“Este es un mensaje para mí. Hoy la vida no tiene sentido, me quiero morir. ¿Volveré a ver este mensaje?” es el texto que, flotando en una puerta del baño de mujeres de la Biblioteca del Congreso, despertó la curiosidad de la bibliotecaria Silvana Castro. En 2002, cuando Marta Dillon la entrevistó para Página/12, Castro ya llevaba un par de años recopilando los grafitis que las usuarias dejaban en los cubículos, esos espacios donde la intimidad se encuentra con lo público.
El análisis de ese mensaje revela un espacio de comunicación espontánea que ha existido durante siglos, en la frontera de lo público y lo privado. Es un sitio donde manda la fisiología y gobierna la intimidad, pero al que accede cualquier persona bajo el cobijo del anonimato. Dillon y su entrevistada intentaban descifrar el destino de la autora del mensaje desesperanzado.
“No es posible saber si eligió el silencio de su marcador azul conmovida por la cantidad de respuestas unidas por flechas a su mensaje —escribe Dillon—. ¿O será suyo ese ‘gracias’ que se pierde al final de la puerta, ahí donde las piernas dobladas suelen hacer equilibrio para que la ropa no toque el piso? Es mejor adivinar un final feliz para esa desesperación que se anotó en la pared descascarada y pringosa de un baño público, sería una manera de dar sentido a quienes se tomaron el trabajo de decirle (escribirle) a esa mujer anónima que la vida es bella, que el valor está en las pequeñas cosas, que ‘todas alguna vez nos sentimos así: no estás sola, querida’.”
Dillon se preguntaba: “¿A quién se le ocurre permanecer más de lo necesario en esos lugares que amenazan con bacterias, infecciones, líquidos ajenos, restos de la condición femenina? ¿Quién lleva el marcador preparado junto con los pañuelos de papel cuando va al baño?”. La respuesta de Castro es que, aunque pocos lo admitan, casi todos los baños públicos están escritos. “Funciona un poco como las elecciones: nadie lo eligió, pues allí está y es Gobierno”.
Las puertas de los cubículos funcionan como una suerte de ágora de la intimidad: espacios de nadie y de todos donde pueden expresarse sin miramientos ideas, deseos, dudas, confesiones, denuncias. Se produce el intercambio con otros o simplemente se busca, mediante una firma, una frase o el dibujo de un pene, dejar registro del paso. De que alguien es, está. No alcanza con ser y estar: queremos mostrar.

Latrinalia: una práctica remota con nombre propio
Utilizar las puertas y paredes de los baños como canales de comunicación y expresión no solo tiene orígenes remotos, sino también un nombre propio. “Latrinalia” es el término que acuñó en 1966 Alan Dundes, folclorista de la Universidad de California, Berkeley, en su ensayo Here I Sit — A Study of American Latrinalia (Aquí estoy sentado: un estudio de la latrinalia americana). La palabra combina “letrina” con el sufijo “alia”, que indica algo colectivo. La latrinalia abarca todos los tipos de expresiones —grafitis, frases, poesías, preguntas, diálogos, reflexiones introspectivas, pedidos de ayuda, consignas políticas, mensajes de amor, de despecho, contenido sexual, datos de contacto, humor, dibujos, conversaciones anónimas— que reinan en los baños.
Antepasado prehistórico y analógico de los muros de las redes sociales, un artículo de Chiara Wilkinson en The Guardian en 2023 señala que el comienzo de esta práctica se remonta a la antigua Roma. “Se descubrieron grafitis escatológicos en las letrinas de Pompeya” —escribe—, la ciudad romana destruida por el Vesubio en el año 79 d. C. “El poeta romano Marcial hizo referencia a la escritura en los baños en el siglo I d. C.”, reconociéndola como una forma literaria, aunque humilde, y aconsejaba a los lectores buscar a “un poeta borracho del oscuro arco que escribe versos con carbón tosco… que la gente lee cuando defeca”.

Material de academia y de diván
Aunque no se sepa exactamente a quién se le ocurrió por primera vez escribir en el baño, lo cierto es que la latrinalia es una práctica extendida a lo largo de la humanidad y persiste, a pesar de los muchos medios para canalizar ideas. Algo atractivo tiene el hormigón, la madera, el marcador, la presión de la mano real dejando huella. La psicóloga Micaela Cristoforo lleva años recopilando lo que las personas escriben en los baños, motivada por conocer las razones que llevan a escribir en esos lugares.
