Vivimos una contradicción fascinante: jamás habíamos tenido un acceso tan masivo a datos, pero quizá nunca fue tan complicado discernir lo que es real. Esta paradoja define los tiempos actuales. Las sociedades modernas no sufren solo por falta de información, sino por una saturación de versiones, relatos, emociones e imágenes que compiten por imponerse. La verdad ha dejado de ser un punto de encuentro colectivo para convertirse en un campo de batalla. Y a ese fenómeno se le conoce como posverdad.
La posverdad no equivale simplemente a una mentira. El engaño tradicional aún reconoce la existencia de una verdad que oculta. Quien miente sabe que está deformando algo real.
En cambio, la posverdad va más allá: altera la forma en que la sociedad se relaciona con la realidad misma. No se trata solo de afirmar algo falso, sino de generar un ambiente donde la diferencia entre verdad y falsedad parece irrelevante. Lo crucial ya no es si un hecho ocurrió, sino si resulta conveniente, emotivo o útil para la identidad política o emocional creer que sucedió.
El concepto ganó notoriedad mundial cuando Oxford lo nombró palabra del año en 2016, definiéndolo como una circunstancia en la que los hechos objetivos tienen menos influencia en la opinión pública que las emociones y las creencias personales. Sin embargo, su origen se remonta a 1992, cuando Steve Tesich lo usó en un ensayo titulado “A Government of Lies” publicado en The Nation. Allí mencionaba Watergate, el escándalo Irán-Contra y la Guerra del Golfo, criticando cómo la sociedad estadounidense parecía aceptar vivir en un mundo donde la verdad perdía relevancia.

Esa intuición hoy parece premonitoria. La posverdad no nació con las redes sociales, pero estas la convirtieron en un sistema. Antes, la propaganda requería instituciones sólidas: periódicos, radios, canales de TV, ministerios de información o agencias estatales. Hoy basta un video editado, una cuenta anónima, una imagen generada por inteligencia artificial, una frase fuera de contexto o una emoción colectiva lista para activarse. El problema no es solo que circulen falsedades, sino que lo hacen a una velocidad superior a nuestra capacidad para verificarlas.
Por eso la posverdad cobra protagonismo en un mundo plagado de conflictos bélicos, mediáticos y geopolíticos. Las guerras actuales no solo buscan conquistar territorios, sino también percepciones. En el siglo XXI, ningún conflicto importante existe solo en el plano militar. Todo conflicto tiene una segunda guerra: la guerra por la interpretación. ¿Quién es el agresor? ¿Quién la víctima? ¿Quién actúa en legítima defensa? ¿Quién representa la civilización, la democracia, la seguridad, la resistencia o el orden internacional?
El caso de China, Estados Unidos y Taiwán ilustra claramente esta nueva dimensión. Taiwán no es solo una isla estratégica; es también un escenario simbólico donde chocan modelos de poder, discursos sobre soberanía, democracia, reunificación, imperialismo y seguridad global. Para Washington, Taiwán suele presentarse como frontera de contención ante el ascenso chino. Para Pekín, es parte innegociable de su soberanía nacional. Para Taiwán, la cuestión implica supervivencia política, identidad democrática y derecho a decidir su propio destino.

Pero esa disputa no se limita a comunicados diplomáticos o maniobras militares.
También se libra en campañas digitales, medios estatales, narrativas internacionales y operaciones de influencia. Microsoft advirtió en 2024 que actores vinculados a China usaban cuentas falsas y contenido generado por inteligencia artificial para explotar divisiones políticas y moldear percepciones, incluso en procesos electorales. Informes sobre Taiwán también han señalado campañas de desinformación que buscan sembrar dudas sobre Estados Unidos, las capacidades militares taiwanesas y la legitimidad de sus liderazgos políticos.
Aquí surge una característica clave de la posverdad: no siempre intenta convencernos de una verdad alternativa completa. A veces solo busca generar sospecha. Su objetivo no es que todos crean lo mismo, sino que nadie pueda confiar en nada. Si la ciudadanía empieza a pensar que todos los medios mienten, que toda imagen puede ser falsa, que toda víctima puede estar fingiendo, que toda investigación tiene una agenda oculta y que toda fuente es propaganda, entonces la verdad pública se vuelve imposible. La posverdad no impone necesariamente una versión única; destruye la posibilidad de construir un criterio común.

