Polo es un guerrero del fútbol. También de la vida. A los ocho años, cuando vivía en el barrio de San Sebastián, en el Centro Histórico de Quito, perdió la vista del ojo derecho, en un accidente doméstico.
Su limitación visual no fue un impedimento: saltó a la cancha del profesionalismo con 16 años, en Liga de Quito. Estuvo vigente dos décadas desde 1962 hasta 1982. Brilló en la ‘U’, jugó en Peñarol de Uruguay, en el Fluminense de Brasil. En el país también dejó constancia de su calidad en equipos como Universidad Católica, América y Deportivo Quito.
En el fútbol, la visión periférica es un recurso esencial. Polo lo sabía y fue ingenioso para imponerse en el balompié: “Como no veía con el ojo derecho, no podía jugar por el lado izquierdo de la cancha. Entonces, me iba al otro lado, para poder controlarlo todo”. La sabiduría también estuvo en saber adaptarse.
Una luz tenue entra por uno de los ventanales de la sala iluminando su rostro desde el costado. Carrera tiene ahora 81 años y conversa con PRIMICIAS sobre las duras batallas de la vida.
Lleva un look cotidiano: camisa azul cielo y jean. Su postura corporal aún conserva una dignidad atlética. El hombre que aprendió a controlar todo en la cancha, usando un solo ojo, se encontró en los últimos tres años con un rival difícil de gambetear: la salud. El cuerpo, que se volvió experto en soportar duras patadas de los rivales más feroces de América, envió preocupantes señales de alerta.
Desde 2023 hasta enero de 2026, ‘Polito’ se enfrentó, sucesivamente, a un mieloma o cáncer de huesos, a un infarto que sobrevino mientras manejaba por la avenida Amazonas en Quito y, finalmente, a un insoportable dolor de rodillas, tras un procedimiento con células madre. Este último episodio lo dejó en la cama de un hospital por 11 días. Postrado, sin poder moverse. A punto de perder el partido de su vida.
«Superé el cáncer, sobreviví al infarto. Pero, el tema de las rodillas fue el peor. No podía caminar. Veía el fútbol por la tele y decía: ¿ y yo?”, exclama Carrera. Sus ojos se enrojecen y la voz se le quiebra en un gesto de impotencia. “Pero aún sigo aquí, jugando el tiempo que nos queda».
En medio de la nostalgia, Enzo, un inquieto perrito schnauzer, de año y medio, aparece en escena y se ubica a los pies del goleador histórico de Liga. El pequeño perro parece buscar consuelo para su amigo. Se pone en dos patas y llama su atención. Muy cerca de la escena, desde un sillón café, su nieta María Paz Cerón lo mira con ternura interviniendo cada tanto sobre los temas de salud de su abuelo.
Vía primicias.com