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El rol materno en la atención neurodivergente: más allá del diagnóstico

Las condiciones del neurodesarrollo influyen en la forma en que un individuo percibe, aprende y se comunica con su entorno. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), millones de niños y adolescentes en el mundo viven con afecciones que contribuyen a una discapacidad del desarrollo, enfrentando estigmatización y barreras para acceder a atención adecuada.

El síndrome de Down se presenta en aproximadamente 1 de cada 700 nacimientos a nivel mundial, mientras que los trastornos del espectro autista (TEA) afectan a cerca de 1 de cada 100 niños. En Ecuador, datos del Consejo Nacional para la Igualdad de Discapacidades (CONADIS) evidencian que, a noviembre del 2025 66 mil niños y adolescentes viven con discapacidad intelectual; el 44% corresponde a discapacidad intelectual o del desarrollo, lo que refuerza la necesidad de fortalecer el diagnóstico temprano, el acompañamiento especializado y las redes de apoyo familiar.

En este contexto, y a propósito del Día Mundial del Síndrome de Down, la conversación también debe centrarse en quienes asumen el rol principal de cuidado: las madres. En la mayoría de los hogares ecuatorianos, son ellas quienes coordinan terapias, controles médicos y procesos educativos, enfrentando además desafíos emocionales, sociales y económicos. El cuidado no es solo responsabilidad individual de la madre, sino un desafío social que requiere acompañamiento.

El desafío invisible: la carga emocional de la maternidad

Madres que enfrentan la neurodivergencia revelan las luchas silenciosas y el impacto emocional de cuidar en un sistema que aún no las reconoce plenamente.

Según la Dra. María Mercedes Ganán Aillón, Directora de Inteligencia Clínica de Ecuasanitas recibir un diagnóstico complejo genera incertidumbre sobre el futuro del niño y de la familia. A esto se suman ajustes laborales, la reorganización de rutinas agotadoras y una alta demanda de coordinación médica y terapéutica, que en muchos casos recae principalmente en la madre.“La sobrecarga no siempre es visible. Muchas madres priorizan completamente el cuidado del niño y postergan su propio bienestar físico y emocional. Esto puede derivar en agotamiento, ansiedad o aislamiento si no existen redes de apoyo sólidas”, explica la Dra. Ganán.

Además, en Ecuador persisten brechas en el acceso a especialistas fuera de las principales ciudades, lo que incrementa la presión sobre las familias y dificulta el seguimiento continuo de terapias e intervenciones necesarias para el tratamiento integral del paciente.

Redes de apoyo: un pilar fundamental

Frente a esta realidad, es fundamental fortalecer redes de apoyo dirigidas no solo al niño, sino también a sus madres, padres y cuidadores, quienes sostienen verdaderamente el proceso terapéutico y emocional día a día. La especialista de Ecuasanitas, destaca algunos de los beneficios de la construcción de esta comunidad:

  • Contención emocional y reducción del aislamiento: permiten que madres, padres y cuidadores compartan experiencias con otras familias que atraviesan realidades similares. Este acompañamiento disminuye la sensación de soledad, genera comprensión mutua y ofrece un espacio seguro para expresar emociones.
  • Acceso a información confiable y orientación profesional: estos espacios facilitan el intercambio de conocimientos sobre diagnósticos oportunos, terapias, inclusión educativa y derechos.
  • Fortalecimiento de la resiliencia familiar: el acompañamiento continuo brinda herramientas prácticas y emocionales para afrontar desafíos cotidianos, adaptarse a nuevas etapas y sostener el proceso terapéutico en el tiempo.
  • Promoción de la inclusión y el bienestar integral del niño: cuando los cuidadores cuentan con respaldo emocional e información adecuada, pueden acompañar mejor el desarrollo cognitivo, social y motor del niño.

“Mientras más articuladas se encuentren las redes médicas, familiares y sociales, mayores serán las oportunidades de desarrollo para el niño y de estabilidad para su entorno. La maternidad frente a la neurodivergencia encuentra en las redes de apoyo un sostén vital para transformar la incertidumbre en aprendizaje compartido y la carga emocional en resiliencia colectiva. finaliza la Dra. Ganán.

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