“Es un fenómeno interesante por la intimidad y a la vez la extimidad del espacio”, dice. Rastrea los orígenes: “En los comienzos de la civilización humana la escritura se plasmaba en las paredes. Desde los egipcios hasta los mayas, escribir ha sido fundamental. Eventualmente la escritura adoptó otros propósitos”. Ofrece otro término: “paisajes lingüísticos (PL)”, introducido por Landry y Bourhis en 1997, como el conjunto de signos lingüísticos visibles en el espacio público y privado. “Son expresiones lingüísticas que encontramos en un paisaje determinado. Suelen ser escritas, como publicidad, letreros, graffitis. Es un fenómeno dialógico, polisémico. Los paisajes lingüísticos se presentan como microdiscursos: mensajes breves que transmiten una idea, emoción o posición. Se llama ‘micro’ por su extensión, pero puede tener gran contenido simbólico, emocional o político”, aclara.
Los mensajes en los baños públicos son paisajes lingüísticos con microdiscursos que integran un campo de estudio propio. La psicóloga explica que a partir de esa definición “se consolida una línea de investigación en la sociolingüística urbana: los Estudios del Paisaje Lingüístico (EPL), que permiten analizar cómo los hablantes y las comunidades negocian, reinventan y construyen sus prácticas lingüísticas en relación con el espacio y el contexto histórico”.

Para su análisis, Cristoforo se basó en estudios previos, entre ellos un artículo de la doctora en Letras Daniela Soledad González, titulado “El paisaje lingüístico en los baños de mujeres de la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza – Argentina”, publicado en 2023 por la revista Entramados. En diálogo con Infobae (nota: eliminar referencia en reescritura), la académica dice que analizó los microdiscursos en los baños de mujeres de la universidad “porque veía todo el tiempo las inscripciones en las puertas, en las paredes y todas las intervenciones. Este sitio, si bien es público, es semiprivado, y por estar a solas las personas se animan a escribir ciertas expresiones que no dirían de otra manera. Entra en juego el factor anonimato que permite otro tipo de soltura”.
González explica que la latrinalia le llamaba la atención desde antes. “Había ciertos mensajes muy graciosos y ocurrentes”, pero su búsqueda se centró en “hacer una revisión general del tipo de interacción que planteaban todos los mensajes en su conjunto, ver qué primaba y qué podía encontrar de interesante”. “¿Qué encontré? En primer lugar, muchos estilos tipográficos: letras grandes, chicas, menos formales y más vulgares. A su vez, había diferencias en las funciones que los microdiscursos cumplían”. Realiza una distinción: “Hay lugares donde predominan los mensajes ‘top down’, de bajada de línea desde arriba (normativas o instrucciones), pero en este caso era particularmente productiva la forma ‘bottom up’, la que emerge de las personas que frecuentan ese ambiente. Eso marcó la originalidad del trabajo: entender el modo de pensar de las usuarias y comprender qué generaba la interacción, sobre todo los mensajes que iban respondiendo a otros”.
Cristoforo también habla de la diferencia entre mensajes “bottom-up” (de abajo hacia arriba) y “top-down” (de arriba hacia abajo). Los primeros son espontáneos, individuales, colectivos, hechos por personas comunes sin autorización oficial. Intervienen el espacio con intención de expresar, resistir, provocar, formas de apropiarse de lo no propio. Los segundos son oficiales, emitidos por instituciones, como carteles de “No fumar” o normas de higiene.

Motivaciones, diferencias de género e impacto
Con el bagaje teórico, Micaela Cristoforo fue al baño y analizó los mensajes según el género de los recintos e intentó dilucidar las motivaciones: “Los usos de estos suelen dividirse según el género y el contenido varía dependiendo de las construcciones sociales de lo que se supone que es ser hombre y mujer. Ambos escriben por igual. La diferencia está, tal vez, en qué escribe cada uno”.
