Recorriendo los pasillos de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, una emoción especial me embarga, a pesar de tener el privilegio de visitarla antes de la apertura al público. Espero este evento con ansias, y noto que esa ilusión es compartida por muchos. Quizás sea el ruido y el olor a libro nuevo lo que despierta sensaciones positivas, ya estudiadas por diversas disciplinas.

Mientras camino de stand en stand por las calles del pabellón azul, verde, rojo y ocre, recuerdo a Irene Vallejo y su obra El infinito en un junco. Busco sus palabras:
“Somos los únicos animales que fabulan, que ahuyentan la oscuridad con cuentos, que gracias a los relatos aprenden a convivir con el caos, que avivan los rescoldos de las hogueras con el aire de las palabras, que recorren largas distancias para llevar sus historias a los extraños. Y cuando compartimos los mismos relatos, dejamos de ser extraños”.
Nos reunimos frente a la hoguera de la feria para ahuyentar no sé qué demonios y avivar el conjuro de la palabra, con promesas de placer, enseñanzas y nuevas perspectivas.
También somos esos libros, y por suerte, empezamos a liberarnos de la culpa de acumularlos sin leerlos, ahora legitimado bajo el nombre japonés tsundoku, popularizado por Taiki Raito Pym. Incluso existen espacios como el Tsundoku Art Book Fair en Dublín que celebran esta pasión disfuncional. Antes, Daniel Pennac nos alivió con un libro entero dedicado al derecho de dejar por la mitad un libro que no nos gusta, un alivio para los más estrictos.

Tener libros, juntarlos, amarlos y también detestarlos, que nos hablen en todos los idiomas, es una forma de ser. Es reconocernos en lo que elegimos guardar, en lo que dejamos para después, en ese exceso que no es solo acumulación sino deseo: deseo de saber, de imaginar, de no cerrar nunca del todo la experiencia de leer.
Mientras admiro las esplendorosas editoriales de libros infantiles, que son en sí mismas patios de juegos, recuerdo un dato que presenté ante el concurso de la defensoría de los derechos de niños, niñas y adolescentes de la nación.
En Argentina, el 32% de niños y niñas crecen sin narración oral. Nadie les lee en voz alta. Nadie les cuenta historias. Es tristísimo y, a la vez, un diagnóstico. Porque las palabras hacen mundo y crean subjetividades: tienen ese poder incalculable de abrir experiencia, de alojar lo que no tiene nombre, de construir un lugar desde donde existir.
La llamada “brecha de los 30 millones de palabras”, formulada a partir de los estudios de Hart y Risley, intentó nombrar esta desigualdad señalando la diferencia en la cantidad de lenguaje que los niños escuchan en sus primeros años: hacia los 3 o 4 años, los de hogares más favorecidos habrían estado expuestos a millones más de palabras que aquellos en contextos de pobreza. Ese estudio fue cuestionado años después por su sesgo racial y de clase, al invisibilizar otras formas de comunicación propias de los sectores populares.

Hoy sabemos que la brecha no describe solo un problema de cantidad de palabras, sino una desigualdad en las condiciones en que ese lenguaje circula. Es menos lingüística que social y simbólica: marca diferencias en el acceso a un mundo de palabras.
La desigualdad se vuelve, en el fondo, desigualdad en el acceso a la palabra: a la palabra como experiencia compartida, como vínculo, como posibilidad de construir subjetividad. En los primeros años de vida se construye la base de todo lo que vendrá. Esa construcción es biológica, relacional y simbólica, y depende de la calidad de los vínculos, de la presencia, del intercambio.
Los humanos somos lenguaje; sin él no podemos ni nombrarnos. Pensamos porque alguien nos deseó y habló antes. Hoy, esta brecha ya no es solo económica. El aumento del consumo de pantallas por parte de adultos y niños ha introducido una nueva forma de empobrecimiento: incluso en hogares con recursos, el tiempo para contar, leer, detenerse y escuchar se ve desplazado.

Los dispositivos interrumpen o directamente sustituyen ese intercambio donde la palabra se vuelve encuentro.
Leer en voz alta es una de las formas más completas de ese encuentro. Habilita escenarios imaginativos, organiza el lenguaje, la atención y la memoria, pero también el deseo. Los bebés perciben el idioma antes de poder hablar; sus cerebros se preparan meses antes de pronunciar sus primeras palabras. Ese esfuerzo hercúleo es sostenido por la voz del otro que les habla, que los espera deseante y los aplaude cuando dicen “pa-pa”, y se festeja con todo.
El llamado “maternés” o “paternés”, esa voz lenta, exagerada e intuitiva con que se habla a los bebés, tiene un efecto en cascada sobre el desarrollo, porque forma parte de la constitución subjetiva.

Cuando les leen, siempre hay que hacerlo de frente porque los bebés miran al narrador, buscan su rostro, y aunque quieran pasar la página o morder el libro, no es distracción ni falta de comprensión: es interés puro, es inmersión con la palabra. Aunque todavía no tengan palabras, quieren contar. Repiten, balbucean, inventan. Ser un sujeto hablante es una conquista que se sostiene en el deseo: el propio y el de ese otro que espera sus palabras.
La lectura compartida amplía el vocabulario, mejora la comprensión y las habilidades cognitivas, pero especialmente construye lazo y permite que las emociones encuentren un lugar, que la experiencia pueda ser narrada y apropiarse del mundo de manera singular. Por todo esto, se vuelve urgente defender la palabra. Así como hubo campañas para hablar más con los niños, como las de las 30 millones de palabras, quizás hoy tengamos que volver a insistir, pero recuperando el relato como derecho de la infancia.
En la provincia de Santa Fe y en Neuquén ya lo estamos haciendo con proyectos de ley que buscan declarar el 8 de agosto como el día de la imaginación y la Voz de la Infancia. Ojalá muchas otras localidades y provincias se sumen a esta iniciativa colectiva, para que leer, contar y narrar no sea un privilegio.
Fuente: Infobae