En el contexto de la actual era digital, resulta prácticamente imposible desligar la infancia y la adolescencia del uso de dispositivos electrónicos. Lo que antes se consideraba una herramienta de uso esporádico, hoy se ha transformado en un componente esencial de la vida social, el aprendizaje académico y el entretenimiento de los más jóvenes. Es cada vez más frecuente que niños y niñas manifiesten el deseo de poseer su propio teléfono móvil, viéndolo no solo como un signo de independencia, sino como una llave de acceso a un entorno digital que consideran vital.
Para gran parte de las familias, esta transición representa un desafío significativo que marca un antes y un después. La entrega de ese primer dispositivo móvil genera múltiples interrogantes sobre la edad idónea, la imposición de límites y el nivel de vigilancia necesario sin vulnerar la privacidad del menor. Aunque no existe un manual definitivo, hay un consenso claro: se trata de una determinación de gran peso que no se puede revertir con facilidad.
“Dar un móvil no es solo ‘dar un móvil’. Es mucho más e implica muchísimo más. Es abrir la puerta a redes, a contenido, a conversaciones… e incluso a riesgos para los que muchas veces aún no están preparados”, afirma el psicólogo Javier de Haro.
A través de sus plataformas digitales, el experto, conocido como @psicologo_teayudoaeducar en Instagram, enfatiza que el enfoque no debe centrarse exclusivamente en los años que tenga el niño. Según sus palabras: “No se trata de una mera cuestión de edad. No va de 13 o 14 años, va de educar, de acompañar, de supervisar, de dar ejemplo y de madurez”.

Pautas innegociables para los padres
Bajo esta premisa, de Haro detalla seis principios fundamentales que considera innegociables antes de proceder con la entrega de un smartphone. El primero de ellos se centra en la propiedad del equipo: “El móvil no es suyo, es tuyo y tú se lo dejas”. Esta afirmación busca dejar clara la autoridad de los progenitores y evitar que el menor asuma una propiedad absoluta del dispositivo.
Como segundo punto, el psicólogo sugiere la elaboración conjunta de reglamentos. El experto sostiene que involucrar a los hijos en este proceso puede arrojar resultados positivos: “Las normas para usar el móvil se pueden construir juntos. Implícalos, que te van a sorprender”. No obstante, el límite ético es inamovible: “Si algo puede ofender o se avergonzaría si tú lo vieras, no se puede hacer”, promoviendo así la responsabilidad y la integridad digital.
En tercer lugar, se destaca la importancia de preservar la convivencia familiar. El especialista es enfático al señalar que: “Tiene que haber momentos sin móvil en familia cada día”. Esto incluye espacios compartidos como las comidas, trayectos o salidas fuera de casa. De Haro advierte sobre un fenómeno común: “Porque muchas veces cuando entra el móvil en su habitación también se cuela el aislamiento”, señalando uno de los riesgos más frecuentes.
Madurez y entrenamiento tecnológico previo
El cuarto criterio a evaluar es la autonomía en las tareas cotidianas. Antes de otorgar un acceso total al mundo digital, se debe observar el comportamiento del menor en su día a día. “Mira cómo gestiona sus responsabilidades, si es capaz de hacer sus tareas de forma autónoma”, comenta el psicólogo, planteando una pregunta crítica para los padres: “Si aún no puede con lo básico, ¿de verdad esperamos que gestione bien algo tan complejo y tan peligroso como el móvil?”.
Como quinta recomendación, se plantea un proceso de capacitación tecnológica previa. En lugar de pasar directamente al smartphone, el uso de dispositivos intermedios como un smartwatch puede servir como un entrenamiento efectivo para aprender sobre autocontrol y reglas básicas de forma progresiva. Según de Haro: “Antes del móvil, educa bien en tecnología y en pantallas. Tener antes un smartwatch, por ejemplo, puede ser un gran entrenamiento”.
Finalmente, el sexto pilar recae sobre la conducta de los adultos. La coherencia parental es fundamental para el éxito de estas medidas. El experto concluye con un llamado a la autorreflexión: “Seamos coherentes, seamos un buen ejemplo”. Advierte que las restricciones pierden validez si los padres no regulan su propio consumo: “No sirve de nada poner normas si luego nosotros estamos peor que ellos con las pantallas”.
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