La historia comenzó a finales de 1959, con una carta escrita por Lothar Hermann, un sobreviviente del campo de concentración de Dachau que vivía en Argentina y padecía una grave enfermedad ocular. En esa misiva, Hermann afirmaba que Adolf Eichmann, el arquitecto de la «solución final», residía bajo una identidad falsa en Vicente López, un suburbio de Buenos Aires. El sobreviviente, sin saberlo, era vecino de dos de los criminales de guerra más buscados: Josef Mengele y el propio Eichmann. Hermann vivía en la calle Entre Ríos, mientras que Eichmann habitaba en Chacabuco 241, a pocas cuadras de la Residencia Presidencial de Olivos. Mengele, por su parte, residía en la cortada Virrey Vértiz, la zona más residencial de Vicente López.
El descubrimiento de Hermann ocurrió casi por casualidad. A mediados de la década de 1950, su hija Silvia conoció en el Cine York a un joven llamado Klaus, de 17 años, que defendía con fervor la ideología nazi – algo común en la Argentina de entonces – y que, aunque decía ser hijo de un tal Ricardo Klement, se presentaba con el apellido Eichmann. Esto despertó las sospechas de Hermann.
Se trataba de uno de esos descuidos que cometen los criminales cuando creen que la impunidad es eterna. Eichmann ocultaba su identidad bajo el nombre de Ricardo Klement, gracias a un documento emitido por la Cruz Roja Internacional, con el respaldo de agentes del Vaticano y un visado argentino. Era parte de una compleja red internacional de protección de nazis tras la caída del Tercer Reich, en el contexto de la Guerra Fría. Muchos ex miembros de las SS colaboraron con los servicios de inteligencia de varios países. Sin embargo, su cobertura tenía un punto débil: sus hijos conservaban el apellido original.

Una vez que Hermann estuvo seguro, envió la carta fechada el 17 de octubre de 1959. «Es difícil saber por qué no cambiaron su nombre, pero creo que demuestra una falta de comprensión total sobre el funcionamiento de un sistema de inteligencia. Esto también dice mucho sobre la personalidad de Eichmann. La hija le contó a Hermann que tenía un amigo llamado Klaus Eichmann. Él empezó a indagar y llegó a la conclusión correcta. Sin decirle nada a su hija, escribió aquella carta. Lo que sucedió es que en 1954 Eichmann trajo a toda su familia a Argentina, pero su esposa Vera y sus hijos ingresaron con el apellido original Eichmann«, relató Rafi Eitan, el agente del Mossad que dirigió la operación de captura, en una entrevista publicada años después en un semanario de la comunidad judía de Buenos Aires.

Los cuatro más buscados
La carta de Hermann llegó pocos meses después de que el primer ministro israelí, David Ben Gurion, diera al Mossad una misión prioritaria. «Hacia 1958, Ben Gurion ordenó a Isser Harel, jefe del Mossad, traer a Israel a un criminal nazi. No mencionó a ninguno en particular. Harel debía elegir entre los que no habían sido juzgados en Núremberg. Tras consultar, seleccionó cuatro nombres: Martin Bormann, lugarteniente de Hitler; Heinrich Müller, jefe de la Gestapo; Josef Mengele, el médico de Auschwitz; y Adolf Eichmann, quien dirigió la logística del genocidio. Harel designó a cuatro personas para buscar a cada uno. A finales de 1959, había indicios de que Eichmann estaba en Argentina, y se encargó a Tzvi Aharoni localizarlo. Lo encontró en el barrio bonaerense de San Fernando, en la calle Garibaldi», explicó Eitan.
Estuvieron a punto de perderle la pista, porque Eichmann se había mudado de Vicente López a San Fernando. Con la identidad de Klement, trabajaba en una planta de Mercedes Benz. Una vez localizado nuevamente, el agente Tzivi Aharoni lo vigiló, le tomó fotografías y las envió a Israel a través de la embajada. Tras compararlas con fotos antiguas, el jefe del Mossad encargó a Rafi Eitan capturarlo y llevarlo a Israel para juzgarlo.
Para cumplir la orden, a principios de mayo de 1960, un comando del Mossad liderado por Eitan viajó a Buenos Aires. La operación estaba en marcha. «El plan era capturarlo, llevarlo a un lugar seguro, verificar si realmente era Eichmann. Si lo era, continuábamos; si no, lo liberábamos. Durante todo el operativo, no portábamos armas. Ni un solo revólver», contaría Eitan años después.

Capturado e interrogado
La noche del 11 de mayo de 1960, cuando Eichmann regresaba de su trabajo en Mercedes Benz, fue interceptado por el comando del Mossad cerca de su casa. Sin armas, lo obligaron a subir a un auto y lo llevaron a una casa segura para interrogarlo. Eitan recordó: «Cuando lo metimos al coche, yo iba sentado a la derecha en el asiento trasero y Tzvi Malhin al otro lado. La cabeza de Eichmann descansaba sobre mis piernas y sus rodillas sobre las de Malhin. Aharoni, que sabía alemán, le dijo: ‘Si valoras tu vida, no emitas ni un sonido’. Él respondió en alemán, primero en susurros. Ahí confirmé que hablaba alemán. Entonces le toqué el vientre, palpe su cicatriz de apendicitis que sabíamos que tenía, y no tuve dudas: era Eichmann».
Una vez en la casa segura, comenzaron los interrogatorios a cargo de Eitan. Fueron días de gran tensión, pues aún no tenían instrucciones precisas de Israel y lo que habían hecho era un delito, un secuestro por el que debían responder ante la justicia argentina si eran descubiertos.
-¿No sintió miedo al tener a Eichmann en sus manos? – le preguntaron a Eitan años después.
-Claro, pero cuando uno está en una misión, solo piensa en cumplir. En ese momento, uno quiere asegurarse de que todo salga bien; luego, después, se permite analizar todo – respondió.
-Y entonces, ¿cuál fue su conclusión?
-Que habíamos llevado a cabo uno de los operativos más significativos de la historia moderna de Israel.
Eichmann permaneció dos semanas en la casa de seguridad, mientras Eitan lo interrogaba y planeaba la «extracción».

