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Diferencias clave entre ser asocial, tener ansiedad o ser antisocial

En la actualidad, el uso del término antisocial se ha vuelto extremadamente común en el lenguaje cotidiano. Frecuentemente, se emplea para describir a individuos que prefieren la soledad, evitan las multitudes o simplemente sienten que su energía para interactuar se ha agotado. Sin embargo, este uso impreciso puede ser peligroso. Álvaro Moleón Ruiz, médico psiquiatra experto en psiquiatría clínica y forense con experiencia en centros penitenciarios de Sevilla, lanza una advertencia clara:

“hay que tener cuidado porque realmente cuando tú llamas antisocial a una persona que realmente lo que tiene es un trastorno de ansiedad social o es asocial, realmente estás trivializando un trastorno de personalidad que es bastante grave”

El especialista enfatiza que los tres conceptos son radicalmente distintos y que la confusión entre ellos es habitual. En una entrevista para Infobae, Moleón aclaró las disparidades entre el perfil asocial, la ansiedad social y el trastorno antisocial de la personalidad. Un punto fundamental es que, mientras que lo asocial puede ser un rasgo de personalidad, los otros dos son patologías que requieren intervención clínica especializada. Además, el médico desmintió el mito de que ser antisocial es sinónimo de timidez; en esos casos, el término correcto suele ser asocial, aunque no siempre se trate de personas retraídas, algo más propio de las personalidades evitativas.

Álvaro Moleón Ruiz, médico psiquiatra especialista en psiquiatría clínica y forense y que ha colaborado con dos centros penitenciarios de Sevilla (Cedida)

El perfil de la persona asocial

Contrario a los estigmas, las personas asociales suelen ser perfiles esquizoides que no experimentan el deseo de estar rodeados de gente, encontrando paz y satisfacción en la soledad. Moleón también desmitifica la idea de que todos los antisociales son delincuentes o agresivos, señalando que existen individuos con este trastorno en altas esferas como la política o la dirección de grandes corporaciones. No se debe confundir la frialdad o la baja empatía con la heterogresividad.

Para distinguir a alguien asocial, debemos observar si su conducta responde a una preferencia personal que no le genera sufrimiento. Según el psiquiatra, estas personas no sienten la necesidad de cambiar su estilo de vida y mantienen su funcionalidad diaria. Sus intereses suelen ser actividades solitarias como:

  • Lectura profunda.
  • Escuchar música.
  • La escritura creativa.

En el ámbito relacional, aunque tienen un grupo social reducido, sus vínculos son sólidos y profundos con su familia o pocos amigos, sin mostrar interés en expandir su círculo social.

El impacto de la ansiedad social

Por otro lado, quienes sufren de ansiedad social o fobia social enfrentan una limitación real en su desarrollo personal y laboral. El doctor Moleón indica que estos pacientes suelen estancarse profesionalmente debido al miedo intenso que les generan las interacciones.

Álvaro Moleón Ruiz, médico psiquiatra especialista en psiquiatría clínica y forense y que ha colaborado con dos centros penitenciarios de Sevilla (Cedida)

La sintomatología de esta fobia incluye una angustia significativa ante eventos cotidianos como comer en público, hablar en una reunión de trabajo o asistir a cenas familiares. Estas situaciones desencadenan respuestas físicas graves:

  • Palpitaciones fuertes.
  • Dificultad respiratoria o falta de aire.
  • Temblores y taquicardia.

Para manejar estos síntomas, en ciertos casos se requiere el uso de fármacos como el propranolol (para controlar el ritmo cardíaco) o benzodiacepinas de acción rápida como el alprazolam. A diferencia del asocial, estas personas sí desean el vínculo, y una vez que logran romper la barrera del miedo inicial, suelen establecer relaciones muy estrechas y cómodas.

La gravedad del trastorno antisocial de la personalidad

Finalmente, el trastorno antisocial, clasificado en el grupo B del DSM-5, describe a individuos con características mucho más complejas y potencialmente peligrosas. Según Álvaro Moleón, estos sujetos se definen por ser:

  • Altamente manipuladores.
  • Carentes de empatía.
  • Impulsivos y fríos.
  • Tendentes a la heteroagresividad (agresión hacia otros).

Este es el perfil predominante en los centros penitenciarios. Aunque el diagnóstico formal se realiza a partir de los 18 años, existen señales de alerta tempranas en la infancia o adolescencia, tales como la piromanía, conductas destructivas y el maltrato animal.

El gran desafío clínico es que estos pacientes no reconocen tener un problema, lo que dificulta su tratamiento. En las distancias cortas, pueden mostrarse encantadores o simpáticos, pero el psiquiatra advierte que suele haber un “interés secundario” oculto. Esto provoca que sus relaciones amorosas sean turbulentas y de corta duración. Moleón concluye que es vital evitar la trivialización de estos términos, ya que cada uno representa una realidad humana y clínica totalmente distinta que no puede medirse con el mismo rasero.

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