En la soledad de una noche de mayo, Nancy Sinatra supo por teléfono que su padre había muerto. La información llegó tarde, cuando ya no había nada que hacer. Su madrastra, Barbara Blakely Marx, decidió no llamarla cuando la ambulancia trasladó al cantante al hospital. Tampoco lo hizo durante los 90 minutos en que los médicos lucharon por reanimarlo en el Cedars-Sinai Medical Center, un reconocido centro de salud en Los Ángeles. Cuando Nancy llegó al lugar, su padre yacía en una camilla, sin vida.
“No nos avisó que se estaba muriendo. No lo supimos hasta después de que ya estaba muerto, y vivíamos a cinco minutos del hospital”, declaró Nancy. “Esa noche me dije a mí misma: ‘Nunca más le voy a hablar’. Y así fue. Ni una palabra”, agregó.

El deceso ocurrió a las 22:50 del jueves 14 de mayo de 1998, hace 28 años, en la sala de emergencias del hospital a causa de un ataque cardíaco. Tenía 82 años. Su cuarta esposa, Bárbara, permaneció a su lado. Sus hijos, en cambio, no estuvieron presentes.
Esa noche, Bárbara había salido a cenar cuando la condición de Sinatra empeoró de repente. Lo llevaron al hospital cerca de las 21:00 y los médicos la contactaron de inmediato a ella. Las calles de Los Ángeles estaban desiertas porque se emitía el último episodio de Seinfeld, y millones de personas estaban en sus casas viendo el final de la serie. La ambulancia llegó en tiempo récord al Cedars-Sinai.
El mánager del artista, Tony Oppedisano, lo acompañó en los últimos instantes. Según relató al diario británico Mirror, “Sus dos médicos y varios técnicos lo rodeaban cuando entré. Me senté a su lado y le tomé la mano para intentar calmarlo. Después llegó su esposa Bárbara y le dijo que peleara. Él luchaba por hablar a causa de su respiración”. Sinatra los miró a ambos y pronunció sus últimas palabras: “Me estoy yendo”.

Oppedisano contó que Sinatra “no estaba en pánico, estaba resignado al hecho de que había dado todo de sí pero que no iba a salir adelante. Le dije que lo quería, pero esas fueron las últimas palabras que le escuché decir antes de que falleciera”.
El médico Rex Kennamer llamó a Tina Sinatra a las 23:10: “Tengo malas noticias, lo perdimos”. Tina preguntó: “¿A quién?”. “A tu padre. Lo siento”. Tina contactó a Nancy y en minutos ambas llegaron al nosocomio. Lo que vieron, Tina lo plasmó en sus memorias, My Father’s Daughter: “Mi padre estaba acostado de frente a nosotras, con los ojos cerrados y las manos sobre el pecho; estaba en una camilla baja, listo para ser llevado. Bárbara estaba sentada en una silla a su izquierda. Entramos al cubículo sin que nadie nos reconociera. Fui directamente hacia él y me arrodillé a su lado”. “Busqué miedo en su cara, pero no encontré ninguno. Su tensión y su tormento habían desaparecido. Cuando lo toqué, todavía estaba tibio. Por un instante, pensé que lo veía moverse”, escribió.
Los primeros reportes sobre esa noche indicaron que los hijos de Sinatra estaban en el hospital cuando él murió. Esa versión resultó falsa, y fueron las propias hijas quienes se encargaron de corregirla públicamente años después.

El 9 de mayo, cinco días antes de fallecer, Sinatra conversó con Tina sobre el nuevo milenio. Según recuerda en su libro, él le preguntó cuántos meses faltaban para el año 2000. Tina respondió que unos 18. “Ah, eso puedo aguantar. Ningún problema”, contestó él. Esa fue una de las últimas charlas entre padre e hija.
El ataque cardíaco del 14 de mayo de 1998 era el segundo grave que sufría. El primero ocurrió en enero de 1997, y desde entonces no había vuelto a aparecer en público. En sus últimos años también padeció problemas respiratorios, presión arterial alta, neumonía, cáncer de vejiga y demencia.
Apenas un mes antes de su muerte, en abril de 1998, Bárbara declaró al diario Las Vegas Sun que no existía motivo de preocupación: “Los rumores son una locura. No podés creerles. Está muy bien, está fuerte y caminando. Estamos disfrutando de los amigos”.

El deterioro de su salud era evidente desde hacía años. En sus últimas presentaciones, Sinatra necesitaba teleprompters para recordar las letras de canciones que había interpretado durante más de cincuenta años, y aun así a veces las olvidaba. Dejó la botella de Jack Daniel’s y los cigarrillos que lo acompañaron durante décadas, pero el cuerpo ya mostraba el costo de una vida intensa.
En marzo de 1994, durante un concierto en Richmond, Virginia, se desplomó mientras interpretaba “My Way”. Cuando los asistentes corrieron al escenario con un equipo de emergencia respiratoria, Sinatra los apartó de un manotazo y gritó: “Sacame esa maldita cosa de mi cara”.
Cuando la revista Time le preguntó ese mismo mes por qué seguía con ese ritmo de trabajo, respondió por fax, negándose a dar entrevistas personales: “Ustedes escriben para una revista. Yo hago giras. Es lo que hago. Lo que disfruto hacer”.

