Desde los primeros meses de vida, la forma en que las personas pronuncian las palabras se convierte en un filtro social que determina quién pertenece al grupo y quién queda fuera. Diversas investigaciones, recogidas por el diario británico The Guardian, confirman que los acentos funcionan como marcadores instintivos de identidad y exclusión.
La lingüista y catedrática de la Universidad de Nevada, Valerie Fridland, señala que el habla actúa como un mecanismo temprano de clasificación social. Este proceso, en muchos casos inconsciente, puede derivar en discriminación lingüística en ámbitos tan diversos como el laboral, el educativo y el judicial.
Los acentos operan como insignias de identidad y pertenencia desde la niñez. Estudios recopilados en el libro de Fridland, y reseñados por el diario londinense, revelan que juzgar a otros por su manera de hablar es una práctica habitual que genera prejuicios y exclusión. Esto afecta tanto el trato cotidiano como las oportunidades profesionales y académicas de quienes poseen acentos alejados del estándar dominante.
Las investigaciones citadas por el medio destacan que la identificación de los acentos ocurre de manera automática y muy temprana: “Aprendemos a reconocer a quienes son como nosotros a través de su manera de hablar”, afirmó la autora.
Un estudio realizado con niños canadienses de entre cinco y seis años demostró que prefieren relacionarse con quienes comparten su propio acento, incluso en urbes con alta diversidad lingüística.
Otras investigaciones, publicadas en PubMed, indican que hacia el primer año de vida, los bebés ya distinguen los sonidos característicos de su entorno y responden únicamente a aquellos que forman parte de sus lenguas cotidianas. Así, desde edades tempranas, se consolida el sentido de pertenencia lingüística.
Discriminación lingüística y consecuencias sociales

El juicio basado en los acentos alimenta estereotipos vinculados a la clase social, la etnia o el origen regional, y se traduce en prácticas de discriminación lingüística de gran impacto.
Esta discriminación puede influir en procesos de selección laboral: un acento considerado “refinado” tiende a asociarse, de manera inconsciente, a mayor competencia profesional, según Fridland, quien destaca estos efectos en su análisis recogido por The Guardian.
En el ámbito judicial, los prejuicios hacia ciertos acentos inciden en la percepción de credibilidad de testigos y acusados. Fridland menciona el juicio a George Zimmerman en Estados Unidos, donde una testigo clave, Rachel Jeantel, hablaba con acento vernáculo afroamericano y fue “ampliamente descartada como incomprensible y poco creíble”.

Investigaciones recientes corroboran que, en el Reino Unido, quienes poseen acentos regionales o considerados de “clase trabajadora” suelen enfrentar sospechas y atribuciones de culpabilidad por parte de los jurados.
Estas actitudes, en su mayoría inconscientes, refuerzan barreras de exclusión social y laboral. Fridland resalta que hay un sólido cuerpo de estudios que demuestran cómo el acento puede afectar la valoración y las oportunidades de una persona.
El origen y la evolución de los acentos
El proceso de adquisición del lenguaje y la formación de los acentos empieza poco después del nacimiento y se fortalece en la infancia. Según Fridland, hacia el primer año, los bebés ya identifican los sonidos predominantes de los idiomas de su entorno.

No es hasta los cinco años cuando el acento personal aparece con claridad. En ese momento, los niños suelen privilegiar el lenguaje de sus compañeros sobre el de sus padres. Esta adaptación explica por qué los hijos de inmigrantes tienden a sonar como sus pares locales, a pesar de influencias familiares diferentes.
La evolución histórica condujo a grandes variaciones regionales: por ejemplo, el inglés americano es rótico, mientras que en muchas variantes del inglés británico se omiten las erres. Cambios sociales y migratorios, como los registrados en Londres en el siglo XIX, influyeron en la transformación de los patrones de pronunciación en diversos idiomas.
Modificar el acento en la adultez resulta complicado. Incluso al mudarse a otra región, las personas generalmente desarrollan un “dialecto mixto”, acercándose al nuevo entorno lingüístico sin igualar completamente sus normas. Los procesos de adaptación lingüística permiten cierta convergencia, pero no eliminan las marcas originales.

La dificultad para cambiar el acento propio afecta también el aprendizaje de nuevos idiomas y la integración en nuevas sociedades, consolidando el acento como un rasgo arraigado en la identidad individual y colectiva.
Claves para superar el prejuicio por el acento
Aunque la discriminación lingüística es común, existen estrategias para reducirla. Fridland y otros lingüistas indican que ser conscientes del “prejuicio de juzgar” a alguien por su acento puede mitigar estos sesgos. Sensibilizar a los empleadores sobre la importancia de valorar competencias reales más allá del modo de hablar es una forma efectiva de mejorar decisiones y promover la equidad.
En contextos judiciales, se propusieron instrucciones específicas para jurados con el fin de neutralizar percepciones inconscientes basadas en el acento. “La mayoría de las personas sinceramente quieren ser mejores oyentes”, sostuvo Fridland al diario británico The Guardian. Este enfoque requiere tanto educación como políticas activas que generen conciencia social y respeto por la diversidad lingüística.
Superar el prejuicio por la forma de hablar exige identificar y cuestionar los automatismos sociales que llevan a etiquetar, excluir o limitar oportunidades a partir de una simple variante de pronunciación.
Fuente: Infobae