Existe una noción perturbadora que muchos evitan discutir en voz alta: el terrorismo no pertenece al pasado, está siempre regresando. No se manifiesta exactamente con la misma estética de hace dos décadas, pero conserva su premisa más oscura: el asesinato de inocentes para inocular el pánico y golpear a las sociedades democráticas. Las evidencias son actuales y las amenazas futuras ya se han gestado. Si faltaba alguna confirmación, los recientes eventos en Oriente Medio sirven nuevamente como el principal referente de esta realidad.
Antes de profundizar, es necesario establecer un principio ético fundamental. No existe terrorismo bueno y terrorismo malo. No hay terrorismo moralmente aceptable frente a otro que deba ser condenado. El terrorismo de Estado y el terrorismo ejecutado por actores no estatales son simplemente dos facetas de un mismo abismo. En ambos casos, se utiliza a los seres humanos como meros instrumentos; en ambos, la vida ajena se considera sacrificable y el miedo es validado como una herramienta política. Aquel que intente establecer distinciones morales profundas entre ellos probablemente no sea un demócrata, sino un cínico. Estamos ante la teoría de los dos demonios, y aunque a algunos les incomode, es la descripción exacta de lo que representan.
La falacia del romanticismo revolucionario
Durante décadas, un sector del mundo intelectual se permitió una indulgencia sumamente peligrosa: la de idealizar al terrorista bajo una pátina revolucionaria. Esta tendencia ha sido alimentada por la izquierda autodenominada progresista y por las corrientes del wokismo más ingenuo. El argumento recurrente era que, ante la presencia de un estado opresor, surgiría un actor justiciero con tintes de «Robin Hood» que aplicaría una supuesta justicia histórica. No obstante, esta premisa es falsa de principio a fin.
La interrogante sigue vigente y sin una respuesta válida: ¿quién otorgó a ese revolucionario la potestad de decidir quién debe morir o ser secuestrado? Cuando en nombre de una causa se procede a secuestrar, torturar o asesinar a civiles, cualquier narrativa moral se desploma por completo. Lo que permanece es, simplemente, un acto criminal. Quien perciba algo distinto es un intolerante disfrazado de demócrata, un falsario que oculta su verdadera naturaleza. Esta es la única verdad absoluta. No se trata de una lucha de ideales, sino del uso de inocentes para imponer pretensiones políticas, lo cual constituye una aberración contra el derecho a la vida.
La deriva autoritaria y el terrorismo de Estado
La crónica del siglo XX está saturada de estos autoengaños. Muchos creyeron ver gestas heroicas donde solo había violencia política desmedida. Muchos celebraron revoluciones que prometían justicia y terminaron produciendo regímenes autoritarios. El trayecto es harto conocido: se comienza hablando en nombre del pueblo y se termina administrando una maquinaria de represión estatal. Fidel Castro y Daniel Ortega son ejemplos nítidos de esta evolución. Líderes revolucionarios que invocaban la libertad para terminar consolidando sistemas donde la disidencia es pagada con la cárcel o el exilio. Es un horror sin ningún romanticismo; solo existe una búsqueda viciada de poder que merecería el repudio total si no fuera por la fragilidad del derecho internacional y la complicidad ideológica. No se puede ignorar al Chavismo, que irrumpió bajo promesas populares y solo se ha dedicado a esclavizar a su propia ciudadanía, lo cual representa un golpe a quienes aún intentan defender su indecencia.
En la otra acera, el terrorismo de Estado ha mostrado una capacidad de destrucción aún mayor. Personajes como Fidel Castro, Daniel Ortega y los hermanos Rodríguez forman parte de este club, tal como en su momento lo estuvieron Pinochet y Videla. Cuando la estructura estatal convierte el terror en una política sistemática, el daño se potencia. Pero el punto central no cambia: matar inocentes nunca puede ser una causa legítima.
La nueva morfología de la amenaza
Es extremadamente peligroso mantener mitologías que justifican ciertos terrorismos mientras condenan otros. Ese doble estándar moral no solo es deshonesto desde lo intelectual, sino que resulta políticamente irresponsable. Sin embargo, reconocer esto no es suficiente, pues el problema urgente es otro: El terrorismo está encontrando nuevamente terreno fértil. La razón es elemental: continúa siendo uno de los métodos más económicos y eficaces para desestabilizar a las sociedades. No requiere de ejércitos masivos ni infraestructuras complejas.
