En las últimas semanas, el mercado bursátil ha intentado ignorar la guerra en Irán. A pesar de los ciclos de escalada, las treguas temporales y las variaciones en los bloqueos internacionales —actualmente limitados a sanciones de Estados Unidos—, los inversionistas han mostrado una indiferencia notable. Esto ocurre incluso cuando los precios del petróleo crudo presentan una volatilidad diaria extrema y las redes de suministro globales muestran signos de fatiga.
La actitud predominante en los mercados financieros puede resumirse con la expresión
“encogerse de hombros”
. El fenómeno no responde a un vacío de datos; por el contrario, existe una saturación informativa alimentada por redes sociales y alertas constantes en dispositivos móviles. Recientemente, el concepto de
“Noticias de última hora”
parece enfocarse más en el sentido de
“las cosas se han roto”
que en la novedad informativa per se.
La comunidad inversora ha determinado que esta avalancha de datos no tiene relevancia inmediata, lo cual representa un riesgo sistémico. Para figuras como el presidente Trump, el desempeño de las acciones es una prioridad; si el mercado hubiera sufrido caídas severas, es probable que las tensiones bélicas se hubieran gestionado con mayor celeridad. No obstante, los mercados se limitan a seguir la premisa que han internalizado durante las últimas cuatro décadas:
“Siempre se guardará”
.
Actualmente, el mercado no está realizando una valoración de riesgo adecuada porque siente que no tiene la obligación de hacerlo. Existe una convicción generalizada de que el Gobierno estadounidense no permitirá un desplome definitivo, una creencia que pone en jaque la estabilidad económica global. Además, la nueva esperanza del sector —la inteligencia artificial (IA)— es sumamente sensible a los mismos peligros que los inversionistas están decidiendo omitir.

El legado del intervencionismo financiero
Esta mentalidad tiene raíces históricas profundas. Cuando Paul Volcker asumió el liderazgo de la Reserva Federal en 1979, utilizó las tasas de interés como una herramienta de choque, elevándolas por encima del 20%. Su objetivo era frenar la inflación, aunque esto implicara generar una recesión y un aumento del desempleo. Esta estrategia “salvó la economía destruyéndola”, estableciendo la idea de que la Reserva Federal tiene el poder y el deber de moldear el entorno económico.
Posteriormente, Alan Greenspan reforzó esta lección pero desde una perspectiva de rescate. Tras el colapso del Lunes Negro en octubre de 1987, Greenspan inyectó liquidez masiva y recortó los tipos de interés. Este acto dio origen a un patrón de comportamiento: ante cualquier crisis, como el colapso de Long-Term Capital Management o el fin de la era punto-com en los 90, la Reserva Federal intervino para sostener los precios.
Este fenómeno se conoció extraoficialmente como la
“opción Greenspan”
, un pacto tácito donde se asumía que la política monetaria se flexibilizaría si los activos caían demasiado. Aunque fue una medida necesaria en varios momentos, terminó creando un reflejo de dependencia en los mercados financieros.

De la flexibilización al “berrinche” del mercado
Durante la crisis financiera de 2008, Ben Bernanke llevó las tasas a niveles cercanos a cero e inició tres etapas de flexibilización cuantitativa. El banco central destinó billones de dólares a la compra de activos, convirtiéndose en un actor directo del mercado. Los inversionistas comenzaron a exigir este nivel de protección, llegando incluso a protagonizar lo que se denominó el
“berrinche de la reducción de estímulos”
en 2013, cuando se insinuó una disminución en la compra de bonos.
La llegada de la COVID-19 extremó esta tendencia. El Congreso y la Reserva Federal coordinaron ayudas fiscales y monetarias por billones de dólares en un tiempo récord. Como resultado, la bolsa alcanzó hitos históricos apenas meses después de enfrentar la peor crisis desde la Gran Depresión. El mensaje para el mercado fue claro: ante la adversidad, la estrategia ganadora es “comprar en la caída”.
Sin embargo, la infraestructura de rescate está agotada. La Reserva Federal está atrapada. Con una inflación persistente, recortar las tasas podría agravar la crisis, invalidando la antigua opción de Greenspan. La política fiscal también enfrenta barreras críticas debido a los altos niveles de deuda pública en Estados Unidos, mientras que el dólar como moneda de reserva mundial empieza a presentar fisuras ante el escepticismo de los acreedores extranjeros.
Ante este escenario surge el concepto TACO, siglas de
“Trump Always Chickens Out”
(Trump siempre se acobarda). Es una táctica de gestión narrativa donde cualquier anuncio de tregua arancelaria o acuerdo filtrado impulsa las acciones, transformando la crisis en un contenido de consumo transaccional. No obstante, la narrativa no soluciona problemas estructurales como la deuda, la producción petrolera o la logística de suministros.

La apuesta total por la Inteligencia Artificial
Si se analiza adónde va el dinero, el único respaldo real es la inteligencia artificial. Las llamadas Siete Magníficas (Alphabet, Amazon, Apple, Meta, Microsoft, Nvidia y Tesla) concentran hoy más del 30% del S&P 500, una cifra muy superior al 12% de hace una década.
Se estima que para el año 2026, las cuatro grandes firmas de hiperescala —Alphabet, Microsoft, Meta y Amazon— invertirán cerca de 700.000 millones de dólares en infraestructura para IA, un incremento del 60% respecto al año previo. Esta inversión es tan agresiva que compromete seriamente sus reservas de capital bajo la premisa de que la IA generará la productividad necesaria para compensar cualquier recesión futura.

Existe una creencia subyacente de que, si esta industria falla, el Estado intervendrá, pasando del concepto de
“la Reserva Federal rescatará a los bancos”
al de
“el gobierno rescatará a la IA”
. Sin embargo, la IA no está a salvo de los riesgos que el mercado ignora; de hecho, está muy expuesta a ellos.
- Consumo energético: En Virginia, los centros de datos ya utilizan el 26% de la electricidad estatal. A nivel nacional, se espera que el consumo de estos centros pase del 4% al 12% para 2028.
- Cadenas de suministro: La dependencia de semiconductores avanzados fabricados principalmente en Taiwán hace que la IA sea vulnerable a bloqueos o conflictos en rutas marítimas estratégicas.

Hacia una valoración real del riesgo
El esperado milagro de productividad de la IA aún no se materializa al nivel que exigen las valoraciones actuales de Wall Street. Ante esto, expertos como Asad Ramzanali sugieren medidas preventivas, como una legislación inspirada en la Ley Glass-Steagall para separar a los desarrolladores de modelos de los dueños de infraestructura, o una administración de obras públicas digitales para trabajadores desplazados por la tecnología.
Ramzanali también propone que, si el gobierno llegara a ejecutar un rescate financiero para empresas de IA, este debería incluir participaciones públicas en las ganancias, dado que es la ciudadanía quien asume el riesgo. El peligro actual no es un factor aislado, sino la convergencia de la guerra, la deuda y la fragilidad tecnológica en un mercado que, erróneamente, se siente invulnerable.
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