Paul Anka, autor de la letra de “My Way”, explicó que Sinatra seguía subiendo al escenario incluso cuando su cuerpo ya no lo acompañaba, y lo comparó con la necesidad imperiosa de seguir en el entretenimiento.
Hasta el final, las entradas para sus shows en Las Vegas costaban 500 dólares, a lo que había que agregarle una propina al que asignaba las mesas para conseguir un lugar decente. Las crónicas de aquellos últimos conciertos relataban que personas de 80 años que normalmente se acostaban a las 21:00 permanecían despiertas hasta las 2:00 de la madrugada para verlo y escucharlo cantar.
La última actuación de Sinatra tuvo lugar el 25 de febrero de 1995 en Palm Desert, en el salón de baile del Marriott, durante el final del torneo de golf Frank Sinatra Desert Classic. Solo interpretó seis canciones antes de retirarse. La última fue “The Best Is Yet to Come”. Tres años después esa frase terminaría tallada en su lápida.

Sinatra nació el 12 de diciembre de 1915 en Hoboken, Nueva Jersey. Empezó a tocar las puertas de la industria musical cuando era adolescente y, a los 27 años, en 1942, la Sinatramanía ya era un fenómeno masivo. Sus fanáticas adolescentes, conocidas como “bobby soxers”, lo rodeaban en los conciertos y provocaban escenas de histeria.
Según el periódico The New York Times, 30.000 de sus seguidoras se congregaron en Times Square frente al Paramount Theatre de Nueva York, donde Sinatra iba a actuar, en lo que se conoció como la manifestación del Día de la Raza.
Sus primeros pasos en la música los dio ganando 75 dólares por semana tocando con bandas. Décadas después, llegó a cobrar hasta 250.000 dólares semanales en un circuito de cabarets.

A lo largo de su carrera grabó 59 álbumes de estudio y cientos de discos simples. Ganó 11 premios Grammy, entre ellos el Grammy a la Trayectoria. También recibió la Medalla Presidencial de la Libertad y la Medalla de Oro del Congreso de los Estados Unidos.
En el cine, ganó el Oscar al Mejor Actor de Reparto por su papel en la película De aquí a la eternidad, estrenada en 1953. Su álbum Only the Lonely, de 1958, permaneció en las listas de éxitos durante más de 120 semanas. Sus discos Duets, grabados en los años 90 junto a artistas jóvenes, superaron los tres millones de copias vendidas.
El periodista y disc jockey Jonathan Schwartz, cuyo programa de radio en la emisora neoyorquina WQEW estaba dedicado extensamente a Sinatra, lo describió como un antagonista, un sensualista, un intérprete cuyas versiones confesionales revolucionaron la música popular.

El funeral se realizó el 20 de mayo de 1998, seis días después de la muerte, en la Iglesia del Buen Pastor en Beverly Hills. Fue una ceremonia privada.
En la iglesia se escucharon “In the Wee Small Hours”, “Moonlight in Vermont” y “Ave Maria”. Al final del servicio religioso sonó “Put Your Dreams Away”. Nancy lo explicó años después: “Cuando murió mi papá, no había otra opción cuando surgió la pregunta de qué canción de Frank debía sonar al final. Por supuesto que tenía que ser ‘Put Your Dreams Away’, y nadie pudo contener el llanto en la iglesia”.
Los discursos correspondieron a su hijo Frank Sinatra Jr. y a los actores Kirk Douglas, Gregory Peck y Robert Wagner.

La familia colocó en el ataúd los objetos que caracterizaban a Sinatra: un atado de cigarrillos Camel, una botella de Jack Daniel’s, un encendedor Zippo y Tootsie Rolls. Tina le puso en el bolsillo del saco con el que estaba vestido 10 monedas, porque él siempre andaba con cambio por si necesitaba hacer una llamada telefónica.
Lo enterraron en el Desert Memorial Park de Cathedral City, California. La lápida original decía “The Best Is Yet to Come” y “Amado esposo y padre”.

En 2020 alguien vandalizó la piedra y borró la palabra “esposo”. El responsable nunca fue identificado. La lápida fue reemplazada y la nueva dice simplemente: “Sleep Warm, Poppa”. En referencia a una canción que Sinatra cantó como nadie llamada “Sleep Warm”, que podría traducirse como “Duerme calentito”. En la lápida se sumó la palabra Poppa, la manera en que sus hijos llamaban a “La voz”.
La disputa familiar que comenzó esa noche en el Cedars-Sinai Medical Center no se cerró con el funeral ni con los años. Nancy fue la más explícita en sus declaraciones públicas sobre lo que Bárbara hizo, o no hizo, la noche en que su padre murió. Tina lo dejó escrito en su libro. Los informes que circularon en los primeros días, los que decían que los hijos estaban presentes cuando Sinatra dio su último aliento, resultaron ser una versión que ninguno de ellos reconoció como verdadera.

La última imagen que Tina guardó de su padre fue la de un hombre con los ojos cerrados y las manos sobre el pecho, todavía tibio, en una camilla de hospital.
Fuente: Infobae