“Y esa mujer que ustedes veían bailar con tanta versatilidad la música del Caribe y que hace percusión, es argentina. ¡Gala!”. Así presentó Ricardo Arjona a una de sus músicas durante el primero de sus 14 conciertos en Buenos Aires, tras una versión con aires de tango de “Mujer de lujo”. La ovación para Gala Celia fue la segunda más importante de la noche, solo superada por la del propio artista guatemalteco. Más tarde, en el cierre frenético de “Mujeres”, mientras repasaba a los integrantes de su banda, Arjona volvió a destacar a la joven: “En las percusiones, Gala, de Argentina”, exclamó antes de despedirse.
En esa muestra de diversidad musical que caracteriza a su grupo —con músicos de Cuba, México, Estados Unidos, Chile y Guatemala—, Arjona resaltó el origen de la percusionista, quien se ganó al público porteño. “Fue espectacular y me dio mucho orgullo”, confesó Gala al portal Teleshow, aún emocionada. Su historia entre dos países está marcada por el esfuerzo, el talento y las casualidades que la llevaron a un presente que ni ella imaginaba.
En su Mendoza natal, Gala se enamoró de la percusión casi sin darse cuenta. Entre la música mundial que sonaba en su hogar, sintió una conexión rítmica con un toque de rebeldía, en una región tradicionalmente vinculada a instrumentos armónicos. Influenciada por fenómenos como La Bomba de Tiempo, dirigió su atención a la música de África, Cuba y Latinoamérica, dejándose llevar por el ritmo.
Hoy forma parte de uno de los espectáculos más grandes de la región: integra la banda de Ricardo Arjona en la gira Lo que el Seco no dijo, que comenzó en octubre pasado en Guatemala, continúa en mayo con 14 presentaciones en el Movistar Arena y dos en Córdoba, y finalizará en diciembre en Ciudad de México. Su presencia en el escenario cobra cada vez más relevancia.
Para llegar a este punto, Gala se formó tanto en teoría como en práctica: estudió la licenciatura con especialización en percusión latinoamericana en la provincia cuyana y se sumergió en diversos proyectos, desde ritmos afro —su primer amor— hasta folklore argentino. Cuando sintió que el llamado del beat africano era definitivo, se mudó a Barcelona para acercarse al continente que la atraía.
Ese salto desde la cordillera hasta el Mediterráneo, hace cuatro años, fue determinante. “Iba a probar suerte, pero suerte mal. Ni papeles tenía en ese momento, había perdido mi nacionalidad española”, recordó. Su objetivo estaba claro: “Quería formarme en danza y percusión, porque también bailo danzas africanas. El motor principal fue África siempre”. Fue entonces cuando apareció Jorge Drexler: “Me invitó a participar de su proyecto y empecé a trabajar con él”.
Con el uruguayo giró durante un año, lo que le abrió puertas en Barcelona y Madrid. Luego vino Manuel Carrasco, un artista que llena estadios en España con su pop de aires flamencos. Mientras cumplía sus compromisos con el ex concursante de Operación Triunfo, comenzó a planear su siguiente paso, que llegó en octubre de 2025 con una propuesta que le cambió la vida.
—¿Cómo te llega la convocatoria para la gira de Ricardo Arjona?
—Me contactaron directamente. Estaban armando la banda y a Arjona le llegó mi perfil de Instagram que le compartió una persona que al día de hoy no sé quién es. Y a él le gustó. Lo loco es que con Drexler pasó igual. Instagram es el currículum perfecto. Yo no tenía idea de que en el mundo de Arjona podría entrar una percusionista.
—¿Te pidieron audición?
—No. Hablé con el mánager, que me mostró las condiciones, pero no me pidieron nada. Me acababa de mudar a Madrid, y me pidieron llegar al mes a Guatemala, donde conocí a toda la banda, lo conocí a Arjona sin haber hablado ni una palabra con él.
—¿Es muy distinto tocar para Drexler y para Arjona?
—En algún punto, sí. El impulso de Drexler es ir a lo corporal, a lo visceral. La percusión se vuelve de la sangre, del cuerpo. El mundo de Arjona es distinto conceptualmente, pero creo que ambos buscan llegar al mismo lugar por diferentes caminos.

