Cada vez que las sirenas de emergencia y las alertas en los dispositivos móviles anuncian la posible llegada de proyectiles desde Irán, la cotidianidad en Israel se traslada a las profundidades. Espacios como estacionamientos públicos, estaciones de metro y sótanos se han reconvertido en refugios donde se gestan comunidades provisionales ante la incertidumbre del conflicto.
Las escenas capturadas en estos sitios revelan una realidad surrealista, donde las actividades diarias se ven interrumpidas sin previo aviso, ya sea bajo el sol o en plena madrugada. A pesar de las crecientes tensiones y las constantes oleadas de violencia, la población civil ha desarrollado una notable capacidad para adaptarse, buscando momentos de distracción y alivio en medio de la crisis.

Celebraciones y tradiciones en la oscuridad
En el interior de un búnker, una futura novia posa junto a sus seres queridos para continuar con su sesión fotográfica matrimonial, la cual inició en el exterior antes de la alerta. Los amplios y elegantes vestidos contrastan con el entorno estrecho y sombrío del refugio. De igual manera, durante la festividad de Purim, personas caracterizadas como personajes de Shrek o enfermeras de cine de terror se reúnen en las estaciones subterráneas, creando una atmósfera onírica frente a los muros de concreto gris.


Para una gran parte de la sociedad israelí, movilizarse hacia estas estructuras seguras es una conducta mecánica aprendida en conflictos previos. El país posee una infraestructura robusta de refugios públicos y habitaciones reforzadas privadas, una realidad distinta a la de naciones vecinas como Irán o Líbano. Por su parte, en la Cisjordania ocupada, aunque no es un blanco directo, los misiles suelen cruzar su espacio aéreo; este territorio carece de acceso suficiente a búnkeres, lo que recientemente resultó en el fallecimiento de cuatro mujeres palestinas.
Cuando las alarmas resuenan por todo el territorio de Israel, las personas permanecen en los refugios por periodos que varían entre 15 minutos y media hora, o lo que determine la duración de la amenaza activa.


La cara más difícil del confinamiento
No todos viven esta situación de forma temporal. Debido a la falta de infraestructura en sectores vulnerables o a limitaciones de movilidad, ciertos ciudadanos se han visto forzados a residir permanentemente bajo tierra.
En los niveles inferiores de la deteriorada estación de autobuses de Tel Aviv, decenas de familias han establecido campamentos con tiendas de campaña. Este grupo está compuesto mayoritariamente por migrantes de Filipinas y Eritrea que habitan en las zonas más precarizadas de la ciudad, donde los refugios son escasos. Estas personas regresan a sus viviendas solo unas horas al día para cocinar, utilizando luego neveras portátiles y microondas en el refugio para mantener un comedor comunitario improvisado.

El sistema sanitario también ha reaccionado con celeridad. Los hospitales israelíes activaron sus planes de emergencia subterráneos desde el inicio de las hostilidades con Irán. En el Centro Médico Sheba, por ejemplo, el personal de salud busca humanizar el entorno, utilizando burbujas de jabón para distraer a los pacientes infantiles en salas médicas instaladas en los niveles de estacionamiento.


Adaptación cultural y social en el subsuelo
El aparcamiento del Dizengoff Center en Tel Aviv se ha convertido en un epicentro de actividades incongruentes. Lo que usualmente es un sitio para buscar vehículos, hoy alberga a miles de personas entre columnas de hormigón.
En este espacio se llevan a cabo clases de yoga dirigidas por la instructora Miri Kaftor, quien ha tenido que cambiar su estudio habitual por el suelo del estacionamiento y luces fluorescentes, compartiendo el área con músicos callejeros y niños que juegan en patinete.

La vida social no se detiene; durante las noches, se han organizado eventos de comedia para solteros. En uno de estos encuentros, una mujer vestida simbólicamente de novia participaba entre risas mientras un hombre disfrazado de tortuga la cargaba sobre su espalda.
El entorno también da cabida a la espiritualidad y el juego: mientras un grupo de hombres con chales de oración establece una sinagoga improvisada entre las sombras, en otra sección se ha habilitado un área infantil donde los niños pueden ver televisión.


La cotidianidad trasladada a estos espacios claustrofóbicos incluye también a los animales de compañía. Es común observar mascotas descansando sobre sus dueños o esperando con paciencia mientras las personas combaten el aburrimiento y la ansiedad consultando sus teléfonos móviles bajo el resplandor de los neones.

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