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¿Cuál es el método funerario más ecológico según la ciencia?

La disposición final de los cuerpos humanos representa un desafío que ha evolucionado junto con las civilizaciones. Actualmente, las diversas alternativas para gestionar los restos mortales generan consecuencias ambientales variadas; no obstante, investigaciones especializadas difundidas por el medio Popular Science señalan una opción específica como la más respetuosa con el entorno natural.

Históricamente, los procedimientos funerarios han sido un reflejo de las creencias y las limitaciones geográficas de cada pueblo. En territorios de Mongolia, Bután y el Tíbet, se practicaron los denominados “sky burials” o entierros celestiales. Esta tradición consistía en colocar los cadáveres en cimas montañosas para que los buitres los consumieran, integrándolos nuevamente al ciclo de la vida. Este rito, profundamente ligado al budismo, surgió ante la dificultad de excavar en suelos rocosos y la carencia de combustibles, convirtiendo el cuerpo en una última ofrenda biológica.

Por otro lado, en diversas zonas de Europa, el uso de osarios permitió una gestión eficiente del espacio al trasladar los restos óseos a sitios comunes, respondiendo al incremento de la densidad urbana. A pesar de su valor histórico, estas prácticas enfrentan restricciones legales en el mundo occidental contemporáneo, donde las opciones dominantes siguen siendo la cremación y el entierro tradicional.

Sky Burial: La antigua tradición del Tíbet para honrar a los muertos
Foto de DARE ADVENTURE NEPAL publicada en Nepali Times

Evaluación de los métodos tradicionales y su huella ecológica

Las formas convencionales de despedir a los difuntos presentan una carga ecológica considerable. El entierro tradicional, predominante en Occidente, implica el uso de ataúdes fabricados con metales o maderas tratadas que se resguardan en bóvedas de hormigón.

Este método demanda el empleo de sustancias químicas para el embalsamamiento y materiales que no se degradan fácilmente, sumado al gasto energético vinculado a su producción. Al quedar confinados bajo tierra de forma hermética, los restos no logran reintegrar nutrientes al suelo, interrumpiendo el flujo natural del ecosistema.

En cuanto a la cremación, aunque se percibe como una vía más eficiente, requiere de un consumo masivo de combustibles fósiles para alcanzar temperaturas de entre 1.400 y 1.900 grados Fahrenheit (760 a 1.035 grados Celsius). Este proceso emite dióxido de carbono y vapores de mercurio, estos últimos provenientes de amalgamas dentales. Lee Webster, quien fuera presidenta del Green Burial Council en Estados Unidos, destaca un dato alarmante: el 14% del mercurio hallado en las fuentes hídricas estadounidenses tiene su origen en las cremaciones.

En naciones como la India, las ceremonias de cremación al aire libre utilizan entre 400 y 500 kilogramos de madera por cada cuerpo, lo que resulta en la liberación de 500 a 600 kilogramos de CO2. Ante esto, investigadores sugieren que, sin perder el significado espiritual de estos ritos, es necesario transitar hacia modelos con menor impacto en la atmósfera.

Los métodos tradicionales, como la cremación y el entierro convencional, generan altos niveles de contaminación y consumen gran cantidad de energía y recursos naturales
Diseño: (Jesús Tovar Sosa/Infobae)

Innovaciones tecnológicas y sus limitaciones

Para mitigar estos efectos, han surgido tecnologías alternativas, aunque no están exentas de huella ambiental. La aquamación o hidrólisis alcalina utiliza agua caliente y lejía para disolver los tejidos en un periodo de doce horas. Si bien este sistema reduce las emisiones de carbono en un 20% comparado con la cremación, produce entre 380 y 1.140 litros de desechos líquidos que deben ser gestionados por las redes de saneamiento urbano.

Otra opción es el compostaje humano, técnicamente llamado reducción orgánica natural. El cuerpo se coloca en un contenedor junto con alfalfa, paja y virutas de madera, permitiendo que microorganismos realicen la descomposición en unos sesenta días. El resultado final es un material similar a las astillas de madera que pesa cerca de 110 kilogramos. Sin embargo, este proceso requiere insumos como la alfalfa, que suele cultivarse en zonas con escasez de agua y requiere transporte logístico prolongado.

La superioridad ecológica del entierro natural

Tras analizar las opciones, diversos estudios señalan que el entierro natural es la alternativa con menor impacto ambiental. Este procedimiento prescinde de químicos, bóvedas de concreto y cofres metálicos, utilizando exclusivamente una caja de madera rústica o una mortaja de materiales biodegradables.

En este método, el cuerpo se sitúa a una profundidad de entre 1 y 1,2 metros. A este nivel, la actividad de insectos y microorganismos garantiza una descomposición efectiva y una integración total al terreno. No hay generación de residuos tóxicos ni consumos energéticos industriales en el proceso.

La aquamación y el compostaje humano buscan reducir la contaminación funeraria, aunque aún presentan limitaciones ambientales y tecnológicas (Imagen Ilustrativa Infobae)

Una evaluación de ciclo de vida realizada en el año 2017 ratificó que el entierro natural posee el costo ambiental más bajo entre todas las prácticas funerarias actuales. La experta Lee Webster sostiene que:

“La solución más simple suele ser la mejor”

, subrayando que las alternativas tecnológicas a menudo mantienen una huella ecológica significativa a pesar de su innovación.

Un referente en este ámbito es el Ramsey Creek Preserve en Carolina del Norte, un cementerio ecológico que opera desde 1996. Ubicado en las faldas de los Apalaches, este sitio funciona como una reserva natural protegida. Al evitar estructuras artificiales, el espacio ayuda a conservar la biodiversidad de la zona y previene la alteración del paisaje.

Este modelo de gestión demuestra que es posible transformar el final de la vida en un acto de preservación ambiental. El entierro natural recupera el concepto del ciclo biológico, permitiendo que el ser humano retorne a la tierra y nutra el suelo sin la interferencia de procesos industriales contaminantes.

Perspectivas y el valor social de los rituales

Los cementerios verdes ofrecen una alternativa ecológica al reducir el impacto ambiental de las prácticas funerarias tradicionales (Imagen Ilustrativa Infobae)

El desarrollo científico sigue explorando nuevas fronteras, como el método de Bob Jenkins. Su propuesta utiliza una fórmula patentada para descomponer huesos y tejidos de manera acelerada, convirtiendo los restos en nutrientes. No obstante, esta técnica todavía se encuentra en fase de pruebas y no está disponible comercialmente ni cuenta con todas las certificaciones sanitarias pertinentes.

Las futuras innovaciones funerarias enfrentan el reto de superar la sostenibilidad ya demostrada por el entierro natural, atendiendo al mismo tiempo la reducción del impacto ambiental y la dignidad del difunto.

Es fundamental considerar que estas prácticas poseen un profundo peso simbólico y social. En la India, los funerales hindúes fomentan la cohesión familiar mediante la participación directa en la despedida. De igual manera, en la tradición católica, la liturgia y la música ofrecen consuelo a los deudos, recordando que, más allá de la técnica, el funeral es un proceso humano esencial para el duelo y la memoria.

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