La reciente postura de la UNESCO ha generado un intenso debate al cuestionar lo que, hasta hace poco, parecía una solución indiscutible: prohibir los teléfonos celulares en las escuelas quizás no es la respuesta definitiva que muchos esperaban.
De la prohibición a la reflexión
La autora del artículo original reconoce haber defendido en el pasado la restricción total de estos dispositivos en las aulas. «Sí, fui de las que dijeron ‘los celulares afuera’. Y, de hecho, lo sigo pensando, en parte», confiesa. Según su perspectiva, en numerosos contextos establecer un límite firme era —y continúa siendo— una medida necesaria, debido a que las aulas estaban «explotadas de distracción, hiperestimulación y chicos completamente absorbidos por un dispositivo que compite con cualquier docente».
No obstante, la reflexión va más allá: «A veces, cuando algo se desborda, hace falta mover el péndulo fuerte hacia el otro lado para recuperar equilibrio», explica, para luego advertir que «quizás el problema empieza cuando creemos que ahí termina la discusión».
La neurociencia y el cerebro adolescente
Uno de los argumentos centrales es que en ciertas edades, el uso del celular —y especialmente de las redes sociales— «sí deberían estar mucho más restringidos, e incluso prohibidos». La razón no es una visión tecnofóbica, sino el hecho de que «el cerebro infantil y adolescente todavía está en desarrollo».
La autora cita hallazgos de la neurociencia: «Durante la adolescencia, el sistema de recompensa dopaminérgico está hiperactivo, mientras que la corteza prefrontal —la parte encargada de regular impulsos, sostener atención y tomar decisiones— todavía está madurando». En palabras sencillas, es «mucho acelerador y poco freno». Y las plataformas digitales como TikTok e Instagram están diseñadas para explotar precisamente ese desequilibrio.
«No podemos caer en la ingenuidad de pensar que un chico de 10, 11 o 12 años tiene las herramientas para autorregular algo que incluso a los adultos nos cuesta manejar.»
La hipocresía adulta frente a la pantalla
El texto plantea una contradicción incómoda: «Los adultos que prohibimos celulares también vivimos hiperconectados. Revisamos WhatsApp en reuniones, respondemos mails durante la cena, sentimos ansiedad si dejamos el teléfono lejos unos minutos… y aun así pretendemos que los chicos gestionen perfectamente algo que nosotros mismos todavía estamos aprendiendo a regular».
Esta paradoja sugiere que la solución no puede ser únicamente restrictiva. «El verdadero desafío no es solamente sacar el celular del aula. Es entender qué tipo de vínculo estamos construyendo con la tecnología como sociedad», afirma. Y añade: «Los chicos van a vivir en un mundo hiperconectado. El desafío no puede ser solamente esconder el dispositivo. Tiene que ser enseñar a convivir con él sin convertirnos en esclavos de la hiperconexión».
Hacia una educación digital con criterio
Según el análisis, la autorregulación no se aprende en ausencia de estímulo, sino gradualmente. «Se aprende con límites, con conversaciones incómodas, con adultos presentes, con espacios donde el celular se guarda… y otros donde se usa con criterio», detalla.
La discusión, por tanto, no debería reducirse a una postura binaria. «O prohibimos todo o dejamos hacer cualquier cosa. Y probablemente ninguna de las dos posturas alcance», sentencia. La ironía es que, mientras se debate el uso infantil de pantallas, «los adultos tampoco estamos pudiendo sostener atención, presencia ni descanso mental».
La conclusión es un llamado a madurar el debate: pasar de «cómo controlamos el dispositivo» a «cómo reconstruimos una relación más sana con la atención, el tiempo y la presencia». Porque, tal como lo expresa el texto original, «la verdadera pregunta no sea si el celular entra o no al aula. Tal vez la verdadera pregunta sea cómo volvemos a enseñar —y a enseñarnos— a estar realmente presentes en un mundo diseñado para distraernos todo el tiempo». Y eso, claramente, no se resuelve solo prohibiendo.
Fuente: Infobae