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Estudio vincula materia oscura con agujeros negros de otro universo

La comprensión del cosmos enfrenta hoy uno de sus desafíos más fascinantes. Según el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), la materia oscura se define como

“uno de los mayores misterios del universo”

. Al no emitir, absorber ni reflejar luz, este elemento resulta imposible de detectar mediante telescopios convencionales. No obstante, se estima que constituye aproximadamente el 85% de la materia total existente, cumpliendo un rol determinante en la rotación de las galaxias, la desviación de la luz proveniente de astros remotos y la configuración de la arquitectura cósmica a gran escala.

Por otro lado, los agujeros negros representan, en palabras del CSIC,

“las cicatrices del espacio-tiempo que dejan las colosales explosiones supernova. Algunos son monstruosamente grandes y permanecen ocultos en el centro de las galaxias como testigos de una juventud violenta del universo, pero todos albergan la clave para resolver el rompecabezas maestro de la física fundamental”

. Ante este panorama, surge una interrogante crucial sobre el vínculo entre ambos fenómenos y cómo dicha relación podría esclarecer el funcionamiento universal y nuestro propio origen.

Recientemente, una investigación liderada por el astrofísico Enrique Gaztañaga, del Instituto de Cosmología y Gravitación de la Universidad de Portsmouth y publicada en Physical Review, sugiere una hipótesis innovadora: la materia oscura podría estar integrada por agujeros negros que sobrevivieron desde una época anterior al Big Bang. El estudio plantea que la gran explosión no fue un inicio absoluto, sino una transición ocurrida tras el colapso de un universo previo antes de iniciar su expansión actual.

Una imagen ilustrativa de un agujero negro (Canva)

Hacia una nueva interpretación del Big Bang

La visión convencional del Big Bang propone que el universo surgió de una singularidad, un punto de densidad infinita donde las leyes físicas conocidas dejan de operar. Aunque este modelo, fundamentado en la relatividad general de Albert Einstein, ha servido para explicar la distribución galáctica y la radiación de fondo de microondas, la comunidad científica advierte vacíos teóricos, especialmente al intentar describir los instantes primigenios del tiempo.

Frente a esto, la propuesta de Gaztañaga se inclina por el concepto del rebote cosmológico. Bajo esta premisa, el cosmos atravesó una etapa de contracción previa al Big Bang, alcanzando una densidad inmensa pero finita, para luego expandirse nuevamente. El experto detalla que:

“Un rebote puede surgir como una solución regular dentro de la física estándar, cuando se tienen en cuenta de forma consistente la gravedad y los efectos de la mecánica cuántica —las leyes que rigen la naturaleza a las escalas más pequeñas—”

.

A diferencia del modelo estándar, donde la inflación borraría cualquier rastro estructural previo, esta teoría sostiene que

“objetos de más de 90 metros”

podrían haber perdurado durante la transición del colapso a la nueva expansión. Estas reliquias conservarían información de un ciclo cósmico anterior. Este fenómeno se apoya en el principio de exclusión de Pauli, una ley de la mecánica cuántica que evita la compresión infinita de la materia, permitiendo que estructuras como los agujeros negros sobrevivan al proceso de contracción y posterior rebote.

La formación de las reliquias pre-Big Bang

El estudio detalla dos mecanismos principales para el origen de estos agujeros negros reliquia. El primero se refiere a perturbaciones y objetos compactos originados en la fase de contracción que resisten el rebote. El segundo proceso ocurre cuando la gravedad agrupa la materia durante la fase previa a la expansión, formando halos similares a los galácticos actuales, los cuales terminan colapsando en agujeros negros.

Enrique Gaztañaga enfatiza que

“las galaxias y las estrellas en fase de contracción colapsan en agujeros negros, borrando la mayor parte de su estructura detallada pero conservando su masa”

. Bajo este planteamiento, estos objetos antiguos podrían conformar la mayor parte de la materia oscura actual, siempre que el rebote haya producido una cantidad suficiente de ellos.

Evidencia del telescopio James Webb

Las observaciones del telescopio espacial James Webb (JWST) parecen dar fuerza a estas teorías. Se han identificado poblaciones de objetos compactos denominados

“pequeños puntos rojos”

en las etapas tempranas del universo. Estos cuerpos, detectados apenas unos cientos de millones de años después del Big Bang, resultan difíciles de explicar mediante los modelos tradicionales de formación estelar.

Actualmente, los astrónomos consideran que estos puntos podrían ser agujeros negros de rápido crecimiento, actuando como las semillas de los agujeros negros supermasivos que hoy habitan los centros de las galaxias. Si estas estructuras masivas ya existían tras el rebote, las observaciones del JWST podrían estar detectando las huellas de vestigios previos al Big Bang, revelando así la naturaleza de la materia oscura y la evolución del cosmos.

Finalmente, la propuesta de Gaztañaga recalca que

“estas ideas deben contrastarse con datos”

. El futuro de este modelo dependerá de la capacidad de la ciencia para validar las teorías con nuevas evidencias observacionales, abriendo la puerta a que el universo actual sea, en realidad, el heredero de una era anterior.

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