Este Viernes Santo, el papa León XIV encabezó la solemne conmemoración de la Pasión de Cristo en la Basílica de San Pedro del Vaticano, siendo esta la primera ocasión en su pontificado que lidera este acto. Cumpliendo con el rito tradicional, el pontífice comenzó la liturgia postrándose totalmente sobre una alfombra ante el Altar de la Confesión, sitio que la fe cristiana identifica como la tumba del apóstol San Pedro. Ataviado con vestiduras rojas que simbolizan el martirio, León XIV reintrodujo este acto físico de humildad, el cual su antecesor, Francisco, no realizaba desde el año 2022 debido a complicaciones en su movilidad.
El evento religioso se enfocó en la Liturgia de la Palabra y el relato de la Pasión según San Juan, con la intervención de los cánticos de los diáconos. De acuerdo con las normas del calendario litúrgico, en este día no se efectúa la consagración como muestra de luto, pero sí se distribuyó la eucaristía entre los devotos que acudieron. La ceremonia reunió a una multitud de miles de fieles, junto a integrantes de la Curia Romana y miembros del cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, quienes mantuvieron una atmósfera de profundo respeto y meditación.
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Las actividades continuarán durante la noche con el emblemático Vía Crucis en el Coliseo de Roma. En un hecho histórico, León XIV portará personalmente la cruz de madera a lo largo de las 14 estaciones que componen el recorrido. Esta acción representa un cambio significativo, ya que es la primera vez en varias décadas que un papa asume este esfuerzo físico y espiritual en todas las estaciones, fortaleciendo el vínculo simbólico entre su guía pastoral y el calvario de Jesucristo.
El pontífice manifestó que este acto busca ser la voz de un líder espiritual que comparte y asume simbólicamente los dolores de la humanidad, subrayando la relevancia de la oración y la fraternidad con los que sufren. Su intervención directa en el Vía Crucis sobresale no solo por su valor teológico, sino también por proyectar una imagen de compromiso y cercanía absoluta con el pueblo creyente.
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Este conjunto de actos litúrgicos reafirma la trascendencia de la Semana Santa como un periodo de meditación, plegaria y compromiso con los preceptos cristianos. Se evidencia así que la vivencia de la fe y la labor social pueden integrarse plenamente, incluso en medio de los retos de la realidad global contemporánea.
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