Una exhaustiva investigación desarrollada por expertos de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB), La Salle-URL, la Universidad de Turku (UTU) de Finlandia y el Institute of Science Tokyo (IST) de Japón, ha confirmado que más del 95% de las especies procariotas disponen de, al menos, un gen con la capacidad de degradar polímeros plásticos, ya sean naturales o de origen sintético.
Una base de datos sin precedentes sobre biodegradación
Este descubrimiento se ha dado en el contexto del proyecto MicroWorld. Gracias a esta iniciativa, se ha estructurado el recurso más detallado y ambicioso sobre la descomposición microbiana de materiales plásticos creado hasta hoy: los Plastic-Degrading Clusters of Orthologous Groups (PDCOG). Se trata de un repositorio que cataloga 625.616 proteínas identificadas con potencial para degradar plásticos, las cuales han sido organizadas en 51 grupos ortólogos.
Los datos recopilados en los PDCOG vinculan estas proteínas con la capacidad de transformar:
- 11 tipos de polímeros naturales.
- 28 variedades de polímeros sintéticos.
El análisis de la presencia global de estos materiales en 23 clases de ecosistemas evidencia que la aptitud para la biodegradación depende de manera directa de las condiciones ecológicas locales.
Evolución y soluciones tecnológicas futuras
El estudio subraya que entornos específicos, como los suelos o los denominados ecosistemas endolíticos, poseen una abundancia notable de enzimas degradadoras. Este fenómeno sugiere que los microorganismos han desarrollado procesos de adaptación ecológica para procesar estos compuestos en sus hábitats específicos.
“la capacidad microbiana de degradar plásticos no solo es amplia, sino que está claramente moldeada por el entorno”
Kari Saikkonen, investigador de la UTU y coautor del trabajo, enfatiza que la relación entre los microbios y su medio ambiente es fundamental para entender esta capacidad. Estos hallazgos plantean un nuevo horizonte para la innovación, ya que permiten utilizar la adaptación natural de los microbios como base para nuevas soluciones tecnológicas.
Finalmente, los científicos involucrados sostienen que el reconocimiento de qué enzimas logran prosperar bajo presiones ecológicas determinadas servirá como una hoja de ruta estratégica. Esto permitirá el diseño de materiales y herramientas tecnológicas que funcionen de manera optimizada según las condiciones de cada entorno ambiental específico.
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