La creencia generalizada de que la atención colectiva está en declive ha cobrado fuerza en la era digital, con notificaciones constantes y uso intensivo de pantallas. Sin embargo, estudios recientes mencionados por Scientific American ponen en duda si nuestra concentración realmente se ha deteriorado o si, más bien, son los hábitos digitales los que generan esa percepción.
Aunque es frecuente pensar que el tiempo de atención se reduce por la sobrecarga digital, la evidencia científica indica que la capacidad fundamental para concentrarse permanece intacta. Investigaciones entre 1990 y 2024 muestran que, al adaptar el entorno y modificar rutinas, podemos mejorar el enfoque sin un deterioro irreversible de las habilidades cognitivas.
Varios estudios reflejan una preocupación extendida. Una encuesta de 2021 en Reino Unido reveló que casi la mitad de los adultos percibe una reducción en su atención, mientras que dos tercios creen que los jóvenes tienen más dificultades para concentrarse.
Esta percepción ha llevado a clases más cortas y materiales fragmentados en escuelas, y también ha influido en el ámbito cultural, como la reducción de la duración de las charlas TED o la preferencia por fragmentos literarios en lugar de novelas completas.
Capacidad de concentración frente a hábitos atencionales
El debate sobre la “distracción digital” suele confundir dos conceptos: el potencial del cerebro para enfocarse —capacidad de concentración— y los hábitos de atención, que describen cómo usamos esa capacidad en la vida diaria.

La psicóloga Monica Rosenberg de la Universidad de Chicago destaca en Scientific American una brecha entre la percepción social y los resultados de experimentos controlados. Diferencia procesos clave: atención sostenida (permanecer en una tarea por largo tiempo), atención selectiva (priorizar información relevante) y control ejecutivo (orientar la atención hacia metas claras).
Las pruebas de laboratorio, como la tarea “d2”, miden la concentración sin estímulos externos, demostrando que los lapsos atencionales son naturales y que el rendimiento baja alrededor de los diez minutos, pero se recupera poco después.
Lo crucial es que los estudios citados por Scientific American no encuentran evidencia de que la capacidad atencional haya disminuido en las últimas décadas. Un metaanálisis de 2024, con más de 21.000 personas de 32 países, muestra estabilidad en niños y una ligera mejoría en adultos, desmintiendo la idea de una degradación de la concentración.
Impacto de los hábitos digitales en la atención
Sin embargo, fuera del laboratorio, el comportamiento real es diferente. La psicóloga Gloria Mark de la Universidad de California, Irvine, ha monitoreado el trabajo frente a pantallas por casi 20 años. Sus investigaciones revelan que en los años 2000, los empleados dedicaban cerca de dos minutos y medio a una tarea antes de cambiar, cifra que bajó a 75 segundos una década después y, en los años 2020, a unos 47 segundos.
Mark explica en Scientific American que estos cambios reflejan nuestra adaptación a la inmediatez tecnológica. Incluso sin estímulos externos, la auto-interrupción ha aumentado, consolidando un trabajo más fragmentado.
Advierte sobre el costo cognitivo de la multitarea: quienes alternan tareas rápido cometen más errores y tardan más en concluir trabajos simples.

Estos patrones no indican un límite biológico, sino dinámicas culturales y digitales. Como analiza Scientific American, el famoso “informe Microsoft” que compara nuestra atención con la de un pez dorado carece de respaldo experimental y solo refleja cambios de comportamiento, no de capacidad cognitiva.
Consecuencias en el cerebro y diferencias individuales
Los especialistas destacan que las diferencias no se deben a una “pérdida cerebral” universal, sino a particularidades anatómicas y funcionales. La neurocientífica Nilli Lavie del University College London estudió el vínculo entre el volumen de materia gris en la corteza frontal y las habilidades atencionales: quienes tienen más materia gris suelen obtener mejor desempeño en pruebas de concentración y filtrado de distracciones.
Estas correlaciones sugieren cierta relación entre estructura cerebral y rendimiento atencional. Sin embargo, Lavie precisa en Scientific American que no hay evidencia de una reducción generalizada de materia gris por uso de nuevas tecnologías.
Por otro lado, Rosenberg halló patrones de conectividad cerebral que predicen la atención sostenida y son consistentes entre grupos, independientemente de la exposición tecnológica.
Así, la diversidad en el desempeño atencional parece deberse tanto a factores innatos como a la experiencia personal, sin indicar un cambio biológico dramático en la población general.
Cómo recuperar el enfoque y fortalecer la atención

Desde la ciencia, varias estrategias probadas ofrecen ayuda. Reducir las distracciones externas —incluso la presencia del teléfono en silencio— mejora el rendimiento atencional. Expertos como Rosenberg sugieren aumentar la relevancia de las tareas con recompensas, metas claras o retroalimentación inmediata.
Técnicas como la atención plena ayudan a identificar cuándo la mente se dispersa y facilitan la reorientación. Breves descansos restauran la concentración, y los períodos de divagación mental pueden ser beneficiosos. Según el neurocientífico Michael Esterman, estos momentos favorecen la creatividad y la solución de problemas al integrar nuevas ideas.
El estado de ánimo, el estrés y la fatiga también influyen en la percepción de la atención. Los expertos citados por Scientific American destacan que identificar los propios patrones y modificar rutinas son recursos efectivos para quienes desean mejorar su enfoque.
La evidencia demuestra que la capacidad de concentración permanece sólida bajo las condiciones adecuadas. El verdadero desafío es decidir qué metas personales merecen centralidad en medio del bombardeo digital de nuestra época.
Fuente: Infobae