En las montañas verdes de Imbabura, donde el viento recorre los campos y el tiempo parece caminar más despacio, se encuentra Zuleta, un pueblo donde la historia se cose con aguja e hilo.
Allí, entre casas de adobe, caminos de tierra y paisajes andinos, las manos de sus mujeres transforman finas telas en verdaderas obras de arte.
Puntada tras puntada, las bordadoras dibujan flores, aves y memorias que han viajado por más de un siglo, llevando en cada hilo la paciencia, la tradición y el alma de una comunidad que ha aprendido a bordar su propia historia.
Sus hombres, fuertes y aguerridos, no solo se dedican a la talabartería, la agricultura y la ganadería, sino que hace diez años ingresaron en el mundo del bordado y hoy conforman una organización que hace de Zuleta una maravilla de Imbabura y del mundo.

¿Cuántos años tiene el oficio y cómo se instauró en Zuleta?
“El bordado tiene un aproximado de 126 años de historia. Ha pasado de generación en generación. Dentro de las familias de nuestra comunidad se trabaja hasta con la sexta generación dentro del bordado a mano.
Es una trayectoria que comienza con el nombre de picado, que consistía en hacer flores o figuras y pegarlas en las camisas. Luego se fomentó la actividad en la vestimenta».
Fueron las primeras palabras de Jaime Sarzosa, representante de la Organización de Bordadoras y Artesanos de Zuleta, quien cargaba en las manos tres cajas con medallas brillantes. Él prometió contar más tarde de qué se trataban.
Sin embargo, se enfocó en no dejar caer un rótulo de madera que rezaba la palabra “Zuleta”, la misma que ahora era una marca y la lucía con mucho vigor en su camisa totalmente blanca.
Un bordado perfecto en letra manuscrita de color azul y una pequeña flor en la base de la letra Z, acompañado de un colorido colibrí sobre flores de cardenal rosadas, llevan consigo la identidad de la mujer y el hombre zuleteño.

El origen de la organización
¿En qué momento se dan cuenta de que este oficio y la comunidad necesitaban una organización?
“Justo el 5 de marzo de este año cumplimos 31 años. Recuerdo que fueron dos personas de Estados Unidos que llegaron en una misión comunitaria y vieron la necesidad de unir a las mujeres y comenzar a salir en las ferias. Entonces ellos fueron quienes entregaron la idea para que el pueblo se organice y que nazca este colectivo.
De principio fueron 42 mujeres las que conformaban el grupo, pero las ventas no eran buenas y, en ese momento, algunas salieron. Ahora son un máximo de once compañeras que mantienen viva la iniciativa».
Mientras José conversaba, Gertrudiz Chachalo, artesana de 69 años, tomó una tela como lienzo. La recostó en el filo de una mesa y empezó a dibujar unos mandalas, pues el objetivo del bordado es encontrar el dibujo entre hilos y puntadas.
Aprender mirando: la escuela de la vida
Cuénteme un poco de su historia
“Yo trabajo desde niña. Salí de la escuela y seguí los pasos de mi madre porque ella era emprendedora. Hacía los bordados como ahora, pero no a la perfección, entonces ahí le ayudaba yo. Era madre de doce hermanos y los recursos que teníamos eran para la familia».
¿Cómo aprendió a bordar?
“Hasta aprender bien bien siempre se hacen jeroglíficos. Ya cuando se aprende, uno se hace profesional en las cosas que trabaja. Se necesita la materia prima, que es la tela, los hilos, la aguja, dibujar, cortar, diseñar y luego lavar, planchar y poner a la venta. Todo eso le veía a mi madre cómo lo hacía, entonces aprendí solo observando», dijo Gertrudiz, una mujer amable que vestía un particular gorro negro, con un vestido autóctono blanco con rosas azules y vivos celestes.
Detrás de ella, un mantel con lirios rojos y amarillos contrastaba con el dorado de la joyería que reposaba sobre el cuello.
Con una sonrisa profunda y la pasión sumergida en las manos, Gertrudiz empezó a bordar. La paciencia se hacía en ella y, con profundo amor, continuó buscando la figura en la tela.


