Cada año, la presión sobre los océanos se intensifica, y el atún se ha convertido en un símbolo de este desafío global. Su pesca sustenta economías, garantiza la alimentación de comunidades costeras y refleja la compleja interacción entre el consumo humano y el equilibrio ecológico.
La demanda creciente, la sobreexplotación y los impactos del cambio climático ponen a prueba la capacidad de gobiernos y organismos internacionales para asegurar la sostenibilidad de una de las especies marinas más valiosas y amenazadas.
Proteger al atún implica adoptar medidas que cruzan fronteras y sectores. El Día Mundial del Atún, celebrado cada 2 de mayo, recuerda que el futuro de los océanos depende en gran parte de cómo se administre este recurso, fundamental para la salud ambiental y la economía global.
Un pilar económico y nutricional

De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), el atún es esencial para la nutrición de millones de personas y constituye un soporte económico para muchas naciones costeras. Su mercado mundial alcanza aproximadamente 40 mil millones de dólares anuales; en 2023, las capturas comerciales sumaron 5,2 millones de toneladas, equivalentes al 6,5% de todos los peces extraídos del mar.
El atún aporta Omega-3, minerales, proteínas y vitamina B12, lo que lo convierte en un alimento estratégico, sobre todo durante crisis alimentarias como la pandemia de COVID-19, cuando las ventas de pescado enlatado —mayoritariamente atún— se incrementaron notablemente, según el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF).

Más allá de su valor nutricional y económico, el atún es crucial para el equilibrio de los ecosistemas marinos. Como depredador tope, regula las poblaciones de peces más pequeños y contribuye a la salud del océano. Sin embargo, la creciente demanda mundial lo llevó a una situación crítica en el pasado. En 2011, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) clasificó siete de las 61 especies conocidas de atún en categorías de amenaza, con riesgo serio de extinción.
Avances en la gestión pesquera
La designación del Día Mundial del Atún por la Asamblea General de la ONU en 2016 marcó un punto de inflexión. A partir de entonces, las organizaciones internacionales implementaron medidas para revertir la sobrepesca y fomentar prácticas más responsables. En 2017, solo el 75% de las capturas de atún provenían de poblaciones no sobreexplotadas; hoy, el 99% de las capturas comerciales proceden de poblaciones evaluadas científicamente como biológicamente sostenibles.

Este éxito se debe a la coordinación entre gobiernos y las cinco Organizaciones Regionales de Ordenación Pesquera del Atún, que acordaron procedimientos de gestión basados en la ciencia y reforzaron la vigilancia y el control mediante tecnología y capacitación científica. Por ejemplo, el atún rojo del Atlántico, ausente durante décadas, ha regresado a zonas como el sur de Inglaterra e Irlanda.
La FAO impulsa el proyecto “Common Oceans Tuna”, cuyo objetivo es garantizar que todos los grandes bancos de atún se pesquen de forma sostenible para 2027. Este programa promueve la formación de pescadores y gestores, el uso de sistemas de monitoreo innovadores y la adopción de prácticas pesqueras más ecológicas. De las 23 poblaciones de atún reconocidas, solo dos enfrentan actualmente sobrepesca.
Desafíos ambientales y cooperación global
El panorama positivo exige mantener la vigilancia. El Acuerdo sobre la Diversidad Biológica Más Allá de la Jurisdicción Nacional (BBNJ), adoptado en 2023 y en vigor desde enero de 2026, refuerza la protección del océano frente a la contaminación y la pesca no sostenible. Este tratado introduce herramientas como áreas marinas protegidas y mecanismos de resolución de disputas, y obliga a evaluar los impactos ambientales de las actividades más allá de las jurisdicciones nacionales.

A pesar de los avances, persisten grandes retos. El cambio climático altera la reproducción del atún y lo desplaza hacia mar abierto, incrementando los costos de pesca y poniendo en riesgo los medios de vida de las comunidades costeras, especialmente en países en desarrollo.
El problema de la captura accidental de especies no objetivo —como aves marinas, tiburones y tortugas— sigue sin resolverse. La pesca ilegal, no declarada y no reglamentada (INDNR) representa otro desafío significativo, ya que dificulta la evaluación y gestión efectiva de las poblaciones de atún.
En este contexto, la cooperación internacional, la adopción de métodos de pesca responsables y la participación de los consumidores al elegir productos de origen sostenible resultan fundamentales para asegurar que el atún continúe siendo una fuente de alimento, empleo y equilibrio ecológico para las generaciones futuras.
Fuente: Infobae