En una de las derruidas paredes de hormigón que todavía se mantienen en pie en este islote, destaca un mensaje escrito con aerosol que reza:
“¿Cuántas décadas pueden haber pasado / desde que Hashima fue abandonada a la putrefacción, / al deterioro, a la ruina y a la desintegración? / La vida no volverá a esta isla”
. Esta frase resume el destino de Hashima, un enclave japonés situado a unos 20 kilómetros de Nagasaki. Conocida popularmente como la “Isla del Acorazado” por su silueta característica, este pequeño territorio de 400 metros de longitud por 150 de ancho ostentó durante años el récord de ser el punto con mayor densidad poblacional de la Tierra. Hoy, tras décadas de abandono, ha regresado a su estado original de aislamiento absoluto.
La crónica de Hashima es sombría, marcada por una explotación agresiva de los recursos y el sacrificio humano. A pesar de haber estado habitada por menos de un siglo, en ese periodo se llevó al límite la capacidad del territorio hasta dejarlo inerte. El último residente abandonó el lugar el 20 de abril de 1974, dejando tras de sí un cementerio de hormigón que nadie ha vuelto a colonizar.
El origen de un gigante minero
No existen evidencias de asentamientos en el islote hasta que, en 1887, la corporación Mitsubishi adquirió la propiedad. El objetivo era extraer carbón de una inmensa veta submarina localizada a unos 200 metros bajo el lecho marino, descubierta previamente por Koyama Hideuji. Para 1890, la empresa inició una explotación industrial masiva, alcanzando picos de extracción de 410.000 toneladas anuales. Debido al limitado espacio, las áreas planas se destinaron a la industria, mientras que la zona rocosa se pobló con un complejo laberinto de edificios de hormigón, patios y pasillos interconectados.

Crecimiento desmedido y hacinamiento
Para el año 1916, la actividad en la mina era frenética, produciendo 150.000 toneladas anuales y albergando a más de tres mil habitantes. Ante la falta de suelo, Mitsubishi levantó uno de los primeros edificios de departamentos de hormigón armado en Japón, diseñado para resistir el embate de los tifones y el mar. Estas viviendas eran extremadamente reducidas: cada familia disponía de apenas 9,9 metros cuadrados con una ventana y un pequeño vestíbulo.
Posteriormente, se construyó el complejo Nikkyu, una estructura de nueve niveles en forma de E que se posicionó como el edificio más alto del país en su momento. Hacia la década de 1930, el islote ya contaba con más de treinta grandes edificaciones, sobresaliendo una residencia exclusiva en la zona más alta para el gerente de la mina, quien disfrutaba de privilegios ajenos al resto de la población.
Mientras la gerencia vivía con holgura, los mineros enfrentaban condiciones extremas. Debían descender hasta un kilómetro bajo el nivel del mar para extraer mineral en galerías donde la temperatura superaba los 37 grados centígrados. Se estima que, para finales de los años 30, más de mil trabajadores habían perecido debido a derrumbes, inanición o enfermedades respiratorias crónicas causadas por los gases y el polvo de carbón.
En aquel entonces, el sitio era tristemente célebre bajo dos apelativos: “la isla sin verde”, dada la ausencia total de vegetación, y “la isla del infierno”, por el suplicio que representaba el trabajo diario.

Esclavitud en tiempos de guerra
La situación empeoró drásticamente con el estallido de la Segunda Guerra Mundial en 1940. El gobierno japonés demandó un incremento en la producción de energía, y ante la falta de mano de obra local, Hashima fue utilizada como un campo de trabajos forzados. Prisioneros de origen chino y coreano fueron obligados a extraer carbón en condiciones de esclavitud, recibiendo apenas el alimento necesario para no colapsar.
La mortalidad se disparó. A los riesgos mineros se sumaron ejecuciones de prisioneros y suicidios de aquellos que preferían lanzarse al mar desde los acantilados antes que seguir sufriendo. Los mineros japoneses, aunque en condiciones ligeramente mejores, también padecían jornadas agotadoras.
“Yo era uno de los ‘topos’. Extraje carbón y luego ayudé a desmenuzarlo para poder sacarlo de la isla. Era un trabajo agotador, así que gasté todo mi tiempo libre en tiempo para dormir. Prácticamente, viví una vida de prisión en Hashima. Me siento horrible y pesado cada vez que recuerdo la época en la que trabajaba en el fondo de las minas de carbón usando solo mi ropa interior”
Este testimonio de Tomoji Kobata refleja el trauma de quienes laboraron en las profundidades. Al finalizar la guerra, se iniciaron procesos por crímenes contra los derechos humanos cometidos en el islote.

El esplendor final y el abandono
Pese a su oscuro pasado, la isla vivió una era de prosperidad aparente en los años 50. La población llegó a rozar las seis mil personas en apenas seis hectáreas de terreno. Hashima se convirtió en una ciudad autosuficiente con hospital, escuela, cine, bares, restaurantes, un casino, una comisaría y hasta un prostíbulo. Sin embargo, el agotamiento de la veta de carbón y la transición global hacia el petróleo marcaron el fin del proyecto.
El cierre definitivo se comunicó oficialmente el 15 de enero de 1974. Los habitantes comenzaron un retiro apresurado que culminó el 20 de abril de ese año, dejando el lugar completamente vacío.
Un escenario para el fin del mundo
Tras la partida de los humanos, la naturaleza comenzó a reclamar su espacio, con plantas creciendo entre las grietas del cemento. Este entorno apocalíptico atrajo la atención de la cultura popular, siendo locación para la película de James Bond, Skyfall, y protagonista de documentales como Un mundo sin humanos (Life after people).
En 2002, la propiedad pasó de Mitsubishi a manos del municipio de Nagasaki. Desde el año 2009, se permite el acceso controlado a turistas, quienes pueden observar los restos de televisores de los años sesenta y juguetes abandonados que aún yacen entre los escombros de lo que alguna vez fue el lugar más congestionado del mundo.
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