Antes de unirse a Arjona, Gala terminaba la gira con Manuel Carrasco y sentía el vacío del después. “La gira te mantiene ocupado y cuando termina es como activar todo lo que dejaste en pausa”, aseguró. Tenía un disco solista en proceso, un departamento en Madrid casi sin habitar, y un contrato de dos años que la hizo dudar. “Le di un par de vueltas, porque Arjona es un artista bastante diferente a los que había trabajado antes”, recordó.
Al llegar a Guatemala, la banda ya tenía algunos ensayos. Allí conoció a sus compañeros y tuvo una reunión con Arjona y el mánager. “Queremos que propongas, te queremos ver al frente. Nos encanta la mujer con el tambor y la percusión. Queremos que nos propongas cosas todo el tiempo”, le dijeron. Y ella cumplió: “Empecé a buscar huecos y lo charlaba con el director musical y con Ricardo, que fue viendo cómo incorporar más la percusión. Fue genial, porque desde el comienzo estaban superabiertos”.
—¿Cómo es girar con la banda de Ricardo Arjona? ¿Es como un viaje de egresados, de trabajo o con amigos?
—Es todo eso a la vez. Llegar a Guatemala fue una locura: trabajar con grupos nuevos es como un Gran Hermano, sobre todo en gira. Estamos mucho tiempo juntos, en ensayos y el hotel. Lo musical es importante, pero también lo vincular, lo humano y lo social. Es muy divertido y muy intenso.
—¿Cómo armás el set de percusión para el escenario?
—Cuando aprendí el repertorio, había canciones que sabía lo que pedían: salsa requiere bongó y congas. Pero Arjona tiene mucha balada, con diferentes colores. Ahí entra mi subjetividad y lo que me sugiere el director. Siempre estuvo abierta la posibilidad de incorporar más instrumentos y moverme más en el escenario.

—En Buenos Aires noté que estás más al frente, no solo con la percusión sino también con la danza y la voz.
—A medida que crece el repertorio y nos conocemos, buscamos esos momentos. Todas las mujeres en escena nos vamos a un escenario más pequeño, y se armaron arreglos para que podamos cantar y bailar. Ellos sabían que yo bailaba, pero no habíamos encontrado el momento. Me dijeron “salí, bailá, no pasa nada, que lo sostengan desde otro lado”. Pude encontrar esos momentos para bailar y cantar, y está buenísimo porque hace el show muy dinámico.
Eso se nota en cada cita del tour. Más allá de Arjona como frontman magnético, los músicos tienen sus momentos para lucirse, junto con las visuales y pantallas. En el primer show en Argentina, Arjona presentó a Gala dos veces y ella recibió una ovación inolvidable.
—¿Qué sentiste en ese momento? El público te aplaudió mucho más que a tus compañeros…
—Fue espectacular. Más allá de la ovación, da mucho orgullo cómo aparece ese nacionalismo argentino que tenemos casi por default. La gente es muy fanática, o si no, igual está ahí dándolo todo. Se siente muy distinto a Estados Unidos. Esto lo dicen artistas de todo el mundo.

—En Estados Unidos el público es latino, inmigrante, que se junta para recordar su país. Siendo inmigrante, ¿sentís esa conexión?
—Sí, es muy emotivo. Veo cómo el repertorio toca fibras internas con las que empatizo siendo inmigrante. Apenas siento que he superado la depresión de haber migrado, que es algo normal pero que no sabía que me podía pasar. Entiendo perfectamente lo que siente la gente en canciones como “Mojado”, que habla de tener a la familia lejos. Yo lloro cada vez que la tocamos.
—¿Se mantiene tu objetivo de acercarte a la cultura afro o ha mutado?
—Va mutando, aunque permanece una esencia. Justo cuando me llegó la propuesta de Arjona, tenía un pasaje a Senegal para estudiar, y tuve que cancelarlo. Lo retomaré seguro, porque me inspira y me da herramientas para trabajar con Arjona, Drexler o quien sea, y para seguir haciendo mi música.
—¿Estás pensando en qué pasará cuando termine la gira?
—Intento estar en el presente y disfrutarlo. Pero estoy grabando un disco y me gustaría hacer más cosas con mi música. Quiero seguir creando mi propio universo musical.
Fuente: Infobae