Esto afecta directamente a América Latina. Nuestra región consume la disputa global desde una posición históricamente marcada por el intervencionismo, la dependencia económica, la desigualdad y la desconfianza hacia las élites políticas y mediáticas. Esa desconfianza tiene fundamentos reales. América Latina conoce demasiado bien las operaciones encubiertas, los golpes de Estado, la manipulación informativa, el racismo mediático y la doble moral de las grandes potencias.
En años recientes, la presencia mediática china en América Latina ha crecido mediante medios estatales, acuerdos de cooperación, contenidos en español y estrategias de diplomacia pública. Algunos análisis han señalado la expansión de canales y narrativas chinas dirigidas al público latinoamericano, especialmente en torno a la idea de China como socio económico, alternativa al orden occidental y actor responsable del desarrollo global. El problema no es que China comunique su visión del mundo; todos los Estados lo hacen. El problema es cuando el ciudadano latinoamericano recibe narrativas geopolíticas ya procesadas por intereses externos y las interpreta como si fueran información neutral.
Lo mismo ocurre con los medios occidentales. CNN, BBC, Fox News, The New York Times, The Washington Post o cadenas europeas tampoco hablan desde un vacío ideológico.

Sus coberturas se producen dentro de marcos políticos, culturales y económicos concretos.
Deciden qué conflictos reciben atención permanente y cuáles quedan relegados. Deciden qué víctimas tienen rostro y cuáles se reducen a una cifra. Deciden qué conceptos se repiten: terrorismo, defensa, invasión, crisis humanitaria, régimen, democracia, seguridad nacional.
Las palabras no son inocentes; organizan la percepción moral de los acontecimientos.
Gaza ha demostrado brutalmente esta crisis de la verdad. Allí no solo se disputa el territorio, sino también el lenguaje. ¿Se habla de guerra, ocupación, genocidio, terrorismo, autodefensa, castigo colectivo, daño colateral? Cada palabra abre un marco distinto de interpretación. Además, la muerte de periodistas y trabajadores de medios ha limitado dramáticamente la posibilidad de documentar lo que ocurre sobre el terreno. El Comité para la Protección de los Periodistas reportó que 2025 fue el año más letal registrado para periodistas, con una gran proporción de muertes vinculadas a Israel y Gaza. Cuando quienes documentan la realidad son asesinados, desplazados o silenciados, la verdad no desaparece, pero queda mutilada.

La posverdad también transforma al receptor. Ya no somos solo lectores o espectadores; somos participantes de la circulación informativa. Compartimos, comentamos, atacamos, defendemos, viralizamos. Cada usuario se convierte en pequeño editor de su propio universo ideológico. El algoritmo no nos muestra simplemente el mundo: nos devuelve una versión del mundo compatible con nuestros deseos, miedos y rabias. Así, la realidad se personaliza. Dos personas pueden vivir en la misma ciudad, hablar el mismo idioma y recibir diariamente mundos completamente distintos.
Por eso el relativismo social se vuelve uno de los grandes dilemas de nuestra época. Hemos aprendido —con razón— que la objetividad absoluta no existe, que todo discurso tiene una posición, que todo medio selecciona, que toda imagen encuadra y que todo relato implica poder. Pero de esa crítica necesaria hemos pasado, muchas veces, a una conclusión peligrosa: si todo está situado, entonces todo vale igual. Si todos tienen intereses, entonces nadie puede decir nada verdadero. Si toda verdad es una construcción, entonces cualquier construcción puede presentarse como verdad.

Ese salto es el corazón oscuro de la posverdad. La crítica al positivismo ingenuo no debería llevarnos al cinismo absoluto. Reconocer que la verdad está mediada no significa renunciar a buscarla. Al contrario: significa buscarla con más rigor. La objetividad ya no puede entenderse como una mirada pura desde ninguna parte, sino como una práctica ética: contrastar fuentes, revisar evidencias, distinguir hechos de interpretaciones, identificar intereses, escuchar a las víctimas, leer los silencios y aceptar que incluso las causas justas pueden producir propaganda.
Quizá por eso leer hoy se ha vuelto un acto político. Leer una noticia, mirar una imagen o escuchar un análisis exige más que consumo: exige sospecha, pero también método. No basta con desconfiar de los medios tradicionales; también hay que desconfiar de los medios alternativos, de los influencers, de los gobiernos, de las emociones propias y de las comunidades digitales que nos aplauden cuando pensamos igual que ellas.
La posverdad no significa que la verdad haya muerto. Significa que la verdad está más sola, más fragmentada y más difícil de defender. En un mundo donde la realidad también está en guerra, creer no puede ser un acto automático. Debe ser una responsabilidad. Porque cuando una sociedad pierde la capacidad de distinguir entre evidencia y deseo, entre crítica y conspiración, entre memoria y manipulación, no solo pierde información: pierde la posibilidad misma de comprender su tiempo.
Fuente: Infobae