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La dialéctica familiar de Guillermo Martínez en su nueva novela

Los orígenes de una vocación

En su hogar de la infancia en Bahía Blanca, Guillermo Martínez creció rodeado de libros. Su padre, Julio G. Martínez, era ingeniero agrónomo y escritor aficionado que los domingos les leía cuentos a sus hijos. “Mi papá tenía mucha formación política. Había sido católico pero cuando fue a estudiar a La Plata entró en esa especie de espiral de politización de los jóvenes de la época y fue un cuadro del Partido Comunista. Por eso en mi casa había toda una biblioteca marxista, además de la biblioteca literaria y de las dos bibliotecas de la literatura argentina: la de Sur y la del realismo social”, recuerda.

A la muerte de su padre en 2002, al revisar sus pertenencias, halló un tesoro: cuatro novelas, cinco obras de teatro y más de doscientos cuentos. En 2010 publicó todo en un libro recopilatorio titulado Un mito familiar (Planeta), con una introducción suya. Ahora vuelve la memoria a esa biblioteca: “En la adolescencia empecé a leer algo sobre marxismo y ahí habré conversado en algún momento con él sobre la dialéctica”. Su última novela, Un crimen dialéctico, lleva esta dedicatoria: “A mi padre Julio G. Martínez (1928-2002), que me habló por primera vez de la dialéctica”.

En Bahía Blanca obtuvo la licenciatura en Matemáticas. Mientras, como su padre, escribía de forma anónima hasta publicar su primer libro de cuentos, Infierno grande (1989), y su primera novela, Acerca de Roderer (1992), que fue elogiada. Para entonces ya residía en Buenos Aires. Desde entonces ha tejido una obra que construye historias como capas superpuestas, entre la mirada filosófica y la trama precisa. La dialéctica aparece en ese juego: “Hay una dicotomía falsa entre razón y pasión porque la razón tiene una intensidad que la vuelve una forma particular de pasión”, afirma.

La génesis de ‘Un crimen dialéctico’

Un crimen dialéctico comenzó hace tres años, en una butaca del Teatro San Martín, viendo una adaptación de Las manos sucias de Sartre. “Me retrotrajo a todo ese mundo de ideas, de debate, de dilemas éticos, de temores que conlleva la práctica revolucionaria. En la medida en que estás en un partido que es clandestino hay toda una serie de precauciones, paranoias, decisiones a tomar. Bueno, eso formaba parte de mi mundo de la adolescencia durante algún tiempo. Mi papá estuvo preso, estuvo amenazado por la Triple A. A mis dos padres los despidieron durante la dictadura y se quedaron sin trabajo. Creo que recobré algo de ese mundo en esta novela”.

La trama sigue a un científico y exmilitante revolucionario que debe ejecutar un asesinato durante la transición democrática para cambiar el equilibrio de poder, pero lo que parecía un plan sencillo termina en el torbellino de la contradicción humana. “No es lo mismo dar la vida que quitar una vida”, se lee en el libro. Para Martínez, este subrayado cobró actualidad en 2024, cuando Luigi Mangione asesinó al CEO de UnitedHealthcare Brian Thompson en un acto vindicativo. “Él tomó esa determinación. Si lo que protege al poder es el aparato represivo del Estado, entonces hay un momento en donde la violencia tiene que jugar algún tipo de papel”.

Reflexiona sobre el Chile de Salvador Allende: “Llegó el socialismo por las urnas e inmediatamente le armaron el golpe con las Fuerzas Armadas. Allende había llegado al gobierno, pero no al poder. Una cuestión es llegar al gobierno y otra cuestión es tomar el poder. En esa toma del poder hay un tipo de confrontación que no va a ser pacífica. Eso es lo que sostiene toda la teoría marxista. Por eso en la matriz del pensamiento marxista está la idea de la revolución, no está la idea de la evolución”. Ahora, en contraste, dice que “hay una banalización del daño tremendo que se le hace a la sociedad con tal o cual medida”.

“Ahora votan alegremente en Diputados o en Senadores —continúa— para arruinarle la vida a millones de discapacitados, a millones de jubilados, y mandar a la miseria a cantidad de personas. Y mientras tanto, ¿solo se puede ir a recibir palos a las manifestaciones? En los movimientos revolucionarios estaba claro que no se podía agachar la cabeza para recibir los palos. Cuán lejos parecen quedar las ideas de esa época. Federico Storani fue a Bahía Blanca a dar una charla siendo presidente de la Juventud Radical. Me acuerdo que dijo que la Franja Morada iba a aportar a una idea de socialismo. Mirá cómo retrocedió todo, mirá cómo viró la sociedad hacia la derecha”.

“¿Encima esperan que los aplaudan? ¿Qué quiere: ir al centro de discapacitados de Calamuchita y que los discapacitados lo aplaudan? ¿O al centro de jubilados y que los jubilados le aplaudan por pegarles todos los miércoles?”, dice Guillermo Martínez

Crítica al gobierno actual

“¿Encima esperan que los aplaudan?”, se pregunta Guillermo Martínez, entre irónico e indignado, refiriéndose a la inauguración de la Feria del Libro. El jueves 23 de abril subió al escenario el Secretario de Cultura de la Nación Leonardo Cifelli. Se acomodó los anteojos y empezó a leer. Primero habló de números, de anuncios de aumentos, de logros de gestión. Pero al mencionar a Javier Milei y a Karina Milei, comenzaron los silbidos y abucheos. Cifelli parecía esperar ese cruce, pues bajó sus anteojos e increpó al público.

“¿Qué quiere: ir al centro de discapacitados de Calamuchita y que los discapacitados lo aplaudan? ¿O al centro de jubilados y que los jubilados le aplaudan por pegarles todos los miércoles?”, retoma Martínez y cuenta: “Tengo un hermano discapacitado que se queda sin remedios”. “En la medida en que hacés política en contra de esos sectores esto va a ocurrir. Que siga yendo a la Sociedad Rural, donde los aplauden, a la cámara de grandes empresarios, al bridge del PRO. Ahí sí va a tener aplausos. Pero que no esperen ir a un lugar donde hay actores, profesores universitarios, escritores, todos sectores a los que castigaron, y encima que la gente se calle la boca”, arremete.

Martínez señala que Cifelli fue con un grupo que se fue ni bien terminó su discurso. “Habían llevado filas enteras de matones: toda una fila detrás de los escritores y dos filas adelante como para protegerlos físicamente”, asegura. Los abucheos y silbidos fueron “lo mínimo que pasó. Yo pensé que iba a ser una batahola, realmente”, agrega. Para él, ese apoyo masivo es una apariencia. “No creo que haya sido un modo un voto ideológico profundo. Pero lo votó toda una generación de chicos muy jóvenes. Yo espero lo que espero al menos es que ese voto sin sustento de pensamiento propio se revierta”, sostiene.

No es optimista con el devenir político de la Argentina, ni vislumbra un futuro prístino, pero guarda una secreta esperanza en “una nueva generación de jóvenes”. Si hubo obnubilación temprana, también puede haber crítica congruente, reflexión tardía: “Ya lo vimos al payaso, ya lo vimos haciendo sus payasadas. Ya vimos los sectores que arruinó. Espero que aquellos sectores que han sido arruinados, como los jubilados, los familiares de discapacitados, los sectores del arte, todos los universitarios, de los cuales hubo una parte que lo votó, ahora voten otra cosa”. “Eso lo único que espero —concluye—: cierta racionalidad, una defensiva en el voto”.

Fuente: Infobae

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