La mañana del martes 4 de mayo de 2004 amaneció templada y luminosa en Winnipeg, Canadá, pero no para David Reimer. Horas antes, había entrado a escondidas a la que hasta hacía dos días era su casa para llevarse una escopeta recortada que guardaba en el garaje. Luego condujo erráticamente por las calles de la ciudad. Cuando el sol todavía no estaba muy alto, detuvo el auto, tomó el arma del asiento del acompañante y se voló la cabeza de un disparo. Tenía 38 años y una vida marcada por una tragedia inaudita: nació hombre, fue criado como mujer y, al descubrirlo, decidió volver a ser hombre.
Ese disparo fatal puso fin al calvario de quien fue registrado como Bruce al nacer, creció como Brenda —sin que sus padres le revelaran su sexo original— y, al comprobar que el experimento para darle una vida feliz fracasaba, optó por llamarse David. Detrás de estos nombres se esconde una historia de mala praxis médica, manipulación psicológica y desprecio por la ética que devastó no solo su existencia, sino también la de su familia: su padre, su madre, su hermano gemelo y su esposa.

Gemelos con suerte opuesta
Ron y Janet Reimer fueron padres muy jóvenes y, para colmo, por partida doble. El 22 de agosto de 1965, Janet dio a luz a dos varones gemelos en un hospital de Winnipeg. Los llamaron Bruce y Brian, y eran tan idénticos que costaba diferenciarlos. Ambos nacieron sanos y con buen peso, pero a los ocho meses los padres notaron que tenían problemas para orinar. El diagnóstico fue fimosis, una condición en la que el prepucio no se retrae.
En esa época, la solución era quirúrgica: una circuncisión. Siguiendo el consejo del pediatra, los llevaron al hospital para la operación. Bruce fue el primero en entrar al quirófano. Era un procedimiento simple, de pocos minutos, pero algo salió terriblemente mal: el cirujano usó un electrocauterio en lugar de un bisturí, un método no recomendado para bebés. Durante la intervención, el equipo falló, la corriente eléctrica aumentó y el calor excesivo no solo destruyó el prepucio, sino que carbonizó gran parte del pene del niño.
—Cuando me lo dijeron, no podía comprender lo que escuchaba. Yo creía que iban a usar un cuchillo. No entendía por qué habían usado electricidad —recordaría después Janet. Conmocionados, los padres se negaron a que Brian pasara por el mismo procedimiento. Su fimosis se curaría más adelante sin cirugía.
A mediados de los años 60 no existían técnicas seguras para reconstruir el pene en bebés. Los médicos recomendaron esperar a que Bruce creciera y advirtieron que tendría serias dificultades para desarrollarse como varón. No hubo alternativas.

De Bruce a Brenda, el experimento de John Money
Ron y Janet no se rindieron y consultaron a varios especialistas en Canadá, pero siempre recibían la misma respuesta: no había manera de reconstruir el pene. En una de esas consultas, alguien les habló de John Money, un psicólogo y sexólogo neozelandés radicado en Estados Unidos, profesor en la Universidad Johns Hopkins de Baltimore.
Los padres leyeron sus trabajos sobre cambios de género y vieron una luz de esperanza. Money era polémico, pero había ganado fama con una teoría: sostenía que los niños nacían sin una identidad sexual definida y que esta se formaba en los primeros años según la crianza. Proponía el concepto de “rol de género” como una construcción cultural.
Janet llevó a Bruce a Baltimore para consultarlo. Tras escuchar el caso, Money aceptó hacerse cargo. Para él, era el experimento ideal: un niño varón que sería criado como mujer, con su propio grupo de control: su gemelo idéntico, que crecería como varón. Podría hacer todas las comparaciones que quisiera.