Chiara Wilkinson, en The Guardian, coincide en que la mayoría de los estudios comparan los microdiscursos de hombres y mujeres, y afirma que “los garabatos en los baños de mujeres expresan más vulnerabilidad, hablan de relaciones y muestran más solidaridad, mientras que los hombres tienden a dibujar y escribir insultos”. “En su estudio de 2003 sobre 723 inscripciones de la biblioteca central de la Universidad de Otago en Nueva Zelanda, James A. Green escribió: ‘Las mujeres hablaban más sobre la imagen corporal que los hombres’. Ese mismo artículo afirmaba que los temas más frecuentes en los baños de hombres eran la política y los impuestos, mientras que las inscripciones en los baños de mujeres solían pedir consejos personales y discutían qué acto exacto constituye violación”.
“Ese espacio íntimo permite revelar algo del orden de lo no dicho —dice Cristoforo—. Surge una posibilidad para decir y para saber qué piensan otros. Se denuncian hechos políticos y sociales, se exponen secretos, se piden favores, se escriben poemas, frases, se declaran amor, se lamentan, se preguntan cosas, se responden, se escriben nombres, números, se insultan, se amenazan, se ofrecen, se demandan, se reclaman, se escribe. Una anónima catarsis colectiva. Un lugar pensado para la higiene personal se transforma en un lugar donde el pensamiento puede externalizarse. Se deja en las puertas algo momentáneamente estático que puede ser borrado todo el tiempo. Lo que circula son las personas. Lo que queda son las palabras”.
Otro aspecto importante: plasmar diferentes emociones y sentimientos de manera anónima, a modo de descarga, puede favorecer el estado anímico e incluso la salud mental y física. El baño público “ofrece un espacio seguro para explorar y procesar emociones difíciles, lo que puede llevar a transformar el dolor en alivio. Algunas investigaciones revelan que escribir sobre eventos significativos puede tener un impacto positivo en el sistema inmunológico, habiendo una conexión entre la escritura y la salud física”. En la misma línea, un estudio de 2023 afirma que “escribir es una herramienta para resolver problemas. La escritura sobre situaciones estresantes puede ayudar a identificar y comprender conflictos, evaluar posibles soluciones. Esta reflexión conduce a una nueva perspectiva y a nuevas herramientas, reduciendo el estrés inicial”.
Quizás eso le sucedió a la usuaria del baño de la Biblioteca del Congreso, la que no le encontraba sentido a la vida y fue contenida, anónimamente, por muchas otras.
“Como cadáveres exquisitos, las frases anónimas se completan con otras creando diálogos en los que Silvana Castro cree ver ‘la ambición borgeana de componer una literatura poblada de textos anónimos que sólo se produzca a través de sucesivas lecturas y donde todo autor sea necesariamente un lector’”, escribió Dillon.
La periodista Chiara Wilkinson cuenta que en Zimbabue, Jordania, Canadá, Cuba y China se realizaron estudios sobre latrinalia principalmente en baños universitarios, como lo hizo Daniela González en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo en 2022. “En cualquier época histórica existe la necesidad de dejar huella, de expresarse, y de sentir que la gente te escucha”, dice Richard Clay, profesor de Culturas digitales en la Universidad de Newcastle y autor del documental Una breve historia del grafiti.
“Jodie, de 25 años y originaria de Edimburgo, se topó con un grafiti en un cubículo mugriento durante una noche de fiesta en un bar de mala muerte en el este de Londres. Ahí, un interrogante la interpeló: ‘¿Lo estás pasando bien?’. Debajo, una columna de ‘Sí’ y otra de ‘No’. Y alrededor, una red de comentarios positivos. Cerca de veinte marcas escritas con diferentes colores de biromes o labiales completaban ambas columnas. ‘Durante toda la noche veías cómo se añadían diferentes marcas y te sentías parte de esa salida de una forma más amplia que la de estar con tus amigos’, le dijo Jodie. ‘Lo importante era que los comentarios eran muy variados, así que había mucha gente que había salido la misma noche, pero con experiencias diferentes. Te hacía percibir que cualquier sentimiento que tuvieras era válido’. Aquella noche Jodie regresó al baño, delineador de ojos en mano. ‘Marqué la columna del ‘Sí’, pero recuerdo haber pensado que había salido de fiesta en ocasiones en las que no lo había pasado tan bien, y ver esa columna (del ‘No’) me habría hecho sentir más feliz o menos sola’.”
Fuente: Infobae