En la actualidad, una cifra creciente de ciudadanos admite sentirse completamente desbordada por flujos de pensamiento que no ofrecen tregua alguna. No se trata simplemente de inquietudes aisladas, sino de ciclos mentales repetitivos que proyectan escenarios negativos de forma incesante. En lugar de encontrar soluciones, la mente de estas personas tiende a maximizar los riesgos potenciales hasta percibirlos como eventos inevitables.
Factores modernos como la hiperconectividad, el exceso de información y la presión social por mantener un control absoluto sobre cada detalle de la existencia han propiciado que muchos vivan en un estado de alerta permanente. El acto de reflexionar en exceso deja de ser un rasgo de la personalidad para transformarse en una experiencia agotadora y sumamente compleja de frenar.
Bajo este panorama, resulta vital diferenciar entre una preocupación lógica y un esquema mental disfuncional que se encamina hacia la catastrofización. No obstante, no siempre resulta evidente el momento exacto en que dicha anticipación deja de ser una herramienta útil y comienza a mermar de forma severa el bienestar emocional y físico del individuo.
La psicóloga Alba Guijarro, conocida en plataformas digitales como @talcualtia, aborda esta problemática señalando que existen perfiles específicos que sufren intensamente por sucesos que aún no han tenido lugar:
“Esto es para personas que lo pasan fatal con cosas que todavía no han ocurrido y que son capaces de imaginarse 47 escenarios catastróficos de una misma cosa”

El rol determinante del sistema nervioso
Para la especialista, el núcleo del problema no reside únicamente en la intensidad del pensamiento o en un cuadro de ansiedad convencional. Según explica Guijarro, la respuesta está en la memoria biológica:
“Lo que te está pasando no es ni ansiedad sin más ni es que pienses mucho. Esto es que tu sistema nervioso en algún momento aprendió que el peligro podía llegar en cualquier momento sin avisar”
. Por lo tanto, esta vigilancia extrema no es azarosa, sino que es el resultado de un aprendizaje corporal derivado de vivencias pasadas donde prever el peligro fue una herramienta de supervivencia.
Esta dinámica se traduce en una táctica que el individuo percibe como beneficiosa: el control mental preventivo de todas las variables posibles para evitar sorpresas desagradables. Sin embargo, lo que inicialmente funcionó como un escudo protector, termina convirtiéndose en una carga paralizante para la persona.
La analogía del detector de humo
Uno de los mayores inconvenientes de este mecanismo es que el sistema nervioso pierde la capacidad de jerarquizar las amenazas. No logra distinguir entre una crisis real y una situación social menor, como una charla pendiente con una amistad. Guijarro ilustra esta situación con una comparación muy precisa:
- Reacción indiscriminada: El cuerpo activa la misma señal de emergencia ante cualquier estímulo.
- Falsa alarma:
“Esto es como un detector de humo, no distingue si el humo viene de un incendio real o si es de la tostada que se te ha quemado un poco, pero la alarma se activa exactamente igual a lo sálvese quien pueda”
.
Esta respuesta desmesurada frente a incidentes cotidianos genera una consecuencia inevitable: un profundo agotamiento físico y mental. El desgaste que conlleva habitar en una previsión de catástrofe continua termina pasando una factura muy alta a la salud integral.
La consulta clínica y el alivio de la culpa
Dentro de su labor profesional, la psicóloga observa este comportamiento de manera constante. Muchos pacientes acuden a terapia con un sentimiento de malestar difícil de explicar, ya que no enfrentan tragedias inmediatas en sus vidas:
“Jolín, es que siento que no me pasa nada grave, pero estoy fatal”
. La experta aclara que el sufrimiento no emana de los hechos reales, sino de la gestión constante de escenarios hipotéticos.
En última instancia, entender que esta forma de operar obedece a una lógica biológica es fundamental para el proceso de sanación.
“Esto es lo que hace un sistema nervioso que en algún momento tuvo motivos para estar siempre alerta”
, concluye Alba Guijarro. Identificar este origen permite a los pacientes observar su proceso desde una perspectiva más consciente y, sobre todo, menos cargada de autocrítica.
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