El panorama de la seguridad energética mundial ha dado un giro drástico. Una reciente serie de ofensivas militares dirigidas contra las infraestructuras de petróleo y gas en la región del Golfo Pérsico ha planteado una amenaza que podría desestabilizar a empresas y consumidores a nivel global durante meses o incluso años.
Las reglas del conflicto han evolucionado. Anteriormente, el mayor temor para la economía internacional, derivado de las tensiones entre Estados Unidos, Israel e Irán, se centraba en un posible bloqueo del estrecho de Ormuz, considerado el punto de tránsito de crudo más vital del mundo. No obstante, ha surgido una realidad más alarmante: ataques directos contra el núcleo de la producción de energía, lo que augura daños estructurales masivos y a largo plazo en instalaciones que proveen una parte esencial del gas natural del planeta.
Impacto estructural de largo alcance
En este nuevo contexto, especialistas y autoridades han dejado de evaluar la crisis en términos de semanas para enfocarse en efectos que podrían persistir por años. David Goldwyn, exdiplomático y antiguo funcionario del Departamento de Energía de Estados Unidos, analizó la situación de la siguiente manera:
«Hemos pasado de detener el tránsito, que es una medida temporal, a atacar las infraestructuras, lo que tiene efectos a largo plazo».
Esta escalada violenta se intensificó el pasado miércoles, cuando Irán lanzó misiles contra Ras Laffan, un complejo energético fundamental ubicado en Catar. Este sitio es responsable de producir aproximadamente una quinta parte del gas natural licuado (GNL) mundial, un recurso indispensable para la calefacción, la industria y la generación de electricidad en Europa y Asia.
La ofensiva continuó el jueves, alcanzando refinerías y plantas de gas en Kuwait, Catar y Arabia Saudita. Estas acciones se reportaron como una respuesta al ataque previo ejecutado por Israel contra el yacimiento de gas South Pars, en territorio iraní.
Cifras de una recuperación lenta
Aunque las evaluaciones de daños siguen en curso entre los escombros, las primeras proyecciones son desalentadoras. Saad Sherida al-Kaabi, ministro de Energía de Catar, informó el jueves que las labores de reconstrucción podrían extenderse hasta por cinco años, lo que implicaría una reducción del 17 por ciento en la capacidad exportadora de su nación.
Estos sucesos demuestran que, pese a sus limitaciones militares comparativas, Irán posee una capacidad de disrupción económica significativa. Goldwyn destaca que, mediante el uso de armamento de bajo costo contra defensas sofisticadas, los iraníes «han demostrado una amenaza a largo plazo de poder atacar infraestructuras en todo el Golfo».
Actualmente, el futuro es incierto y las condiciones cambian con rapidez. Aunque el estrecho de Ormuz permanece como un foco de atención, la duda ahora es si los ataques contra activos críticos continuarán. Jason Bordoff, del Centro de Política Energética Global de la Universidad de Columbia, comentó que, si bien muchas plantas están paralizadas, la mayoría no han sido destruidas totalmente.
«Todavía estamos en una situación en la que si el estrecho se abriera mañana, la mayor parte de la producción de energía de la región podría volver a funcionar razonablemente rápido», afirmó Bordoff, estimando un periodo de recuperación de un par de meses, aunque advirtió que nuevos ataques podrían cambiar este pronóstico radicalmente.
Consecuencias económicas globales e inflación
La presión sobre la industria naviera y el suministro energético está empujando a la economía hacia un terreno de alta peligrosidad. Jason Miller, docente de Gestión de la Cadena de Suministro en la Universidad Estatal de Míchigan, calificó la situación como «la mayor interrupción de petróleo crudo y productos refinados que hemos visto en la historia». Debido a que el petróleo es un componente transversal en la economía, el riesgo de inflación es crítico.
Análisis de la firma Wood Mackenzie sugieren que el precio del barril podría dispararse hasta los 200 dólares para el año 2026, una cifra alarmante frente a los 73 dólares registrados antes del conflicto. Miller advierte que, bajo esos costos energéticos, es casi inconcebible evitar una recesión global.
El encarecimiento de la energía repercute en:
- Un freno al crecimiento económico mundial.
- Incremento en las tasas de desempleo.
- Subida de precios en productos básicos como alimentos (aguacates), calzado, tecnología y medicinas.
- Aumento desproporcionado en el costo del gasóleo y combustible para aviación, afectando el transporte de carga.
En el sector logístico, grandes transportistas como Maersk y CMA CGM ya han advertido sobre desvíos, barcos varados y el cobro de tarifas adicionales si los contenedores deben ser descargados en puertos alternativos. Miles de embarcaciones se encuentran actualmente bloqueadas en la zona del conflicto.
Crisis del Gas Natural Licuado (GNL)
El suministro de gas natural es quizás el punto más crítico. Al haber menos plantas de procesamiento de GNL que refinerías de petróleo, los daños en sitios como el de Catar tienen un impacto mayor. Esto no solo afecta la energía, sino también la producción de fertilizantes y el suministro de helio, vital para la fabricación de semiconductores.
Jan-Eric Fahnrich, de Rystad Energy, señala que se ha sentado un precedente peligroso, ya que infraestructuras que se creían seguras ahora se perciben como vulnerables. Esto provocará que los compradores mantengan precios elevados por el riesgo percibido, incluso después de que cesen las hostilidades.
Respuestas gubernamentales ante la crisis
Para paliar el impacto, diversas naciones han tomado medidas urgentes:
- Austria, Brasil, Italia, Portugal y Turquía han suspendido o reducido impuestos a los combustibles.
- Francia, Hungría, Japón, Corea del Sur y México han establecido límites a los precios de venta.
- En Bangladés y Pakistán se han cerrado centros educativos, mientras que Sri Lanka ha implementado el racionamiento.
No obstante, la capacidad de respuesta de los estados es limitada. Tras enfrentar la pandemia y las crisis energéticas del periodo 2021-2023, muchos gobiernos operan con presupuestos reducidos y deudas elevadas, lo que dificulta su margen de maniobra ante este nuevo choque económico.
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