el cuerpo carbonizado de Nellie en el gallinero, sobre la carretilla donde Kehoe la había dejado. Mientras caminaba por los alrededores, Fox encontró el cartel de madera con la frase: “Los criminales se hacen, no nacen”. Entonces comprendió la magnitud de la tragedia: un solo hombre, movido por la desesperación financiera y el odio, había perpetrado la peor masacre escolar en la historia de Estados Unidos hasta ese momento.
En los meses siguientes, la investigación confirmó los detalles. M.W. Keyes, miembro de la junta escolar, declaró a la prensa: “No caben dudas de que planeó volar la escuela el otoño pasado… Era un electricista experimentado y la junta lo contrató en noviembre para realizar algunas reparaciones en el sistema de iluminación. Tuvo entonces amplia oportunidad para colocar los explosivos y tender los cables para la detonación”.
Fuente: Infobae