Hoy en día, el terror puede operar mediante células dormidas, lobos solitarios o a través de tecnologías accesibles como los drones. Incluso el terrorismo biológico ha vuelto a aparecer en los análisis estratégicos de seguridad. El objetivo permanece inalterable: atacar a la población civil. Atentar contra un estadio, un centro comercial o un aeropuerto genera un efecto político y psicológico devastador que ningún enfrentamiento militar tradicional logra con tan pocos recursos. Por ello, el terrorismo es el arma preferida de actores que se sienten militarmente arrinconados pero políticamente motivados.
«El terrorismo contemporáneo no necesita grandes centros geopolíticos para operar. Cualquier ciudad puede convertirse en escenario. El objetivo precisamente es ese: generar la sensación de que ningún lugar es completamente seguro.»
El rol de Irán y el auge del antisemitismo
En el tablero geopolítico actual, Irán ha jugado con una paciencia estratégica durante décadas. Mediante redes de financiamiento, milicias aliadas y organizaciones satélites, ha desarrollado una capacidad notable para proyectar su influencia. No es una cuestión de azar, sino una política orquestada a largo plazo. Hezbollah lo ha demostrado por años, y Hamás ha contado con el respaldo iraní para financiar insurgencias criminales y ocultarse bajo tierra.
Cuando estos actores deciden enviar mensajes, lo hacen golpeando a civiles inocentes. Su meta no es ganar guerras convencionales, sino sembrar el terror en sociedades abiertas y forzar a los gobiernos a asumir altos costos políticos internos. El fin es desestabilizar. Lo alarmante es que, ante este panorama, muchas democracias actúan con una parsimonia que raya en la insensatez, creyendo que el problema es ajeno hasta que el conflicto llega a sus propias puertas, tal como se recuerda de la década de los noventa en Buenos Aires.
A esto se suma un fenómeno inquietante: el crecimiento del antisemitismo en el mundo occidental. El propio Tony Blair señaló que en el Reino Unido se reportaron más de 3.700 incidentes antisemitas en tan solo un año. Esto no es un dato menor, sino un indicador de un clima desafiante y violento que camina de la mano con el terrorismo.
La urgencia de la inteligencia y la cooperación
Las ideologías que nutren el terrorismo suelen germinar en el ámbito cultural y político antes de transformarse en violencia. Durante años se negó el regreso del antisemitismo, pero hoy la evidencia es imposible de ignorar; el mundo se ha plagado de estas posturas y ya no se considera de mal gusto atacar a la comunidad judía basándose en teorías conspirativas. Lo mismo ocurre con el terrorismo clásico si se le subestima.
En Europa, diversos gobiernos han intentado evitar confrontaciones con regímenes como el iraní para no importar conflictos, pero esconder la cabeza como el avestruz no hace desaparecer el problema. El radicalismo islamista lleva años infiltrándose en espacios sociales europeos e incluso sudamericanos. No es un fenómeno mayoritario, pero basta una minoría organizada para provocar consecuencias desproporcionadas.
Debido a esto, la cooperación internacional en materia de inteligencia es indispensable. Las democracias deben compartir información y desarticular redes antes de que actúen contra la convivencia pacífica. Esto implica aceptar la colaboración entre agencias que muchas veces son criticadas por motivos ideológicos, como las de Estados Unidos. Quienes rechazan información estratégica por prejuicios terminan debilitando su propia seguridad y actuando como piezas útiles para causas oscuras.
El terrorismo comprende perfectamente estas debilidades. Sabe que las sociedades abiertas dudan y se dividen. Mientras las democracias debaten sobre la existencia del peligro, quienes creen en la violencia política siguen organizándose. La historia demuestra que cuando finalmente se reconoce la amenaza, suele ser demasiado tarde. El terrorismo no ha desaparecido; está mutando y esperando su oportunidad. No verlo es ingenuidad, pero verlo y no actuar es, simplemente, estupidez.
Fuente: Fuente