En las últimas dos décadas, vivir más años ha dejado de ser una excepción para convertirse en una tendencia global. Según la Organización Mundial de la Salud[1] la esperanza de vida ha aumentado en más de seis años, en gran parte gracias a avances científicos, nuevos tratamientos y mejores estrategias de prevención.
Este contexto marca el tono del Día Mundial de la Salud 2026, que bajo el lema “Juntos por la salud. Apoyemos la ciencia”, promovido por la Organización Mundial de la Salud[2], pone en relevancia la evidencia científica como una de las herramientas más poderosas para mejorar la vida de las personas. Entre 1990 y 2020, la innovación biofarmacéutica impulsó un aumento del 35% en la esperanza de vida en el mundo. Ecuador es el tercer país de Sudamérica con mayor expectativa de vida[3].
Hoy, los sistemas de salud enfrentan desafíos cada vez más complejos. Las enfermedades crónicas, el envejecimiento de la población y las emergencias sanitarias exigen respuestas más precisas, más rápidas y mejor sustentadas. Y es ahí donde la ciencia marca la diferencia para permitir diagnósticos más tempranos, tratamientos más efectivos y estrategias de prevención más acertadas.
“La ciencia es la base que permite transformar la salud en soluciones concretas para las personas. Detrás de cada avance hay años de investigación que se traducen en mejores formas de prevenir, diagnosticar y tratar enfermedades. Cada innovación abre nuevas oportunidades para mejorar los resultados en salud y responder de manera más precisa a lo que realmente necesitan los pacientes”, señala el Dr. Edwin Bucheli, gerente médico en Boehringer Ingelheim.
Detrás de cada innovación hay años de trabajo. A nivel global, la industria farmacéutica invierte miles de millones de dólares en investigación y desarrollo, en procesos que pueden tomar más de una década antes de convertirse en un tratamiento disponible. Este impulso se mantiene en crecimiento: solo en el segundo trimestre de 2024, la financiación en el sector biofarmacéutico alcanzó los 9.200 millones de dólares a través de 215 acuerdos, reflejando una creciente confianza en la innovación científica, según el Foro Económico Mundial.[4]
Este compromiso con la ciencia también se refleja en la inversión directa en áreas donde aún existen necesidades médicas no cubiertas. Ejemplo de ello, Boehringer Ingelheim, en 2025, invertimos 6.400 millones de euros para impulsar nuestra agenda de innovación, lo que representa el 22,9 % de nuestras ventas netas totales. El negocio de Salud Humana registró una proporción de inversión en I+D aún mayor, alcanzando el 27,4 %, manteniéndonos muy por encima del promedio de la industria.[5]
Asimismo, el desarrollo de nuevas moléculas es indispensable para atender necesidades médicas no cubiertas. Por ello, la compañía trabaja en áreas terapéuticas como enfermedades cardiovasculares y cerebrovasculares, respiratorias, oncología y condiciones cardiorrenales metabólicas.
Para Boehringer Ingelheim este tipo de esfuerzos también se extiende a una visión integral de la salud, que reconoce la conexión entre el bienestar humano y animal, así como los desafíos crecientes en el cuidado de mascotas y animales de producción, que requieren atención cada vez más especializada y sostenible.
En un escenario donde los retos en salud no dejan de evolucionar, apostar por la ciencia no es solo una decisión técnica, sino una necesidad. Es lo que permite anticiparse, innovar y, sobre todo, seguir mejorando la forma en que se cuida y se protege la vida.