La «salvación» de Mengele
Mientras tanto, surgió un problema complejo. El comando del Mossad no solo tenía secuestrado a Eichmann, sino que también sabía dónde vivía Josef Mengele, «El Ángel de la Muerte» de Auschwitz, otro de los cuatro criminales de la lista.
Esta parte de la historia se conoció recién en 2017, cuando Eitan – ya con 90 años – la contó en una entrevista con la radio estatal israelí: «Cuando capturamos a Eichmann, Mengele vivía en Buenos Aires. Hallamos su departamento y lo mantuvimos bajo vigilancia», relató.
Contó también que mientras su grupo tenía a Eichmann secuestrado, el jefe del Mossad, Isser Harel, le ordenó que también capturaran a Mengele, pero él se opuso rotundamente. «No quería realizar dos operaciones a la vez, porque ya habíamos tenido éxito en la primera, y según mi experiencia, si se intenta otra, se ponen ambas en peligro», explicó.
Finalmente, Eitan llegó a un acuerdo: mientras parte del grupo llevaba a Eichmann a Israel, él y otros agentes se quedarían en Buenos Aires para vigilar a Mengele y capturarlo en una segunda operación. Pero se les escapó. «Esperamos una semana, pero mientras tanto se anunció mundialmente la captura de Eichmann, y Mengele nunca volvió a su apartamento en Buenos Aires», recordó. El «Ángel de la Muerte» había huido a Paraguay.

Un «borracho» en un avión
El mayor desafío era sacar a Eichmann del país. No podían usar un vuelo comercial ni meterlo en un baúl, como en las películas de espionaje. Fue el jefe del Mossad, Isser Harel, quien tuvo la idea tras leer en un diario argentino que el 25 de mayo habría celebraciones por el sesquicentenario de la Revolución de Mayo. «Se le ocurrió que el Mossad alquilara un avión de El Al, pagara el vuelo de ida y vuelta, convenciera al director de El Al de decirle al canciller Abba Eban que la empresa quería hacer un vuelo experimental a Argentina para estudiar la viabilidad de la ruta, y que los festejos eran una buena oportunidad», recordó Eitan.
El plan era informar al gobierno argentino que llegaría una delegación israelí en un vuelo especial programado para coincidir con la fecha. Así, el avión estaría en una misión diplomática, exento de revisiones. «Esto solo lo sabíamos nosotros y tres o cuatro personas de El Al; el resto de la tripulación y pasajeros no tenían idea del plan», explicó el jefe del comando.
De todos modos, había que meter a Eichmann en el avión. La solución fue digna de una película. Los agentes lo vistieron con un uniforme de mecánico de El Al, lo sedaron y lo bañaron en whisky para que apestara a alcohol. Así, semiinconsciente, con una gorra de la aerolínea tapándole el rostro, lo llevaron al aeropuerto de Ezeiza.

El momento de mayor tensión fue al llegar al control militar de Ezeiza. Eitan lo contó así: «Los soldados argentinos dieron el alto al coche. En el asiento trasero, Eichmann roncaba. El auto olía como una destilería. ¡Ese fue el momento en que ganamos un Oscar para el Mossad! Hicimos de judíos borrachos que no soportaban el fuerte licor argentino. Los guardias se divirtieron y ni siquiera miraron a Eichmann». Superados los festejos, el vuelo despegó sin problemas, con el «arquitecto de la solución final» como pasajero forzoso.
«Llegará la hora en que me sigas»
En Israel, a Adolf Eichmann lo esperaban el juicio, los desgarradores testimonios de sobrevivientes de los campos de exterminio y la condena a muerte. El día fijado para la ejecución, Rafi Eitan quiso estar presente. Cuando Eichmann se dirigía a la horca, la noche del 1 de junio de 1962, aminoró el paso frente a Eitan y lo miró fijamente.
-Llegará la hora en que me sigas, judío – le dijo, desafiante.
-Pero no es hoy, Adolf. No es hoy – respondió Eitan, imperturbable.
A punto de morir, Eichmann concentró todo su odio en ese hombre, el agente del Mossad que lo había capturado en Buenos Aires.

Eitan lo vio alejarse hacia la muerte. Quería verlo morir, con el cuerpo colgando, balanceándose, porque esa escena representaba el fin de su misión, la más audaz de su vida. Vio a Eichmann subir al cadalso y rechazar la capucha que le ofrecía el verdugo Shalom Nagar. Lo oyó decir que no la necesitaba y pronunciar sus últimas palabras: «Dentro de muy poco, caballeros, volveremos a encontrarnos. Tal es el destino de todos los hombres. ¡Viva Alemania! ¡Viva Argentina! ¡Viva Austria! Estos son los países con los que más me identifico y nunca los olvidaré. Tuve que obedecer las reglas de la guerra y las de mi bandera. Estoy listo».
Rafi Eitan, siempre impasible, observó cómo el verdugo ataba los pies del reo, ajustaba la soga al cuello y accionaba la palanca que abría la trampa. Vio el cuerpo de Eichmann caer y agitarse, hasta quedar inmóvil. Más tarde, en un libro donde recordó la misión más resonante de su vida, escribió: «La trampa se abrió. Eichmann emitió un leve sonido de ahogo. Se percibió el olor de la defecación; luego, solo el sonido de la cuerda al estirarse. Un sonido muy satisfactorio».
Fuente: Infobae