Durante las primeras horas del 23 de marzo, el mandatario estadounidense Donald Trump sorprendió al anunciar mediante sus redes sociales una tregua temporal. En su mensaje, el presidente especificó que suspendería por un periodo de cinco días “todos y cada uno de los ataques militares contra centrales eléctricas e infraestructura energética iraníes”. No obstante, la calma duró poco; antes de cumplirse una hora del anuncio, las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) reportaron incursiones aéreas contra objetivos estratégicos del régimen en el centro de Teherán.
Esta maniobra de las fuerzas israelíes no contradice de forma técnica la postura de Trump. El presidente de Estados Unidos se había comprometido a respetar únicamente la infraestructura energética de la República Islámica, bajo la advertencia previa de que atacaría estos puntos si no cesaban las hostilidades iraníes contra las embarcaciones en el estrecho de Ormuz, una exigencia que aún no se ha cumplido. Actualmente, las operaciones de Israel cuentan con la coordinación de Washington, que suministra combustible a los cazas israelíes. Sin embargo, el panorama dio un giro cuando Trump mencionó que existen diálogos con Irán para lograr una “resolución completa y total de nuestras hostilidades”. El despliegue de las FDI podría leerse como una señal de alerta ante el temor de que su aliado más fuerte decida retirarse del conflicto.
Divergencias en la estrategia internacional
La veracidad de estos acercamientos sigue en duda. El pasado lunes, Trump utilizó espacios en la televisión económica de su país para ratificar que se están llevando a cabo “grandes conversaciones” con el gobierno iraní. Por el contrario, Teherán ha desmentido estos contactos ante la opinión pública y, según reportes de un funcionario del Golfo, habría rechazado propuestas estadounidenses de manera privada. En paralelo, una unidad de la Infantería de Marina de los Estados Unidos avanza hacia el Golfo, con la posibilidad de ser desplegada frente al estrecho de Ormuz o en la isla de Kharg, punto neurálgico del sistema energético de Irán. En el alto mando israelí se maneja la teoría de que la pausa en los bombardeos a centrales eléctricas es una táctica de Trump para estabilizar los mercados de energía mundiales.
Este cambio de dirección también refleja una posible desconexión entre los planes de Washington y Jerusalén. Para Israel, el conflicto bélico es una oportunidad determinante para anular la capacidad militar iraní, frenar su desarrollo de misiles balísticos y terminar con su programa nuclear. Los líderes israelíes sostienen que esto solo es posible mediante un cambio de régimen. Aunque en el pasado Trump pareció alineado con esta visión, hoy su prioridad parece ser garantizar el suministro de petróleo del Golfo. De hecho, el presidente estadounidense ha recriminado a Israel en dos ocasiones tras ataques aéreos contra la industria de hidrocarburos en Irán.
“El enfoque de Trump parece centrarse cada vez más en evitar una crisis energética mundial de la que se le culparía, incluso intentando llegar a un acuerdo con lo que quede del régimen iraní.”
Bajo este escenario, Benjamin Netanyahu se enfrenta al riesgo de no alcanzar su meta principal: propiciar una insurrección interna que acabe con la estructura de poder actual en Teherán.

La estructura de mando en Irán ha sufrido golpes severos tras las muertes del Líder Supremo Ali Khamenei y de Ali Larijani, quien fuera secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional. A pesar de este descabezamiento de la cúpula, el gobierno israelí nota con preocupación que no hay indicios de una caída inminente del sistema. Además, el arsenal de misiles balísticos de Irán sigue representando una amenaza real.
Balance militar y resistencia iraní
Según informes de Israel, se ha logrado inhabilitar aproximadamente el 75% de los sistemas de lanzamiento de proyectiles iraníes y se han destruido sus fábricas de producción. Aun así, Irán mantiene una frecuencia de fuego de al menos 12 misiles diarios dirigidos a territorio israelí. Las FDI aseguran tener una efectividad de interceptación superior al 90%, pero los ataques que logran vulnerar las defensas han sido devastadores. El 21 de marzo, impactos en las ciudades de Dimona y Arad dejaron un saldo de 180 civiles heridos.
Es importante recordar que los estrategas no proyectaban una intervención estadounidense de largo aliento. Donald Trump ha demostrado históricamente una inclinación por acciones bélicas contundentes y de corta duración, como lo ocurrido en enero con el secuestro de Nicolás Maduro en Venezuela. En junio del año anterior, puso fin a un enfrentamiento previo entre Israel e Irán apenas 48 horas después de que bombarderos B-2 atacaran plantas de enriquecimiento nuclear. Por ello, las operaciones más fuertes de la guerra actual se ejecutaron en las primeras 100 horas, previendo una posible retirada presidencial.
Pese a esto, algunos ministros israelíes confiaban en que el apoyo de Trump sería duradero. El 22 de marzo, el teniente general Eyal Zamir, jefe del Estado Mayor de las FDI, sostuvo que el conflicto se encontraba apenas en su etapa media y que las operaciones seguirían durante la Pascua judía, que inicia el 1 de abril.
No obstante, el desenlace podría escapar del control de Netanyahu o Trump. La resistencia del sistema político iraní y la reciente actitud del mandatario estadounidense ponen en duda la vulnerabilidad del régimen. Todo apunta a que la ofensiva podría extenderse de forma indefinida o culminar en un escenario de inestabilidad, con un Irán debilitado pero aún capaz de generar caos en la región y afectar la economía global.
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