Money convenció a Janet de que su hijo sería más feliz como mujer que como un hombre sin pene. Para lograrlo, debían seguir sus instrucciones al pie de la letra. Poco antes de cumplir un año y medio, Bruce se convirtió en Brenda. Cuatro meses después, se realizó la castración para eliminar todo rastro del pene dañado.
Los padres aceptaron otra condición: nunca debían decirle a Brenda, ni a su hermano, que había nacido varón. La verdad se mantuvo en secreto. Para documentar el experimento sin revelar la identidad del paciente, Money lo bautizó como John/Joan.
En cada visita a Johns Hopkins, Brenda era sometida a evaluaciones psicológicas y observaciones de conducta, a veces junto a Brian, el sujeto de control. En casa, los Reimer seguían las indicaciones: vestían y peinaban a Brenda como niña, le regalaban muñecas y juegos de cocina, y la impulsaban a comportarse de manera femenina.
Sin embargo, Brenda rechazaba los vestidos y prefería los juguetes de su hermano. Money anotó en una evaluación que “la niña tiene muchas características de ‘marimacho’, abundante energía física y un alto nivel de actividad y rebeldía. A menudo domina en un grupo de niñas”.
A pesar de ello, en 1975, cuando los niños tenían 9 años, Money publicó un estudio donde calificaba el experimento como un éxito completo: “Nadie más sabe que Brenda es la niña cuyo caso están leyendo. Su conducta es tan normal como la de cualquier niña y difiere claramente de la forma masculina de su hermano. No hay ninguna señal que permita conjeturar lo contrario”.

La niña que no encajaba
Los problemas de Brenda con su feminidad impuesta se agravaron a los 13 años. En la escuela, sus compañeras la aislaban y se burlaban de ella. En casa sufría ataques de rabia y llanto, y mostraba incomodidad con su cuerpo. La distancia con Brian crecía por las constantes comparaciones. Pronto empezó a tener pensamientos suicidas. Por primera vez, Ron y Janet dudaron de que el plan de Money funcionara.
En lugar de revisar sus métodos, Money ordenó tratamientos con estrógenos para que Brenda desarrollara pechos y reforzara su apariencia femenina. Ella se negó a tomar la medicación y a someterse a más cirugías. El hogar se convirtió en un infierno. Brenda les gritaba a sus padres que no era una chica. Brian también sufría, harto de las comparaciones.
Janet y Ron tuvieron que admitir el fracaso. “Pude ver que Brenda no era feliz como niña. Era muy rebelde, muy masculina. Brenda casi no tuvo amigos durante su infancia. Todos se burlaban de ella y la llamaban la mujer cavernícola. Era una niña muy, muy sola”, recordaría Janet. Decidieron dejar de consultar a Money.

De Brenda a David
A los 14 años, Brenda escuchó la verdad de boca de sus padres, aconsejados por un psicólogo de Winnipeg. Le explicaron cómo su pene fue dañado por una mala praxis y que, siguiendo a Money, la criaron como niña creyendo que sería feliz.
Corría 1980 y Brenda reaccionó de inmediato: rechazó vivir como mujer, adoptó una identidad masculina y eligió el nombre de David. Inició tratamiento con testosterona para desarrollar caracteres masculinos, se sometió a una mastectomía y a cirugías reconstructivas para crear un nuevo pene. Por primera vez, pudo sentirse él mismo.
Logró llevar una vida normal de varón, aunque sabía que nunca tendría hijos. Conoció a Jane Fontaine, se casó y se convirtió en padrastro de sus tres hijos. Formó una familia y creyó que el calvario había terminado. Pero otro golpe lo esperaba.

El golpe final
A los 30 años, David descubrió que su historia se había convertido en un trabajo académico de Money, donde se detallaba su reasignación de género bajo el nombre de caso John/Joan. Se indignó al ver que se presentaba como un éxito en congresos médicos, como ejemplo para tratar hermafroditas y personas que perdieron el pene.
Decidió contar su verdad. Con la ayuda del sexólogo Milton Diamond, hizo pública su historia. En diciembre de 1997, una crónica de John Colapinto en Rolling Stone reveló sus padecimientos. Luego, Colapinto publicó el libro As Nature Made Him: The Boy Who Was Raised as a Girl.
Pero la indignación inicial derivó en una depresión profunda que quebró su matrimonio y su vida social. En 2002, su hermano Brian, atormentado por la culpa de no haber sido él quien perdió el pene, murió por una sobredosis. Su padre, Ron, cayó en el alcoholismo, y su madre, Janet, sufría constante depresión.
Golpeado por todos lados, David perdió su trabajo a fines de abril de 2004. El 2 de mayo, su esposa Jane le pidió el divorcio y que se fuera de casa. Dos días después, David Reimer se voló la cabeza de un escopetazo.
Fuente: Infobae