La periodista Flavia Pittella sabía algo sobre lo que opina el escritor John M. Coetzee —Premio Nobel de Literatura 2003— respecto a las marcas de género en el idioma y los esfuerzos del lenguaje inclusivo por modificarlas. Pero no lo sabía todo.
Este martes, durante la presentación de Don de lenguas —obra escrita por el sudafricano junto a la argentina Mariana Dimópulos—, Pittella lanzó una pregunta cuya respuesta de Coetzee fue mucho más allá de lo esperado.
“John —dijo la periodista—, vos sugerís que el género gramatical podría codificar algo antiguo sobre cómo nuestros antepasados percibían el mundo como animado, sexuado, vivo, con fuerzas. Si eso es así, el proyecto actual de borrar el género del lenguaje equivaldría a una especie de amnesia voluntaria. ¿Quién decide lo que una lengua puede permitirse olvidar?”

Una pregunta provocadora: si las marcas de género —como que “Tierra” sea femenino y no masculino— están vinculadas a una cosmovisión, ¿quién determina que es momento de olvidar esa percepción? ¿O acaso ya es tiempo porque el pasado no debe condicionar el futuro? Además, en distintos idiomas la asignación de género varía…
Coetzee, quien creció en inglés —una lengua sin género—, respondió: “Aludes a la campaña, si podemos llamarla así, para limpiar el lenguaje y eliminar los aspectos innecesarios como el género. ¿Por qué debe haber género en el lenguaje? Esta cuestión ha desconcertado a los pensadores desde la antigua Grecia. La última vez que recibió una atención realmente seria por parte de los lingüistas fue hace tiempo, en el siglo XIX, cuando filólogos alemanes, influenciados por el Romanticismo alemán, argumentaron que el género en el lenguaje nos permite obtener percepciones únicas sobre cómo nuestros antepasados prehistóricos veían el mundo”.
¿Cómo vinculaban los lingüistas las marcas de género con esas percepciones ancestrales? Explicó Coetzee: “Decían que en el nacimiento de las culturas humanas, nuestros antepasados veían un mundo que, hasta su nivel más profundo, era un mundo sexuado. El hecho de que en algunos idiomas un elemento sea llamado masculino y en otro idioma se le llame femenino solo indica que en esos dos idiomas, en el pasado remoto, la gente veía estos elementos sexuados del mundo de manera diferente. Así que para estos estudiosos alemanes a los que me refiero, la asignación de género a los sustantivos, por ejemplo, no era un proceso arbitrario. Al contrario, reflejaba una visión del mundo profundamente arraigada que ha sobrevivido hasta hoy en estas formas de género que ahora consideramos innecesarias”.

Las palabras, por supuesto, no son neutras. Si en algún momento la percepción del mundo generó una palabra, hoy esa palabra también moldea nuestra forma de interpretar la realidad.
“Es interesante —dijo Coetzee— que cuando se hacen experimentos con hablantes en lenguas que tienen género, se les presenta un objeto que no han visto antes y se les pregunta: ‘¿Es masculino o femenino?’, la mayoría tiende a coincidir en que tal objeto es masculino y tal otro es femenino. No digo que sea una prueba sólida, pero sí indica que en algún lugar todavía hay una percepción del género, una especie de género sexuado en el fondo de la mente de las personas. Luego preguntas quién decide qué se borrará del lenguaje. Diría que eso realmente es una cuestión política. Si en algún momento, en el futuro remoto, el español pierde el género, será por una cuestión de quién tenga el poder para imponer eso y quién tenga el poder para resistirse… no podemos predecir estas cosas”.
¿Convención o cosmovisión?
Desde Berlín, donde reside, la coautora Mariana Dimópulos ofreció otra perspectiva. Pittella la interrogó: “Desde el punto de vista de una escritora y traductora principalmente al español, ¿cuál es tu mirada acerca de este punto? ¿Es el género solo gramatical, convencional?”
“Yo tengo una mirada muy de hablante de una lengua con género gramatical”, comenzó la escritora. “Y para mí que digamos ‘la mesa’ en lugar de ‘el mesa’ en castellano es puro convencionalismo”.
Dimópulos, también traductora, profundizó: “En términos puramente lingüísticos, a mi criterio no hay nada en la mesa o en la silla que las haga femeninas y que haga masculinos al estuche o al vaso”.
En cambio, señaló que para alguien como Coetzee —que creció en una lengua donde ese género casi no existe—, el tema podría ser un terreno fértil para examinar la antigua tesis de que las lenguas naturales determinan nuestra forma de entender el mundo.
En general, indicó, se han citado ejemplos clásicos: “¿Vemos nosotros distinto que un alemán a la Luna y al Sol, dado que un alemán diría el luna y la sol? Bueno, yo creo que no, pero hay gente que cree que sí”.
Finalmente, Dimópulos concluyó: “Más allá de la cuestión del convencionalismo o no, a mí me interesa pensarlo como una antiquísima pregunta en la Filosofía del Lenguaje que se mezcla con el problema de Babel, con el misterio de que la humanidad habla tantas lenguas. Se dice que hay entre seis mil y siete mil lenguas en el mundo. ¿Y qué significa eso para la humanidad como un todo cuando creemos que esa diferencia es capaz de transformar nuestra mirada sobre el mundo? ¿Nos podemos poner de acuerdo alguna vez si eso fuera verdad?”
Fuente: Infobae