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Efectos de la queja crónica en el cerebro: visión neurocientífica

Aunque la cultura popular sugiere que quien no llora, no mama, el exceso de lamentos puede ser contraproducente. En la actualidad, el acto de quejarse ha dejado de ser un evento aislado para convertirse en una dinámica constante que define gran parte de las interacciones sociales. No obstante, esta tendencia a la protesta recurrente tiene implicaciones directas en la salud, tanto en el ámbito físico como en el psicológico.

La doctora María J. García-Rubio, quien se desempeña como profesora de Neurociencia global y cambio social en la Universidad Internacional de Valencia, sostiene que la queja se ha transformado en una costumbre tan arraigada que suele servir como base para los saludos habituales entre conocidos. Según la especialista, “El problema es cuando se cronifica y extiende a numerosos contextos”, lo que puede derivar en consecuencias severas para el bienestar integral.

El origen biológico del pesimismo

Desde el punto de vista evolutivo, la queja es una herramienta que el ser humano utiliza para localizar riesgos y dificultades. Se trata de un sistema de supervivencia diseñado para protegernos de elementos negativos, fenómeno que los científicos denominan “sesgo de negatividad”. Si bien esto fue útil en épocas primitivas, hoy se ha llevado al extremo. Investigaciones contemporáneas han revelado que el hábito de quejarse de forma frecuente se vincula con alteraciones estructurales en el cerebro, lo que perjudica la toma de decisiones, la planificación y la capacidad para resolver problemas.

Un patrón que transforma la mente

Un hombre se queja en el trabajo. (Canva)

Cuando el pesimismo se vuelve la actitud predominante, la percepción del entorno se distorsiona y la queja comienza a ocupar todos los ámbitos de la vida. García-Rubio puntualiza que el entorno digital ha fomentado esta conducta, señalando que en las plataformas sociales es común ver cómo los usuarios “dediquen gran parte de su contenido a despotricar sobre esto y aquello como estrategia de captación de seguidores”.

Esta persistencia en el lamento termina por generar cambios físicos en la masa gris. Estudios recientes han detectado una correlación entre la queja diaria y la manifestación de cuadros de ansiedad y depresión. Además, al dificultarse los procesos cognitivos de resolución de conflictos, se incrementa el sentimiento de frustración, lo que a su vez retroalimenta la necesidad de seguir quejándose, creando un círculo vicioso difícil de romper.

Recomendaciones para el cambio de mentalidad

A pesar de los peligros identificados, la profesora García-Rubio aclara que manifestar malestar de forma puntual es una conducta humana normal y útil para el desahogo emocional. El impacto negativo en el organismo solo surge cuando este comportamiento se vuelve crónico. Para mitigar estos efectos, la experta propone diversas tácticas para romper con la inercia de la negatividad:

  • Fomentar la gratitud: Reorientar la atención hacia los sucesos positivos que ocurren cada día.
  • Enfoque en soluciones: Tratar de hallar respuestas prácticas a los inconvenientes, lo que otorga una mayor percepción de control y disminuye la frustración.
  • Modificar el lenguaje: Vigilar el vocabulario empleado y tratar de utilizar términos más neutros o constructivos.
  • Definir límites sociales: Controlar el tiempo que se pasa con individuos que se quejan constantemente, ya sea evitando esas charlas o proponiendo perspectivas más positivas.

Para concluir, García-Rubio enfatiza que la clave reside en “ser consciente del hábito malsano de quejarse sin descanso e intentar cambiarlo”. La especialista recuerda que la queja en sí misma no es dañina si no se convierte en una constante vital. “La queja no es negativa si no se cronifica. No somos perfectos, somos humanos”, asegura la neurocientífica.

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