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Dormir mal acelera el envejecimiento: el sueño como pilar de la longevidad

Durante mucho tiempo, el sueño fue considerado un aspecto secundario del bienestar. Las prioridades eran la alimentación, el ejercicio y evitar el tabaco, mientras que dormir podía sacrificarse por productividad. Sin embargo, la evidencia científica actual lo sitúa como un factor determinante para la salud y la longevidad.

Investigaciones epidemiológicas recientes, como las basadas en la base de datos UK Biobank, revelan que dormir menos de lo necesario se asocia con un aumento significativo del riesgo de mortalidad. De hecho, es un predictor más importante que la mala dieta o el sedentarismo, solo detrás del tabaquismo. En regiones con alta privación de sueño, la esperanza de vida es menor, incluso ajustando por otros factores.

Despertares frecuentes y horarios caóticos sabotean procesos esenciales de reparación en el organismo (Imagen Ilustrativa Infobae)

La cantidad ideal de sueño varía, pero los estudios meta-analíticos indican un rango óptimo entre 7 y 8 horas. Tanto dormir menos como más de 8 o 9 horas incrementa el riesgo de mortalidad, formando una curva en forma de «U». El exceso podría estar asociado a patologías subyacentes.

Un hallazgo clave es que la regularidad del sueño es más importante que la cantidad. Un estudio de cohorte mostró que mantener horarios estables reduce entre un 30% y 40% el riesgo de mortalidad, incluso con duraciones similares. Esto se relaciona con los cronotipos y los ritmos circadianos.

Los ritmos circadianos, o reloj interno, regulan funciones hormonales, metabólicas y cognitivas. Cuando se desorganizan por pantallas nocturnas, cambios de horario o trabajo por turnos, el impacto afecta múltiples sistemas del organismo.

Dormir menos de siete o más de nueve horas está asociado a un mayor riesgo de mortalidad, con una curva en U, de acuerdo con análisis de grandes bases de datos poblacionales
 (Imagen Ilustrativa Infobae)

Más allá de la mortalidad, el sueño influye en la longevidad. Estudios sugieren que un patrón saludable podría añadir entre 1.5 y 3 años de vida. Investigaciones en The Lancet muestran que la mala calidad del sueño produce un «brain age gap», una brecha entre la edad cerebral biológica y cronológica.

El vínculo entre sueño e inflamación es cada vez más claro. La alteración del sueño afecta el sistema glinfático, que limpia el cerebro durante la noche, aumentando el riesgo de deterioro cognitivo y neurodegeneración. Además, la inflamación promueve resistencia a la insulina, obesidad y riesgo cardiovascular. El envejecimiento a su vez deteriora el sueño, creando un círculo vicioso.

El hábito de dormir a tiempo puede ser la herramienta más simple y efectiva para prevenir el envejecimiento acelerado
 (Imagen Ilustrativa Infobae)

Dormir mal acelera el envejecimiento, y el envejecimiento deteriora el sueño.

En una sociedad hiperconectada, el sueño es el hábito más atacado. Pantallas, estímulos constantes y jornadas irregulares conspiran contra la regularidad biológica. Las redes sociales muestran actividad nocturna constante. La sociedad actual duerme menos, peor y de forma caótica, convirtiendo el sueño en un fenómeno cultural.

La conclusión es que dormir bien no es un lujo, sino una intervención profunda y accesible. No requiere procedimientos costosos, solo hábitos. Se trata de sostener un ritmo que el organismo necesita para funcionar, repararse y envejecer más lentamente.

En un mundo fragmentado, el sueño es uno de los últimos refugios, y quizás el más subestimado.

* El doctor Enrique De Rosa Alabaster se especializa en temas de salud mental. Es médico psiquiatra, neurólogo, sexólogo y médico legista

Fuente: Infobae

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