Lo que debía ser un momento mágico en una celebración nupcial se transformó en una pesadilla. Mientras los invitados brindaban y los novios alzaban la mirada al cielo, esperando ver un corazón dibujado con humo, nadie imaginó que el aeroclub de Villa General Belgrano, en Calamuchita, Córdoba, sería escenario de una tragedia.
El accidente ocurrió el 29 de octubre de 2021, cerca de las siete de la tarde. Fernando Endrigo había sido contratado para realizar una exhibición aérea durante la boda de su amigo. El plan era sencillo pero espectacular: dibujar un corazón en el cielo utilizando humo, una maniobra típica en festivales. Sin embargo, algo salió mal.
En medio de las acrobacias, el motor de la avioneta RANS S9 Chaos que pilotaba Fernando se detuvo repentinamente. La aeronave perdió sustentación y comenzó a caer sin control. Videos grabados por vecinos muestran el instante exacto en que el avión abandona el trazado y cae en picada sobre una calle del barrio.
Fernando no tuvo tiempo de reaccionar. En segundos, su vida cambió para siempre. “Antes de subirme a la avioneta, revisé todo, como hacía siempre, y nada hacía sospechar que el motor podía fallar”, contó Fernando, quien además es mecánico y armador de aviones.

“Ya en el aire, decidí buscar la zona menos poblada para hacer el aterrizaje. Lo más vacío que vi fue una calle. Después ya no recuerdo más”, admitió Fernando, quien habla lento y entrecortado por las secuelas. La avioneta impactó sobre una calle de tierra en una zona residencial. Parte de la estructura golpeó a una mujer y a su hija, que caminaban por la vereda. Ambas resultaron gravemente heridas y debieron ser operadas de urgencia. Hoy están fuera de peligro.
Fernando, en cambio, quedó atrapado entre los hierros de la avioneta. Fue rescatado y trasladado en estado crítico al hospital Eva Perón de Santa Rosa de Calamuchita. Los médicos fueron contundentes: “Se muere, se muere, se muere”, repetían al ver las lesiones gravísimas en la cabeza, traumatismos severos y una lesión medular irreversible.
Mientras tanto, en Buenos Aires, su madre, Mónica, descansaba tras un viaje de 4.000 kilómetros en auto. “De repente pegué un salto en la cama. Algo intuí. Sabía que algo andaba mal. Y pocos segundos después me llamó mi otro hijo para darme la noticia”, recordó.

Cinco horas después, Mónica y su esposo estaban en Córdoba. “Los médicos nos pidieron a los familiares que nos acercáramos y nos dieron un diagnóstico poco alentador: ‘Pasen a despedirse’, nos dijeron”, contó. Sin embargo, ella se aferró a la fe. Durante días, fue a la iglesia de los Capuchinos a pedir por su hijo.
Fernando permaneció en coma casi un mes. Luego fue trasladado a Buenos Aires, a la clínica Los Arcos. Allí ocurrió un pequeño milagro: abrió un ojo. Solo uno. Quienes lo visitaban veían un cuerpo inmóvil, pero con un ojo abierto que seguía a las personas. Era la única señal de vida consciente.
Con el tiempo, comenzó una lenta rehabilitación. Hubo pequeños avances, pero tras más de un año, la evolución se detuvo. Fernando quedó con hemiplejia severa, en silla de ruedas y con dificultades motoras y del habla que transformaron su vida por completo.

Hoy tiene 40 años y depende de otras personas para las tareas más básicas. Aquel hombre que vivía para volar ahora necesita asistencia permanente. Su familia se reorganizó: su padre, también piloto privado; su hermano Gustavo; y Mónica se volcaron a su recuperación. El accidente también afectó a su padre, diagnosticado con cáncer, y a Mónica, que sufrió una segunda aneurisma. “El cuerpo nos pasó factura”, reconoció.
La adaptación fue dolorosa. Cuando le dieron el alta, su casa en el barrio porteño de Villa Pueyrredón fue adaptada: baño modificado, silla de ruedas motorizada. “Por las noches ya puedo quedarme solo, pero durante el día necesito cuidadores”, relató.
Económicamente, la familia lo sostiene. Es socio de la empresa familiar, pero su hermano gestiona todo. Su madre insiste: “Estoy convencida de que él va a volver a ser el Fernando de antes”.
Antes del accidente, Fernando era considerado un piloto brillante. Obtuvo su licencia a los 16 años y se destacó como instructor de vuelo y piloto acrobático. Matías Arbotto, su mejor amigo, dijo: “No era chófer de nadie. Rechazaba las aerolíneas comerciales porque no soportaba que otros decidieran cuándo despegar o aterrizar”. Tenía su propio avión y un hangar en General Rodríguez donde armaba aeronaves.

En el barrio aeronáutico donde vive, las casas tienen hangar propio y salida a la pista. “Así era su vida antes: despertarse, abrir el hangar, subirse al avión y volar”, recordó su madre. Toda su identidad estaba ligada al aire.

“Todos los fines de semana me instalo en mi casa de General Rodríguez. Cada vez que veo despegar un avión digo: ‘Yo tendría que estar ahí arriba’. Pero a veces me angustio y lloro”, admitió Fernando.
Su amigo Matías señaló: “Todavía habla de aviones, de motores y maniobras aéreas. Cuando mira el cielo, ve la vida que perdió”.
Su rutina ahora incluye kinesiología, natación, terapia ocupacional, psiquiatría y seguimiento neurológico. A veces la fatiga pesa, pero entiende que es importante. “Hay días en que tengo que ir al médico y no me quiero levantar, pero después entiendo que es parte de mi rehabilitación”, dijo.
El avance más notorio fue cognitivo. Los médicos celebran que Fernando está al cien por cien a nivel cabeza, mientras que su pierna y brazo izquierdo responden lentamente. “Ayer movió la pierna izquierda para subirse al auto”, contó Mónica con orgullo.

La independencia total aún es lejana. Servirse un mate o escribir son logros. Su mano derecha responde bien, pero el resto lo entrena cada día.
Fernando volvió a subirse a un avión dos veces como copiloto y luego como piloto asistido. “Cuando el avión despegó y sonó el pitido del ángulo de ataque, no pude contener las lágrimas. Volver a ver la tierra desde arriba fue muy lindo”, contó. Voló hasta la Basílica de Luján y regresó al Aero Country Club de General Rodríguez.
Su pasión por la aviación llegó de la mano de su padre, aunque bromea que lo superó. Fundó una escuela de recuperación de maniobras anormales. “Siempre me gustaron los aviones pequeños, las acrobacias, el riesgo controlado y la docencia”, aclaró. Sueña con volver a enseñar y ayudar a otros: “Quiero enseñar a quienes tuvieron accidentes, compartir mi experiencia y demostrar que la recuperación es posible”.
Pero su objetivo principal es volver a caminar. Y cada día da un paso más.
Fuente: Infobae