Para Leah Phillips, una madre de tres hijos que reside en Louisville, Kentucky, el año 2019 trajo consigo un diagnóstico devastador. A sus 43 años y sin haber fumado nunca, se le informó que padecía de cáncer de pulmón en etapa 4. Tras un largo proceso de tratamiento, ella ha logrado lo que parecía imposible: hoy no presenta evidencia de enfermedad activa en su organismo.
En su momento, los especialistas le indicaron que su tiempo de vida estimado era de apenas seis a doce meses. Su padecimiento se originó por una mutación genética inusual, un fenómeno que ocurre solo en un rango del 10% al 15% de los diagnósticos de esta patología. De acuerdo con las estadísticas que manejaba la paciente, solo el 5% de las personas con cáncer de pulmón en etapa 4 logra sobrevivir tras cinco años.

Las complicaciones para detectar la enfermedad
El camino hacia la recuperación fue complejo debido a diversos diagnósticos erróneos. Aunque Phillips mantenía hábitos saludables y acudía a sus revisiones médicas periódicas, en agosto de 2019 inició con una tos seca persistente. Inicialmente, su médica de cabecera sugirió que se trataba de una complicación postviral tratada con esteroides y, más adelante, se atribuyó a alergias.
Ante la persistencia de la molestia y una sensación de pesadez torácica, la propia Phillips planteó la posibilidad de tener neumonía. Tras un estudio radiográfico que parecía validar esa sospecha, la enfermedad no cedió ante los antibióticos. El deterioro físico fue evidente: comenzó a expectorar sangre y su peso disminuyó en 8 kg (17 libras). Finalmente, una tomografía computarizada reveló lesiones líticas en la columna vertebral, un signo que los informes médicos describieron como “altamente preocupante” por su relación con el cáncer metastásico.

La lucha contra un diagnóstico terminal y el apoyo familiar
Debido a su edad, los oncólogos evaluaron primero si el tumor provenía de las mamas o los ovarios. No obstante, una biopsia ósea determinó que se trataba de cáncer de pulmón no microcítico en fase 4. Phillips rememoró su reacción ante la noticia:
“Pensé: este doctor entró en la habitación equivocada. No puedo tener cáncer de pulmón, nunca he fumado”
.
El diagnóstico médico fue tajante sobre su expectativa de vida. El especialista le indicó:
“Tiene entre seis y doce meses de vida. Esperamos que siga con nosotros la próxima Navidad y probablemente debería ir a casa y poner sus asuntos en orden”
. A pesar de encontrarse en estado de shock, Phillips decidió enfocarse en la cotidianidad de sus hijos, quienes en ese entonces tenían 9, 13 y 14 años.

Avances en medicina personalizada y resultados
La clave para su recuperación fue el análisis molecular, que identificó la “deleción del exón 19 del gen EGFR”, una mutación que estimula el crecimiento canceroso. Al conocer este dato, inició una terapia con inhibidores de tirosina quinasa, un medicamento dirigido de ingesta diaria que sigue tomando actualmente. Gracias a este enfoque, los síntomas como el dolor y la tos remitieron rápidamente, permitiéndole volver a la actividad física.
Su proceso incluyó además radioterapia corporal estereotáctica de alta precisión y, cuatro años después del diagnóstico, una lobectomía para extraer el tejido tratado en el lóbulo medio derecho. En la actualidad, se somete a tomografías PET/CT trimestrales y a resonancias cerebrales semestrales para asegurar que no haya recidivas. Su determinación fue vital:
“Alguien tiene que formar parte de ese 5%: bien podría ser yo”
.
Concientización sobre el cáncer de pulmón en no fumadores
Comprometida con la causa, fundó la Young Lung Cancer Initiative tras el fallecimiento de una amiga cercana. Esta organización busca visibilizar el impacto del cáncer pulmonar en personas jóvenes y no fumadoras, combatiendo los prejuicios sociales. Phillips enfatizó:
“Todo el mundo supone que fumaste —que es algo que te hiciste a ti mismo—. Mucha gente ni siquiera sabe que se puede desarrollar cáncer de pulmón sin haber fumado, ni que puede afectar a personas menores de 50 años”
.
Actualmente, ella continúa con su vida normal, aunque reconoce la carga emocional de los chequeos regulares y la incertidumbre sobre la efectividad futura del tratamiento. Su experiencia resalta la importancia de la medicina de precisión para transformar diagnósticos terminales en historias de esperanza.
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