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Hegel y la geopolítica actual: entender el conflicto como proceso

El pensamiento de Georg Wilhelm Friedrich Hegel se mantiene como una columna vertebral para comprender la modernidad. Para este filósofo, la historia no es un cúmulo de eventos fortuitos, sino un desarrollo impulsado por contradicciones, luchas y cambios profundos. En el contexto actual, definido por confrontaciones bélicas, bloqueos económicos, crisis de suministros energéticos y una pugna narrativa global, su enfoque cobra una vigencia necesaria. Hegel plantea que los conflictos no avanzan de forma lineal ni dependen solo de la imposición de una potencia; por el contrario, progresan mediante choques y negaciones que terminan por transformar el orden que se pretendía establecer. En esta era de tensiones internacionales, la perspectiva hegeliana revela que cada esfuerzo de dominación lleva intrínseca la semilla de su propia inestabilidad.

A menudo se relega a Hegel al ámbito académico o de biblioteca, asociándolo con conceptos abstractos como el Espíritu o la Historia, ajenos a la realidad cotidiana del costo del combustible, los cortes eléctricos en Cuba o los ataques militares contra Irán. No obstante, en la actualidad es una herramienta vital para reconocer que las disputas no son trayectorias rectas, sino procesos dialécticos. Cuando una nación intenta imponer su voluntad mediante la fuerza bruta, el resultado no suele ser el orden, sino una nueva manifestación del caos.

La enseñanza básica de la dialéctica es que la realidad se transforma a través de tensiones. Una postura genera su opuesto, y de ese enfrentamiento emana una estructura distinta. Aunque la fórmula de

“tesis-antítesis-síntesis”

simplifica en exceso su obra, funciona como una guía para entender que ninguna hegemonía es inamovible cuando ella misma siembra su resistencia. En el tablero mundial, esto implica que cada maniobra de control provoca una respuesta en los ámbitos material, simbólico y político.

Imagen de archivo de un auto antiguo circulando por una calle vacía de La Habana, Cuba. 22 marzo 2026. REUTERS/Norlys Pérez

Al analizar los casos de Cuba, Estados Unidos e Irán, se observa que no son eventos aislados, sino partes de una misma contradicción sistémica. Se trata del intento de Washington por disciplinar regiones completas usando sanciones, cerco militar y presión económica. Aunque se presente como el protector del equilibrio global, termina generando los efectos que desea prevenir: mayor radicalismo, fracturas políticas y una erosión de su propia credibilidad.

El caso de Cuba es representativo. En marzo de 2026, el sistema eléctrico de la isla colapsó totalmente, afectando a cerca de 10 millones de ciudadanos. Informes de la agencia Reuters detallaron que el país solo recibió dos cargamentos de crudo en los primeros meses de ese año, debido al incremento de la presión estadounidense sobre su red de suministros. El desenlace no ha sido una

“transición democrática”

, sino una crisis social y humanitaria aguda caracterizada por la escasez de agua, apagones y un aumento en el flujo migratorio.

Desde la óptica hegeliana, se hace evidente que el uso de la fuerza no soluciona la contradicción, solo la profundiza. La estrategia de asfixia contra Cuba no ha normalizado la situación, sino que ha generado una negación activa mediante la precariedad y el rechazo regional. Países como México han respondido con asistencia y críticas al bloqueo, evidenciando que en el continente la situación cubana se ve como un reflejo de una relación regional marcada por la asimetría de poder.

A customer waits inside a pharmacy, as Cuba’s once-vaunted healthcare system, long hailed as a cornerstone of the 1959 revolution, has deteriorated amid years of economic crisis and U.S. sanctions, a decline that has accelerated this year with U.S. restrictions on oil supplies, in Havana, Cuba, March 24, 2026. REUTERS/Norlys Perez

Por otro lado, Irán representa una vertiente más agresiva de esta contradicción. Actualmente, el conflicto trasciende la disputa bilateral. Según reportes de Reuters, la guerra vinculada a los intereses iraníes ha dañado infraestructura energética vital y ha forzado el cierre del estrecho de Ormuz, punto por donde circula aproximadamente la quinta parte del crudo y gas a nivel mundial. Para enfrentar esta crisis, Estados Unidos, que ya contaba con 50,000 soldados en la zona, incrementó su despliegue militar. Mientras tanto, un sondeo de Reuters/Ipsos indicó que el 55% de la población estadounidense ya percibe el impacto del alza de la gasolina en sus finanzas personales.

