En los confines más aislados del planeta, específicamente al norte de Siberia, habita una comunidad con costumbres ancestrales: los nenets. Este grupo indígena, reconocido como los últimos pastores nómadas de Europa, ha logrado adaptarse a un entorno hostil donde el termómetro suele marcar los -50 ºC. Su estilo de vida gira en torno a la crianza de renos y desplazamientos estacionales por la tundra, residiendo en estructuras cónicas conocidas como chums.
Para entender esta realidad tan distante de la urbanidad, Sofía Prado compartió los detalles de su convivencia con esta tribu. Prado es una viajera documental con 10 años de trayectoria que se dedica a registrar las tradiciones más remotas. La argentina, que actualmente reside en Berga (Barcelona), inició sus travesías de gran escala en 2017, aunque su pasión nació en la adolescencia.
“Con 14 años yo era muy consumidora de artículos de revistas de viajes, entonces yo me fui apuntando cosas que quería ir a ver por el mundo y creé una lista que al final tuvo 154 puntos. Ahora tengo 33 años y a veces la reviso porque tiene cosas muy interesantes sobre los lugares que quería visitar”
, explica la especialista.
Un desafío físico y mental en el hielo

A lo largo de una década, Sofía Prado ha recorrido más de 100 países, pero su estancia con los nenets destaca como una de las más impactantes. Según comenta, este destino fue una obsesión personal durante años.
“Es un lugar que me obsesionó por años y la verdad que siempre había querido ir. Fue duro vivir ahí, hubo muchas cosas raras, pero en general me pareció que fue uno de esos lugares que había leído cómo iba a ser, pero vivirlo fue superduro”
, confiesa sobre la dureza del entorno.
Acceder a la ubicación de la tribu es el primer gran obstáculo. Se encuentran en el núcleo de la tundra siberiana, un área desprovista de cualquier infraestructura. Aunque existen servicios turísticos costosos, Prado optó por una vía más auténtica mediante un contacto local. Para llegar, debió completar dos jornadas en tren y doce horas adicionales en un trineo impulsado por moto de nieve. Allí encontró a una sola familia compuesta por siete adultos que compartían un chum, además de otro hijo con su esposa e hijos.
Durante siete días, la viajera y su acompañante enfrentaron temperaturas de -30 ºC y una dieta basada en carne de reno cruda. Esta alimentación fue uno de los choques culturales más fuertes.
“Me pareció horrible, la carne de reno la he probado en otras situaciones, pero cocida. Así cruda, y chorreando sangre, me parece demasiado. Pero en la tundra siberiana no hay mucha madera para hacer fuego, por lo que la comen cruda”
, relata, subrayando que era la única opción para no morir de hambre.
La estructura social y la gran migración

La organización de los nenets está fuertemente marcada por el rol femenino. En el grupo visitado por Prado, las mujeres lideraban la toma de decisiones. La hija de la familia era quien gestionaba las tareas críticas: cocinar, cuidar a los infantes y mantener el chum. La conexión de este pueblo con sus animales es vital, manejando rebaños de aproximadamente 200 ejemplares de renos por familia.
Un hito fundamental es la migración, donde recorren enormes distancias buscando pastos frescos. Prado presenció este proceso que implica desmontar el hogar y preparar los trineos.
“Nosotros llegamos justo para ver la migración y lo que hacen es traer los 200 renos que tienen y con sogas los van atrapando y, una vez que los atrapan, hacen todo el trineo de renos, los enganchan uno detrás del otro así. También destruyen la chum, sacan todo lo que tienen en ella, lo suben a los trineos y hacen la migración”
, describe.
Este traslado duró unas 12 horas a -30 ºC, cruzando incluso ríos congelados. Para sobrevivir a este frío, la vestimenta técnica moderna fue insuficiente, por lo que debieron usar prendas de piel de reno proporcionadas por la tribu. Existen dos variantes de estas ropas y de los chums: de verano y de invierno. Prado asegura que con el equipo invernal el frío desaparece por completo, permitiéndoles integrarse visualmente a la comunidad al cuarto día.
La rutina diaria y las limitaciones sanitarias

El día a día en la tundra es rutinario y orientado a la supervivencia. En el interior de la chum, todos pernoctan juntos para conservar el calor corporal. La alimentación es constante, aproximadamente cada dos o tres horas, incluyendo curiosidades gastronómicas como sopa de ojos de reno, la cual Prado prefirió no ingerir. El té y la leche condensada son complementos habituales.
Mientras los hombres buscan leña y supervisan a los animales, las mujeres mantienen el orden doméstico y retiran la nieve acumulada. La comunicación representó un reto divertido, utilizando una mezcla de ruso, inglés y nenezo, además de aplicaciones tecnológicas. Un aspecto que resalta es la ausencia total de higiene convencional: no cuentan con baños ni duchas.
“Esas son las formas de hacer las necesidades, y bueno, obviamente tampoco se duchan. Si eso una vez al año cuando se descongelan los lagos, pero por norma general no. Me costó menos comer carne de reno cruda que no bañarme”
, revela la documentalista.
A pesar de estar alejados de la economía global, tienen contacto limitado con el dinero y algunos poseen teléfonos móviles básicos para ver plataformas como TikTok cuando visitan pueblos cercanos. La experiencia dejó en Sofía Prado una reflexión sobre la capacidad de adaptación humana y cómo elementos que consideramos esenciales no lo son para todos los habitantes del planeta.
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