Ellas decían que su capacidad está a punto de tocar el cielo, haciendo alusión a que en algún momento de las manos de ella pasará este hermoso legado, que no solo adorna las casas de los turistas, sino que es la identidad viva de un pueblo ancestral.
Un legado que no se detiene
¿Cómo hacer para enseñar a las nuevas generaciones?
“Esto ha pasado de generación en generación y una de las cosas importantes para mantener viva la tradición es que la mujer zuleteña ya genera su propia economía. Antes, cuando la mujer se casaba, quien mantenía era el hombre, pero ahora las cosas han cambiado y son ellas quienes trabajan. Por ello la importancia de enseñar para seguir evolucionando».
Así continuó José, quien busca potenciar la organización para que de ella salgan talleres, conversatorios, seminarios y que el bordado a mano tenga más espacio del que se ha ganado con esfuerzo y dedicación de sus artesanas.
¿Las autoridades han podido incentivar el bordado en la provincia?
“En el aspecto audiovisual hemos tenido apoyo del Municipio, de la Prefectura y hemos trabajado de la mano de Imbabura Geoparque Mundial de la Unesco.
Ahí es donde Zuleta toma un repunte porque nosotros fuimos eje fundamental dentro de la certificación de Imbabura Geoparque, ya que es un arte ancestral que tenemos acá“.
Zuleta goza de tres premios importantes. Uno fue conseguido en la pandemia, por colaborar en medio de la emergencia con mascarillas bordadas a mano que se diseñaban con telares antifluido para que cumplan su función.
Luego está la medalla a la excelencia artesanal. Cabalmente fue en la feria del Centro Interamericano de Artesanías y Artes Populares (Cidap), donde el bordado de Zuleta destacó entre 175 proyectos ecuatorianos y doce iberoamericanos.
En un cuadro reposa el certificado de Patrimonio Cultural Inmaterial, que fue otorgado por el Instituto Nacional de Patrimonio Cultural (INPC) y reconoció al oficio como uno de los más longevos del mundo.

Nada de eso hubiese sido posible sin la perseverancia de sus maestras. Teresa Albán, otra mujer zuleteña de 76 años, aún recuerda sus inicios, sus objetivos y el por qué tuvo que dejar de estudiar para dedicarse a bordar y llevar el sustento a su casa.
¿Cómo empezó en el mundo del bordado a mano?
“Yo he trabajado en esto desde los 12 años. Recuerdo que me quedé sola, mi madre se casó y ya no me fui con ella. En ese tiempo existía un taller donde trabajábamos por una poca cantidad de dinero, pero con el pasar del tiempo las cosas fueron cambiando.
Para mí fue duro porque era pequeña y por eso trataba de hacer lo mejor para poder vender».
Teresa tiene una hija que reside en Quito. El bordado le permitió darle otro estilo de vida y que las aspiraciones sean mejores, pero ella afirma que desde la ciudad no la olvida y la apoya con material o con difusión de las piezas que realiza.
Hasta $ 500 puede llegar a costar un vestido nativo de Zuleta. Su trato, especialidad, trabajo y tiempo valen cada centavo que un turista puede invertir en algo puro, originario y oriundo de Zuleta.
¿Quizá han sentido el miedo de que un día se pierda el oficio?
“No se va a perder porque está fortalecido el oficio, a pesar de que mucha gente nos pregunta: ¿Por qué es tan caro este vestido? Sin embargo, ellos no saben cuál es el proceso para poder obtener ese producto, sea en mantelería o prendas de vestir.
Ahora estamos haciendo documentos para poder llegar a la exportación del bordado, ya que ese es nuestro objetivo como organización».
La entrevista concluyó. El sol se opacó en la comunidad y dejó entrever un cálido paisaje que estaba adornado por calles de adoquín y un sinfín de casas de bordados que contemplan a más de uno. (I)