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‘El diablo viste de Prada 2’: una secuela forzada y aburrida

Hace exactamente dos décadas, cuando la fiebre de Sexo en Nueva York comenzaba a apagarse, llegó a las pantallas una cinta que se ganó un lugar en la memoria colectiva por su fusión entre la moda y la cultura popular. El diablo viste de Prada, ópera prima de David Frankel —quien había dirigido múltiples episodios de la serie de Sarah Jessica Parker—, nos transportó al interior de la revista Runway, un alter ego de Vogue.

Bajo el mando férreo de la tiránica Miranda Priestly (interpretada magistralmente por Meryl Streep, inspirada en la editora Anna Wintour), llegaba la joven asistente Andy (Anne Hathaway), quien debía aprender el oficio en una redacción donde la camaradería escaseaba, especialmente con Emily (Emily Blunt). Lo que hizo especial a esta película fue su capacidad para subvertir las reglas de la comedia romántica: aquí lo central no eran los amoríos de la protagonista, sino su crecimiento profesional en un entorno competitivo. Era una cinta fresca que navegaba entre la frivolidad y la crítica a ese mundo vacío de las apariencias.

Un intento de actualización

Ahora, los mismos creadores han querido recuperar ese espíritu dos décadas después, reuniendo al reparto original para adaptar la historia a los nuevos tiempos: crisis editorial, precariedad laboral, despidos, sueldos bajos, la caída del papel y el auge de la Inteligencia Artificial. Pero probablemente a los seguidores de la primera parte les importe menos eso y más el cuento de Cenicienta y la madrastra, y cómo el lujo y la ambición pueden crear monstruos. Temas universales que poco tienen que ver con las crisis actuales.

Además, estaban los looks, ese despliegue de ropa de marca que se volvió sello distintivo. Y, por supuesto, ver a Anne Hathaway pasar de patito feo a princesa con estilo. Todo lo que fue novedoso en la primera parte aquí resulta forzado y, sobre todo, aburrido, sin chispa, apático e indolente. Un verdadero rollo.

Meryl Streep y Anne Hathaway en 'El diablo viste de Prada', ellas muy cool, pero todo muy anodino.

La trama arranca con Andy recibiendo un premio por su sueño de ser periodista seria, pero justo entonces despiden a toda la plantilla y se queda sin empleo. Paralelamente, Runway enfrenta una crisis tras revelarse que Miranda apoyaba una marca con talleres clandestinos. Así que el CEO contrata a Andy para darle a la revista un valor editorial prestigioso. Lo que sigue es una copia de la película anterior, pero sin gracia. Miranda vuelve a despreciar a Andy hasta el cansancio, pero ella no se rinde y busca estrategias para validarse ante su jefa. Como antes, la protagonista demuestra que su independencia vale más que todo. Y además sabe jugar bien sus cartas, algo crucial en un mundo de depredadores, de supervivencia laboral.

Emily Blunt y Anne Hathaway en sus respectivos papeles en 'El diablo viste de Prada 2'. ¿Quién es la mala?

El guion está hecho con bastante desidia y resulta repetitivo hasta el hartazgo. Pero quizás lo peor sea ver al reparto en un estado catatónico, como si desearan que termine la pantomima para cobrar, irse a casa y olvidarlo. Todas actúan en piloto automático, excepto el siempre magnífico Stanley Tucci, quizás porque está acostumbrado a no ser estrella y acepta cualquier papel. Él es el alma subterránea de esta secuela anodina y ramplona que incluso se atreve a usar como villana a un personaje que no lo merece para dar una lección —que, por cierto, Miranda no recibe porque ¿quién se atrevería?

Autofagia cinematográfica

Por supuesto, no hay reflexión sobre la industria del lujo, porque las marcas sostienen la película. En la primera parte no había tanta exposición de las grandes casas de moda, ya que no se generó el producto en torno a eso, como sí ocurre aquí, resultando la exhibición aún más chabacana y obvia, dominada por la logomanía. ¿Cuánto habrá pagado Dior para ser buque insignia?

Anne Hathaway, ¿contenta? en 'El diablo viste de Prada 2'

Es paradójico que los ricos sean los malos, los inversores que solo quieren ganar dinero sin saber nada, mientras gastan fortunas en autos de lujo y ropa exclusiva. Todo es demasiado inocente si no fuera porque, en el fondo, se enmascara un sistema capitalista pernicioso. Aunque Andy diga que compró una chaqueta de Maison Margiela de segunda mano, esta segunda parte de El diablo viste de Prada es un saldo, aunque tenga mucho dinero.

Fuente: Infobae

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