La correspondencia mantenida entre el psicoanalista Sigmund Freud y el físico Albert Einstein durante la década de los treinta ofrece una perspectiva sombría sobre el vínculo entre la humanidad y los conflictos bélicos. Para Freud, la tendencia a la agresión constituye una pulsión primaria y consustancial a la naturaleza del hombre, lo que convierte la eliminación definitiva de la guerra en un objetivo aparentemente inalcanzable. En su célebre ensayo El porqué de la guerra, redactado entre 1932 y 1933 como una réplica a las inquietudes de Einstein, Freud establece que las inclinaciones hacia la destrucción poseen raíces biológicas inamovibles, sugiriendo que cualquier intento por suprimirlas por completo fracasará mientras los instintos sigan rigiendo el comportamiento humano.
Dentro de sus planteamientos fundamentales, Freud declara:
“El derecho no es sino el poderío de una comunidad”
. Esta frase resume su visión sobre la evolución desde la violencia puramente individual hacia la instauración de un orden social cimentado en leyes colectivas. Este intercambio intelectual, surgido a petición del Instituto para la Cooperación Intelectual de la Sociedad de las Naciones, propone una reflexión sobre cómo la razón pura resulta insuficiente para contener la pulsión de muerte. Ante la pregunta de Einstein sobre si existe algún mecanismo para “liberar a los hombres de la maldición de la guerra”, Freud fue tajante al señalar límites biológicos:
“Será inútil intentar eliminar las tendencias agresivas del hombre”
.
La lucha entre el Eros y la destrucción
A pesar de su enfoque clínico, la visión de Freud no es simplemente pesimista. El autor propone que, si la guerra nace del instinto destructivo, la única vía para mitigarla es potenciar lo que denomina “Eros”, es decir, los vínculos afectivos y de unión entre los individuos. Según explica:
“Todo lo que impulse la evolución cultural obra contra la guerra”
. No obstante, advirtió sobre la extrema lentitud de estos cambios en la sociedad con una metáfora contundente:
“Es difícil pensar en molinos que muelen tan despacio que uno se moriría de hambre antes de tener harina”
.

Estas misivas, escritas pocos años antes de la consolidación del nazismo en Alemania, demuestran la agudeza de Freud al prever futuros desastres globales. En ellas, describe un antagonismo constante entre los impulsos de cohesión y los de agresión.
“Uno cualquiera de estos instintos es tan imprescindible como el otro, y de su acción conjunta y antagónica surgen las manifestaciones de la vida”
, detalla el pensador. Freud explica que el ser humano, en su afán de autopreservación, tiende a destruir la vida de otros como una forma de defensa:
“El ser viviente protege en cierta manera su propia vida destruyendo la vida ajena”
.
La fuerza, el derecho y la utopía pacifista
En su carta de 1932, Freud analiza la transición histórica de la fuerza bruta animal hacia la creación de marcos jurídicos, advirtiendo que los conflictos ya no solo se dan por recursos materiales, sino por ideas abstractas.
“En principio, los conflictos de intereses entre los hombres son solucionados mediante el recurso de la fuerza. Así sucede en todo el reino animal, del cual el hombre no habría de excluirse, pero en el caso de éste se agregan también conflictos de opiniones que alcanzan hasta las mayores alturas de la abstracción y que parecerían requerir otros recursos para su solución”
.
Frente a las dudas de Einstein, el psicoanalista admite la enorme dificultad de transformar el aparato psíquico para evitar las “psicosis de odio y de destrucción”. Si bien el derecho puede someter a la fuerza a través de la asociación de los más débiles, esto no elimina la voluntad de los poderosos de retornar a la violencia ni la de los oprimidos de buscar más control. Freud lo explica así:
“Por un lado, algunos de los amos tratarán de eludir las restricciones de vigencia general, es decir, abandonarán el dominio del derecho para volver al dominio de la violencia; por el otro, los oprimidos tenderán constantemente a procurarse mayor poderío y querrán que este fortalecimiento halle eco en el derecho, es decir, que se progrese del derecho desigual al derecho igual para todos”
.

Para Freud, el rechazo a los conflictos bélicos no es solo una postura ética, sino una reacción de índole orgánica. Se cuestiona:
“¿Por qué nos indignamos tanto contra la guerra, usted, y yo, y tantos otros? ¿Por qué no la aceptamos como una más entre las muchas dolorosas miserias de la vida?”
. En este sentido, el autor fundamenta su postura en varios puntos clave:
- El derecho inalienable de cada individuo a conservar su vida.
- La destrucción de existencias humanas que estaban cargadas de futuro.
- El sometimiento de las personas a tratos denigrantes.
- La obligación impuesta de asesinar a otros contra la voluntad propia.
- La pérdida de bienes materiales costosos creados con el esfuerzo del hombre.
El pensamiento central de Freud en este diálogo es la aceptación de que la agresividad no es una anomalía ocasional, sino un rasgo estructural que solo puede moderarse mediante procesos culturales inciertos. Sobre la posibilidad de alcanzar un mundo sin guerras, concluye que el remedio es fomentar la cultura y los lazos emocionales, aunque admite que un mundo regido puramente por el intelecto es improbable:
“la situación ideal sería, naturalmente, la de una comunidad de hombres que hubieran sometido su vida instintiva a la dictadura de la razón. Ninguna otra cosa podría llevar a una unidad tan completa y resistente de los hombres, aunque se renunciara a los lazos afectivos entre ellos. Pero con toda probabilidad esto es una esperanza utópica”
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