Esto es dialéctica en estado puro: el poder que busca controlar el sistema acaba afectado por las consecuencias de su propio accionar. La intervención externa retorna al país de origen en forma de inflación, fatiga política e inseguridad energética. Como diría el filósofo, la negatividad no es estática y opera dentro del mismo sistema que intentó contenerla.

La relevancia de Hegel hoy radica en que nos obliga a visualizar el conflicto como un proceso continuo. No se trata solo de medir quién posee más armamento, sino de identificar quién construye el relato, define quién es el enemigo y transforma sus intereses privados en un supuesto beneficio común global. La hegemonía moderna es también una batalla por los significados; quien domina la narrativa y administra el temor obtiene una ventaja estratégica determinante.

Sin embargo, ese dominio narrativo está en declive. La coherencia del discurso occidental se debilita cuando se apela a la democracia en ciertos casos pero se permite la excepción en otros; cuando se defiende la soberanía de una nación pero se toleran bombardeos en otra. Cuando las contradicciones se hacen públicas, la hegemonía entra en una etapa de declive.

En este escenario, América Latina y México deben actuar con visión histórica y estratégica. Ante la pérdida de fuerza de un orden unipolar, surge la oportunidad de obtener mayor autonomía en medio de la disputa por rutas energéticas y legitimidad política. No se trata de cambiar un centro de mando por otro, sino de consolidar una postura regional auténtica.

Según las autoridades, una llamarada y una columna de humo se elevan tras el impacto de los restos de un dron iraní interceptado contra una instalación petrolera, el sábado 14 de marzo de 2026, en Fujairah, Emiratos Árabes Unidos. (AP Foto/Altaf Qadri)

México cuenta con fundamentos económicos para liderar este cambio. En 2025, el intercambio comercial de bienes con Estados Unidos llegó a los 872.8 mil millones de dólares, según cifras de la USTR. Asimismo, en 2024, América Latina y el Caribe representaron el 19.2% del comercio total estadounidense, de acuerdo con la CEPAL. Estas cifras demuestran que la región es fundamental para Washington, y esa interdependencia puede transformarse en poder de negociación política.

Para capitalizar esto, México podría fortalecer la defensa de la no intervención, promover la cooperación energética regional y establecer foros sobre la comunicación en tiempos de guerra. En un mundo de batallas informativas, es crucial con qué países se comercia, pero es igual de importante desde qué marco conceptual se interpreta la realidad.

El pensamiento hegeliano nos aleja de la ingenuidad. Nos recuerda que la historia favorece a quienes comprenden la lógica de las contradicciones. El caso de Cuba ilustra el fracaso de las sanciones prolongadas, mientras que Irán muestra los límites de una hegemonía que intenta gestionar regiones tras haberlas desestabilizado. América Latina, por su parte, vislumbra la posibilidad de una nueva síntesis: una voz propia que reconozca que la comunicación es un terreno central del poder contemporáneo.

El regreso de Hegel responde a que vivimos una época donde la lucha no es solo territorial, sino simbólica. Quien no comprenda la interacción entre la fuerza y el relato, o entre la sanción y la resistencia, verá el presente como una serie de crisis inconexas, perdiendo de vista que atravesamos una trascendental transición histórica.

El interrogante final no es solo el futuro de la política exterior de Washington. La pregunta clave es si América Latina sabrá usar esta crisis como una oportunidad y si México logrará convertir estas contradicciones globales en un espacio para su propio crecimiento estratégico y su propia narrativa del mundo.

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